En las sucursales del infierno

Levantarse a las cinco de la mañana, hacer una petición desbordada de fe, cargada de esperanzas y con la fortaleza de seguir adelante, es la forma común de dar inicio a la rutina diaria de muchos jóvenes, como vos y como yo, pero con la variante de no gozar del derecho más sagrado del ser […]

Levantarse a las cinco de la mañana, hacer una petición desbordada de fe, cargada de esperanzas y con la fortaleza de seguir adelante, es la forma común de dar inicio a la rutina diaria de muchos jóvenes, como vos y como yo, pero con la variante de no gozar del derecho más sagrado del ser humano: la libertad.

Muchachos que cargan con un pasado oscuro porque fueron pandilleros que robaron a mano armada, jovencitas que llegaron a prostituirse por adicción a la marihuana o la cocaína, hoy nos dan testimonio de su nueva vida, del cambio interno experimentado por su personalidad, de los oficios que han aprendido, la importancia de escuchar a nuestros padres, del significado de la amistad y de lo que más lamenta por estar cumpliendo una condena.

“Salir a la sociedad ya no será como era antes, sino como una nueva mujer que he aprendido a ser aquí. He venido a recapacitar y me arrepiento de todo lo que hice allá afuera”, asegura Reyna Patricia Urbina Mojica de 26 años, quien deberá permanecer en prisión durante 14 años por homicidio.

En 5 años que Urbina tiene de estar en la Penitenciaría de Mujeres “La Esperanza” logró concluir su primaria y actualmente cursa el tercer año de secundaria, “y lo más bonito es que he aprendido un oficio”, dice muy alegre.

Ella es alumna destacada. También forma parte del grupo de internas que trabajan en la producción de cojines y juegos de sábanas. Como deporte practica volibol, y además confecciona su ropa.

Reyna vivía en el Reparto Schick, y formaba parte de la pandilla de “Los comemuertos”. El 13 de abril del 1996 ocurrió un enfrentamiento en el que también hubo descargas de disparos de AK. En ese combate callejero murió una mujer.

“Me acusan de ese delito. Además la Policía ya me andaba buscando porque tenía antecedentes criminales. En el barrio ya no me aguantaban por vaga”, cuenta.

Su hija, Meyling del Carmen, tenía 3 años cuando ella la tuvo que dejar. Hoy la pequeña tiene 8 años y a Reyna le duele no estar con ella, pero su mamá, que siempre ha estado “en las buenas y en las malas”, le lleva a Meyling cada 15 días.

“Probé cocaína, marihuana, pega, diazepán… de todos los tipos. Sólo me faltó la heroína”, afirma. Pero ha aprendido que todo esto “no es bueno” y llamó a los jóvenes a “salir de la vagancia, a dejar las drogas que sólo nos dejan errores de los que nos arrepentimos toda la vida”.

Este es el consejo de una joven, que a los 16 años afirma que se prostituía para poder conseguir algo de droga. “Le doy gracias a Dios por estar en este lugar. Tal vez estuviera bajo 7 cuartas en un cementerio”, recalca. Le pide perdón a su hijita por haberla dejado en los momentos que más le necesitaba. Cuando cumpla su condena, sueña con tener un taller de costura.

DELITO DE ROBO

“Ese día me agarraron con mi supuesto amigo en el sector del ‘Israel Lewites’, en el Barrio ‘Andrés Castro’. Nos habíamos robado 6 mil córdobas. Eran para ayudar a mi familia y para las fiestas”, recuerda como si fuera ayer Julio César Hernández Castro, de 22 años, el menor de 12 hermanos.

Fue un robo con fuerza que lo llevó a la prisión desde el 8 de noviembre de 1998. Dice haberlo hecho por la necesidad económica pero más que todo “por andar con malas amistades”.

“A veces nosotros nos dejamos llevar. Eso no es bueno. Mi papá tiene un refrán: ‘el buey solo [bien] se lame’. ‘Es mejor andar solo que mal acompañado’ ”, nos dice. Hernández tiene 31 meses de vivir en la prisión. Le faltan otros 21 para poder regresar a casa, pero tiene fe en que no va a cumplir su condena y que saldrá antes de tiempo. “Tengo Fe en Dios que no voy a cumplirla, porque soy primerizo, hay gente que se va a los 18 meses”.

“Sí me arrepiento porque sólo el que pierde sabe cómo hace para ganarse su dinero y no es justo que una persona trabaje para otra”, reconoce. Le duele estar preso y dejar su familia. “El Día de las Madres deseaba estar con mi mamá, pero no pude”, confiesa.

Lo primero que hará al salir es buscar un empleo de albañilería. “Sé que es un trabajo duro, pero es un trabajo donde se gana dinero”. Actualmente se encuentra en un régimen semiabierto, algo que se ha ganado por su buena conducta. Cursa el segundo ciclo de Primaria en la Escuela de Bello Amanecer del Penal de Tipitapa y es un alumno destacado por buena conducta.

“Traten de hacerle caso a sus padres, ellos dan un consejo y a nosotros nos entra por un oído y nos sale por el otro. Sólo nuestra familia siente el dolor de lo que nosotros pasamos, los amigos no se acuerdan de uno. A mí no me han venido a ver”, dice desconsolado.

Hernández mata el tiempo escribiendo y viendo programas de televisión. Escribe canciones y le gusta escuchar música del recuerdo de Camilo Sesto y Julio Iglesias.

UN ROBA AUTOS

“El 14 de diciembre de 1998 andaba solo y drogado. Tenía 21 años y era corredor de repuestos en el mercado y me incautaron unos rines de automóvil Mitsubishi entre otras partes”. Hurto con intimidación es el delito que Richard Francisco Martínez Ibarra de 24 años cometió y por el cual cumple una condena de 5 años en el penitenciario de La Modelo de Tipitapa.

“Tengo tres años de estar aquí por un delito que cometí, algo a lo que estamos propensos todos los seres humanos a cometer en la calle” comenta. “Cuando yo andaba libre me valía todo, hoy sé lo que es valorar a una persona”, asegura. Lo más bonito que este joven ha experimentado en las galerías, es el estudio. “Es una experiencia muy grande. Yo estoy en régimen semiabierto, eso es una oportunidad si tenemos buena disciplina, mi única obligación es estudiar”.

Aún no se arrepiente de haber hecho lo que hizo. “No me he arrepentido hasta el momento. Le pido a Dios que me ayude para acercarme a él porque no me siento consciente”, admite. Él se divierte jugando baloncesto y leyendo. “Si uno se pone achantado se consume, hay que matar el tiempo, no que el tiempo lo mate a uno”.

“A los que andan en drogas, en pandillas, que miren mi espejo, que hoy me encuentro privado de libertad”, recomienda. Martínez lamenta no haber tenido una entrevista con la jueza, considera que es primario y que merece una oportunidad, sin embargo no es lo que más le duele. “Me duele mi hija y mi familia. Mi hija conversa conmigo es bien viva, y le digo que pronto voy a salir, ella tal vez no sabe por qué estoy aquí”, nos cuenta, con un pesar bastante notorio en su rostro.

“Me robé una pistola, la vendí en 1,800 córdobas, había consumido crack y me agarraron porque dejé una camisa”, cuenta entre risas Jessica Tamara Mores Coleman de 18 años. Ahora Mores lleva año y medio de prisión, de los tres de condena que debe cumplir.

Es la interna más joven de “La Esperanza”, y con un sinnúmero de problemas emocionales. Pasar con la psicóloga, la psiquiatra y tomar una diazepán para dormir, ya es normal en ella. “Me deprimo mucho cuando nadie me viene a ver, me pongo a llorar, a veces me quemo o me corto yo sola” narra tranquilamente.

“¿Jessica y tu mamá?”, le preguntamos. Cambia su semblante, ya no ríe, guarda silencio. “Yo me acuerdo de mi mamá, de mis tías, de mi familia, que me han dado la espalda cuando más lo necesitaba. Mi mamá viene cuando se acuerda”, contesta con voz entrecortada y lágrimas en sus ojos.

“¿Crees en la amistad?”, vuelvo a preguntar. “No, no creo, todos se fueron, desaparecieron, durante el tiempo que he estado aquí, una amiga vino, eso fue hace un año” contesta con pesar y con ojos llorosos.

“Aquí es donde se ven las amistades. Cuídense, las drogas destruyen el hogar y a nosotras mismas”, es el mensaje que sale de su corazón arrepentido para cada una de sus amigas de Santa Ana y a los jóvenes que no tienen idea de la magnitud del daño que se causan y del dolor que provocan a sus padres.

Lo que más lamenta es haber dejado a su hijo Norwing y no poder darle amor. Tiene apenas 4 años. Lo único que le pide a Dios es que le ayude, que le dé fortaleza, y que su mamá se acuerde de ella. La última vez que le habló le pidió que le ayudara a salir. “Me dijo que no, que no me iba a dar otra oportunidad, pero yo la quiero bastante, deseo que sea muy feliz, con mucho dolor se lo digo, me he sentido bien triste ya que no la tengo a mi lado”, expresa entre sollozos.

En este período ha asistido a clases de primaria, pero aunque sabe tejer y bordar, dejó de asistir porque dice que tiene muchos problemas. El testimonio de Jessica es tomado por ser la más joven del penitenciario, tal vez no sea la razón por la que es tan popular, sino por ser uno de los casos más tristes del sitio, una situación, un dolor que podemos ahorrar.

EN LAS DROGAS

Indira de los Ángeles Parrales Aguirre (21), estudiaba el tercer año de secundaria y a pesar de que no vivió con sus padres, su abuelita se encargó de inculcarle buenas costumbres. “Somos tontas, agarramos mal camino porque queremos, no es lo que los padres nos enseñan, mi abuelita que me crió, me enseño buenas costumbres. Nunca me enseñó a hacer lo malo y cuando uno tiene a sus padres no les pone atención, no les escuchan y por no ponerle atención, uno llega hasta aquí a este lugar” explica Parrales.

Ella debe cumplir dos años y medio de prisión, de los cuales ya ha cumplido 16 meses, condena merecida por la venta de drogas. Parrales dejó a su niña de apenas 18 meses de edad y ahora la niña de 3 años le dice tía, algo que le duele en el alma. “Yo le digo que soy su mamá, pero mientras no esté con ella, no le puedo hacer nada”, comenta.

“Me pregunto muchas veces qué le voy a decir a mi hija cuando me pregunte por qué estuve aquí. Me va a doler que le digan que su mamá estuvo presa”. Y por esa razón es que ella, al igual que Reyna, trabajan y se esfuerzan en estar muy bien capacitadas para el día de mañana ser mujeres útiles en la sociedad. A raíz del problema en que se metió ha sentido más cariño de parte de su mamá, ha aprendido cosas en el campo de las manualidades y ahora es disciplinada en los estudios.

Parrales dice que los amigos no existen, “son el momento en que andas con ellos o que los invitas, tantas amigas que tenía y nadie nunca ha venido a verme, es triste… y no le ponemos amor a los estudios por andar en la calle”, asegura. Cuando Indira esté en libertad dice que será diferente y que pondrá un taller de manualidades.

UN DOLOR QUE NO PARA

El dolor que estos jóvenes viven en las galerías penitenciarias del país por no estar en sus hogares con sus padres e hijos, por no tener la alimentación requerida, en fin todo esto y más es reflejado en sus ojos, sin embargo te reciben con una sonrisa en el rostro, tienen metas trazadas en sus vidas y un consejo para cada uno de nosotros. “Háganle caso a sus padres”, “mi único deber es estudiar”, “el buey solo bien se lame” entre otros, son los mensajes que esos jóvenes dan hoy. No hay que esperar cumplir una condena para empezar a tomar una paso de buena conducta y disciplina en nuestras vidas.

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