Consecuencias del cambio en el Senado

El Partido Republicano contaba hasta hace poco con un inusual y simultáneo control de la Casa Blanca, del Senado y de la Cámara de Representantes. Tal control le daba al presidente George W. Bush una extraordinaria capacidad de maniobra para formular e implementar su agenda, tanto doméstica como exterior.

Sin embargo, el 24 de mayo recién pasado ocurrió un verdadero terremoto político en Washington que alteró radicalmente la bonancible situación de la administración Bush. Lo sorprendente de ese evento político es que fue causado por la acción de una sola y obscura persona, el senador Jim Jeffords, del pequeño estado norteño de Vermont, quien abandonó al Partido Republicano para ser independiente.

Hasta antes de la renuncia de Jeffords, el Senado estaba dividido: 50 senadores republicanos y 50 demócratas. A pesar de eso, el Partido Republicano tenía la mayoría al contar con el voto del Vicepresidente, Richard Cheney, a quien su cargo lo faculta constitucionalmente para votar en caso de empate en las decisiones del Senado, pero con la acción de Jeffords la composición de ese cuerpo del Congreso quedó 50-49 a favor de los demócratas.

Las consecuencias del sismo político ya se han empezado a sentir. La presidencia del Senado pasó de manos del republicano Trent Lott a las de Tom Daschle, un demócrata con fama de inteligente, de bien articulado, y de férreo opositor de la administración Bush. La presidencia de las diferentes comisiones del Senado también pasó la semana pasada de manos republicanas a manos demócratas. La poderosa comisión de Relaciones Exteriores, que era presidida por el republicano de Carolina del Norte, Jesse Helms, pasó a ser presidida por el demócrata Joseph Biden, del estado de Delaware, el segundo estado más pequeño de la unión americana. Biden, quien por varios años era el demócrata de más alto nivel en esa comisión, será asistido en los temas que tengan que ver con América Central, por el senador de su mismo partido, Christopher Dodd, del estado de Connecticut.

A la administración Bush se le hará más difícil ahora el nombramiento de embajadores y de otros miembros de la administración que requieran, por ley, de ratificación del Senado. Así, por ejemplo, el nombramiento de Otto Reich, quien ha sido nominado por el presidente Bush para ocupar el cargo de Subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, es muy probable que encontrará una fuerte oposición en el Senado una vez que llegue ahí para ser confirmado. La veterana reportera política del Washington Post, Mary McGrory, opina que su confirmación “podría ser aplastada con un toque de Dodd”.

Se recordará que en los años ochenta, Christopher Dodd fue un férreo opositor a la política de la administración Reagan en Nicaragua, y fue uno de los senadores que más activamente se opuso a que Estados Unidos le diera ayuda a la Resistencia Nicaragüense. Otto Reich, por el contrario, quien es de origen cubano y ha sido embajador de Estados Unidos en Venezuela, era en aquel entonces un entusiasta defensor de la política exterior de Reagan en Centro América. En consecuencia, nada raro sería que Dodd manifestara algún grado de oposición a la confirmación de Reich.

Otra nominación que podría ahora encontrarse en aguas agitadas es la de Róger Noriega, quien el 31 de mayo fuera anunciado por el Presidente Bush como su candidato para ocupar el cargo de representante permanente de los Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos (OEA). Noriega, quien por varios años ha sido parte del staff de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, fue también en los años ochenta otro activo defensor de la Resistencia.

Un nombramiento que sin duda hubiese sido controversial es el de Elliott Abrams, ex Subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental durante la administración Reagan, de quien se dice que es muy probable que sea nombrado como director de la sección de democracia, derechos humanos y operaciones internacionales del Consejo de Seguridad Nacional. Para suerte suya, su nombramiento no requiere confirmación del Senado. Muy pronto sabremos la suerte que correrán las otras propuestas.  

Editorial
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