Un mal hábito

Mario Ruiz Castillo

A través de una herencia cultural del período colonial, donde se acataban las leyes, pero no se cumplían, hemos venido arrastrando la costumbre de obviar el cumplimiento de las leyes, reglamentos, decisiones, órdenes y resoluciones.

Por ello la promulgación de una norma le tiene sin cuidado al ciudadano, ya que dependerá de la autoridad o ciudadano si la quiere aplicar o no; aunque la disposición esté vigente el alto funcionario considera que a él no le es aplicable y depende de su discrecionalidad su implementación y forma de hacerlo. Es sabido además que la tolerancia y permisividad es común y aceptada socialmente.

Nada es extraño por lo tanto que el conductor de un taxi o un bus de transporte colectivo irrespete el semáforo y cruce la vía con la luz roja; en cierta forma es como un reto y desafío la desobediencia a la norma que establece que hay que detenerse cuando la luz del semáforo está en rojo. Obedecer es casi como perder el prestigio, cuanto más desobedezco y hago mofa de regulaciones soy más macho, más valgo.

Encontramos también cantidad de casos en que las disposiciones, simplemente son desconocidas a la vista y paciencia de todo el mundo: nos apoderamos de las riberas de mares, lagos y ríos; construimos en derechos de vía pública; vendemos terrenos ejidales, comunales y nacionales porque poseemos la autoridad. Nadie dice nada, no hay protestas y a la larga obtenemos título de dominio que nos presenta como legítimos propietarios.

Una orden de arresto perfectamente queda en el escritorio de las autoridades, mientras el prófugo de la justicia se pavonea mostrando que él no cae dentro de las personas pobres o caídos en desgracia; los únicos que van a la cárcel. El crimen más atroz, después de unos meses o años es totalmente olvidado, perdonado y aún con sentencia condenatoria el condenado goza no sólo de los privilegios de la libertad, sino que goza de privilegios, fama y fortuna.

Probablemente somos muy virtuosos y de gran generosidad. Creo sin embargo que más que una virtud, la razón de nuestro comportamiento social se debe principalmente a la inobservancia legal; muchas veces en mi carácter profesional me han solicitado una constancia en que se diga que tal o cual acción u omisión es delictiva o prohibida y al manifestarle que no es necesario porque la ley así lo establece, me contestan que eso dice la ley, pero que la gente sólo cree y confía si lo dice alguien, en otras palabras no hay confianza ni firmeza en la norma jurídica sino en las personas. Si hay una ley, no se cumple mientras no se envía el memorando dentro de la esfera gubernamental, sobre tal cumplimiento. La ley es una simple referencia que espera la orden del funcionario o el deseo del ciudadano de cumplirla o no.

Las nuevas generaciones tendrán que modificar esa tradición que hemos heredado, iniciando su destierro desde el hogar atendiendo las órdenes familiares, la escuela y el sistema educativo en general juegan un rol fundamental para su extinción total o seguiremos sometidos a caprichos, tendencias y humores propios del ser humano y no a la ley que permite, prohíbe u obliga a algo, bueno, eso quizás en otro país, aquí es sólo un marco de referencia, tolerante, permisivo y dúctil.

* El autor es jurista.  

Editorial
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