Migdonio Blandón
Del futuro la única seguridad en la que no todos pensamos, es que en la tierra la vida y nada de lo material que en ella existe es permanente. Todo, absolutamente todo en tiempo determinado e incierto tiene su inevitable fin. Los restos de lo material y animal vuelven a mezclarse sirviendo como alimento o abono a otros seres, que teniendo también su ciclo determinado de existencia, mientras el Creador lo permite se suceden nuevas criaturas.
A solamente los humanos, criaturas predilectas del Altísimo, Él ha querido darnos con el raciocinio dones especiales, para conocerle e interpretar sus mandatos, que según propias actitudes pueden elevarnos a la categoría de hijos suyos y trascender de la vida terrena a su reino de gloria eterna; o, desconociendo su paternidad y actuando en consecuencia, descender al oprobioso dominio de Satán y sus infernales huestes por toda la eternidad.
Al iniciar este tercer milenio de la era cristiana, por el conocimiento de Dios en Jesucristo, que por nuestra redención y salvación se ofreció como holocausto al Padre Eterno; y que revalidando sus mandamientos y enseñarnos a vivirlos, se ha quedado en la Iglesia para guiarnos; pudiendo así de previo saber, que aunque esta vida ha de terminar, el futuro deja de ser incierto, pues si despojados de nuestro ego le seguimos, sabremos adónde vamos.
Lo difícil y casi imposible es despojarnos del pegajoso ego, encarnado a lo material, a la mente, el corazón y a todo; y que llega en ocasiones a endiosar a quien se deja dominar, llegando incluso a creerse insustituible y merecedor exclusivo de múltiples tributos. Quizá parezca exagerado, pero todos en mayor o menor grado por naturaleza, somos ególatras; y si descuidamos la gracia de la fe que Dios nos da, sin ese asidero nos domina la egolatría.
Ese pegajoso ego, difícil y casi imposible, es realmente imposible despegarlo a propia voluntad. La esencia del mismo son la soberbia y el orgullo que progresivamente inflan su atrofiada vanidad hasta un día hacerla reventar, yendo con los calígulas y nerones de todos los tiempos a engrosar las huestes de Luzbel. Sólo se puede vencer tan endémico mal con el asidero espiritual de la fe cristiana reconociendo con humildad que sin Dios nada somos.
Que a Él, todo absolutamente todo se lo debemos, que solamente con la gracia de su infinito amor tiene sentido nuestra existencia, si acatando sus mandamientos e identificándonos como hijos suyos, vivamos en la dimensión de su amor como Él ha querido. Aún teniendo poder, riqueza y placeres, si falta Dios, no hay paz ni seguridad y todo es ilusión fugaz, porque sin Él repetimos: no somos nada, ni valemos nada.
En el pasado y sobre todo en el presente se asienta en gran parte la certidumbre del futuro. Así como el árbol se conoce por sus frutos, a los humanos también se nos conoce por el fruto de nuestras actitudes, que aunque se trate por todos los medios de camuflarlas, siempre hay algo que permite a muchos identificarlas; pero de manera especial al Creador de todo lo que existe, nunca nadie podrá ocultarlas; y que a su tiempo Él sabrá juzgarlas.
Por las razones anteriores y sobre todo para alcanzar la vida plena que solamente por medio de Jesucristo se alcanza, vale la pena seguirle. Al redimirnos, Él quiere salvar a todo el que se decida a seguirle; pero para tener la certidumbre de lograrlo, debemos con su ayuda arrancarnos el pesado lastre que cubre nuestro ego; y que desviándonos de su camino nos priva de la verdadera paz que da el disfrute de la vida a plenitud, que sólo Él sabe dar.
* El autor es miembro de EDUQUEMOS.