Juan Carlos Santa Cruz
Nicaragua es un país de profunda raíz agraria. Gran parte de las divisas se generan en el agro. Los que vivimos en las ciudades somos eternos deudores de hombres y mujeres que trabajan arduamente para que podamos organizar en nuestros hogares una dieta fresca y de costo accesible. Son ellos los que producen los granos básicos que alimentan a nuestras familias.
Las propias características de la geografía de Nicaragua inciden para que esta gran mayoría de campesinos pobres medio vivan y trabajen alejados del entorno de las ciudades. Es ahí donde identificamos a los jóvenes rurales. A veces observamos con cierta preocupación cuando personas de reconocido nivel académico, incluyendo ciertas empresas encuestadoras, hablan de la juventud nicaragüense como si se tratara de un sector homogéneo.
Existen diferencias socioculturales marcadas entre los jóvenes de la ciudad y el campo, comenzando por los obstáculos de las vías de acceso, de días y días recorriendo trochas o ríos, a pie, en mulas, en pangas, y en todos los medios a su alcance. Son estas distancias físicas y socioculturales las que van estableciendo verdaderas barreras entre los niños que no pueden asistir a la escuela por la crecida de un río, las inclemencias del tiempo o por el bandolerismo social.
Precisamente, la primer postergación de mujeres, niños y jóvenes rurales de ambos sexos, tiene que ver con la violencia social en el campo. La segunda postergación está vinculada al entorno socioeconómico, que por las mismas carencias requieren de la fuerza de trabajo del niño-joven. Se trata de subsistir y las energías de los padres requieren del complemento de los hijos. En un tiempo relativamente corto, el medio sociocultural absorberá al niño-joven sellándolo con un futuro similar al de sus padres.
A veces, las dificultades económicas obligarán al joven a migrar a la ciudad. Allí, refugiado en sus nostalgias observará con cierta impotencia la dinámica de las ciudades. Deberá adaptarse a ella a través de un proceso de aprendizaje obligado y de alto costo personal de oportunidades laborales. Tendrá que luchar por la subsistencia en un medio donde las fuentes de trabajo no se ajustan a su experiencia laboral anterior. En un lapso relativamente corto su futuro se enmarcará como trabajador “en lo que salga”. La postergación de los jóvenes rurales comienza en el campo y prosigue en la ciudad, primero, por su carácter de semianalfabeto, fruto de las restricciones de ese medio.
Segundo, porque las destrezas y habilidades desarrolladas en el agro muy poco se adecúan a los nuevos requerimientos. Estamos conscientes que éste no es un fenómeno nuevo. Sin embargo, no puede ser obstáculo para nuestra sensibilidad humana. Es por eso que queremos recordarles a los que tienen posibilidades de apoyar a esos jóvenes del campo (incluyendo a los políticos), que lo hagamos sin egoísmos, de la misma manera que ellos producen para que nuestras familias se alimenten, aún en circunstancias de semiaislamiento y carencias de capacitación.
Sostenemos esta posición, porque todo indica que la situación económica del país impide objetivamente cambiar de raíz las condiciones de vida en el campo, y que lo mínimo que podemos hacer es humanizarlo, romper su aislamiento, llegar con la enseñanza técnica hasta sus hogares, desarrollando sus potencialidades y por ende las del país.
* El autor es Sociólogo, con Maestría en Sociología Rural.