Como la muerte y su semblante helado,
una espada que traspasa corazones,
para liberarse debe haber cementerio,
y si no reclamo, también al cementerio.
Un país donde nadie me recuerde,
¡Nicaragua! El escenario de mi vida,
el infierno antes de mi muerte,
la tumba que abre sus entrañas en espera
de mi cuerpo.
Nicaragua, me pariste esperando ¿qué?
no te alegras, no sonríes, y la herencias
no son para el hijo mejor portado, fino,
para el que hurta sin medida.
Y sin medida se hunde en el abismo
oscuro de la corrupción, condenándote a ti
a tus hermanos, a los hijos, a vivir
ya en flagelo.
Alan Gutiérrez Paniagua