Navegando por el Mar de Galilea

Carlos de León Guevara*

¡Cuántas gratas sorpresas nos esperaban después de veinte largos años de exilio, planear este viaje, llegar al Santo Sepulcro y dar gracias a Dios que nuestro destierro había llegado a su fin!

Me uní a mis padres en Madrid y volamos hacia Tel Aviv, ciudad fundada en 1909 por 66 familias judías, arribando al aeropuerto de Ben Gurión en horas de la mañana. Israel posee un encanto misterioso que nos motivó descubrir los tesoros históricos que posee esta tierra sagrada.

Al acercarnos por carretera a la segunda ciudad de Israel, lo primero que se divisa son las históricas torres de Shalom, calentadores solares, y los satélites de esta moderna ciudad de 350,000 habitantes. Esa misma tarde el guía nos llevó por las calles de Neve y Tzedek, un barrio centenario en vías de renovación y al mercado Carmel, un enorme mercado cercano donde se pueden apreciar las apetitosas frutas y vegetales del Mediterráneo.

A la mañana siguiente visitamos el centro de Tel Aviv donde la vida se desenvuelve como en cualquier otra ciudad del mundo. Pasamos por universidades, edificios gubernamentales hasta llegar al museo de la Diáspora o Hatfuzot, el cual relata la historia de los judíos desde el principio de los tiempos y que se caracteriza porque sólo recibe reproducciones de la historia del pueblo judío.

Al norte de Tel Aviv se alza Jaffa, la histórica ciudad destruida y reconstruida, una y otra vez por los pueblos antiguos que la conquistaron.

Camino a Haifa, “La ciudad del Profeta Elías”, poco antes de llegar nos desviamos para subir al Monte Carmelo para visitar el grandioso monasterio de la orden de los Carmelitas, creada en el siglo XII. La iglesia está construida sobre la cueva del Profeta Elías, patrono de dicha orden. Luego nos dirigimos hacia Ako, una ciudad al otro extremo de la bahía, cuyo fascinante pasado es una integración de Oriente y Occidente, de creencias y religiones que existen con remanentes de culturas diferentes.

Nunca vi con tanta energía a mis padres, la verdad es que la experiencia que estábamos viviendo era como soñar despierto. Inmediatamente me hice de unas sandalias de cuero de camello y mi padre y mi madre se armaron de unos sombreros para prepararnos para las largas caminatas que nos esperaban. De esa manera nos transportamos a lugares bíblicos tales como Nazareth, Monte Tabor, Caná, Magdala, Tabgha, Capernaum, Tiberiades, el Río Jordán, el Mar Muerto y finalmente arribamos a Jerusalén donde visitamos el Santo Sepulcro y el Muro de los Lamentos.

Mi relato aún es más extenso. Por ahora me despido diciéndoles que el haber navegado sobre las aguas del Mar de la Galilea junto a mis padres es la experiencia más bella que he vivido.

* Colaborador de LA PRENSA.  

Editorial
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