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Cuando el Encargado de Negocios de Cuba en Nicaragua, señor Damián Arteaga, en un artículo publicado en El Nuevo Diario en abril del presente año, llamó “serviles” a los países que, como Nicaragua, votan en el seno de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para instar a Cuba a respetar los derechos humanos de sus ciudadanos, no hubo de parte de los sandinistas una sola voz que protestara el insulto del diplomático cubano. Esa actitud pasiva y complaciente de los sandinistas era de esperarse, así como también era de esperarse que se rasgaran las vestiduras por el discurso que pronunció el viernes antepasado el Subsecretario de Estado Adjunto para Asuntos Hemisféricos de los Estados Unidos, señor Lino Gutiérrez, en un almuerzo organizado por la Cámara Americana de Comercio.
Injerencista, prepotente, procónsul, altanero, intervencionista, e imperialista, son tan sólo algunos de los muchos nombres y adjetivos que adornaron los escritos sandinistas que de inmediato aparecieron en un diario local en protesta por el discurso de Gutiérrez. La reacción oficial del Frente Sandinista, sin embargo, fue mucho más reservada. Pudiera incluso decirse que fue timorata y cohibida. No hubo de su parte ningún arrebato nacionalista ni de condena al “imperialismo yanki”. Resignadamente se tragaron el golpe, aunque me imagino que han de estar pensando que… “ya tendremos tiempo para cobrarnos esas palabras cuando lleguemos al poder”.
El discurso del subsecretario estadounidense fue claro, directo e informativo. No fue más injerencista de lo que son muchas otras opiniones de miembros de la comunidad diplomática que frecuentemente critican el comportamiento de algunos funcionarios públicos. Pero como esos injerencismos son por lo general desfavorables al gobierno de turno, los sandinistas callan. Del discurso de Gutiérrez se pueden decir muchas cosas. Lo que no puede decirse es que haya sido ni ofensivo ni falso. Cierto y claro es que su contenido no es favorable al candidato rojinegro, señor Daniel Ortega, pero, insisto, nada de su contenido con relación a Ortega y al sandinismo es falso ni ofensivo. Todo es verdadero.
Hay quienes opinan que las palabras de Gutiérrez tuvieron como objetivo inducir el voto contra el sandinismo en las elecciones de noviembre próximo. Es posible, pero no lo creo. Me sorprendería mucho saber que el diplomático estadounidense haya creído que sus opiniones pudieran tener algún efecto en la intención de voto de los electores. Antes bien, algunos sandinistas creen que esas opiniones podrían ser capitalizadas a favor de su partido agitando sentimientos nacionalistas y antiimperialistas para atraer a otros votantes. Sin embargo, no creo que el FSLN —al menos oficialmente— se atreva a hacerlo. Aquella estrofa del himno sandinista que dice: “luchamos contra el yanki, enemigo de la humanidad” está reservada, por el momento, para ser cantada solamente en el sobaco de la confianza de las organizaciones y grupos estrictamente sandinistas.
El mensaje de Gutiérrez puede resumirse de la siguiente manera. Nicaragüenses: Estados Unidos no se traga el cuento de que el sandinismo ha cambiado. No obstante, son ustedes, y nadie más que ustedes, los que en las próximas elecciones decidirán si quieren o no que ese partido vuelva a gobernar Nicaragua. Nosotros, por nuestra parte, tendremos unas relaciones excelentes con cualquier gobierno que ustedes elijan, siempre y cuando sea un gobierno democrático y que no se embarque en aventuras desestabilizadoras en la región, pero por lo que hasta ahora hemos visto, no creemos que el sandinismo tenga intenciones de comportarse democráticamente.
Más claro no canta un gallo. Estados Unidos no hará nada para que las elecciones de noviembre resulten favorables a uno u otro candidato. Esa decisión debe ser, y en efecto lo es, de la competencia exclusiva de nosotros los nicaragüenses. Cada ciudadano tiene derecho de votar por el candidato que más le plazca. El acto de votar es un acto soberano que, en el momento de realizarse, nada ni nadie debe intervenir, más que la conciencia del votante mismo. Pero nadie puede oponerse a que la decisión del elector sea una decisión informada, es decir, con conocimiento previo de quién es, y de qué es lo que ha hecho en el pasado el candidato por el que está votando. Votar sin ese conocimiento es votar a ciegas, y es una renuncia a ejercer el sufragio de manera responsable.
De lo que también debemos estar claros es de que mediante el ejercicio democrático del voto es perfectamente posible que llevemos al poder a un gobierno opresor y antidemocrático. De nosotros depende, no de don Lino.
El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.