Roberto Fonseca [email protected]
La camioneta de tina, Toyota Land Cruiser, se detuvo bruscamente frente al Zonal del FSLN de Pantasma, levantando una enorme polvareda. Atrás, viajaba una joven doctora, que en ese momento echaba un vistazo a la botella de suero amarrada al vehículo. Iba acompañada de tres soldados, bien armados, ubicados en los bordes de la tina.
En medio de los cuatro, acostado sobre una camilla, permanecía callado, con una mueca de dolor, el muchacho del Servicio Militar que se había pegado un tiro en el pie derecho, mientras hacía la posta. Lo vi y sentí lástima.
Aquel chavalo, de quien nunca supe su nombre, prefería correr el riesgo de quedar lesionado de por vida y hasta de ser encarcelado por tentativa de deserción, antes que permanecer un minuto más en aquel infierno bélico, llamado Pantasma.
Corría mayo de 1984 y en las comunidades a su alrededor, El Plátano, Planes de Vilán o El Ventarrón, se escuchaban con claridad, intensos y prolongados combates entre las tropas del Ejército y de la Contra.
Eso era el pan de cada día. Uno despertaba, desayunaba, caminaba y después se dormía, hablando y escuchando, sobre muertos y heridos. Respirando pólvora. Aquello, en verdad, resultaba desesperante.
Una escuela sobre escombros
Sobre los escombros del plantel del Ministerio de Construcción (Micons), destruido por la tropa de “Mike Lima” en octubre de 1983, se levantó la Escuela Militar de Pantasma. La primera vez que la vi fue el martes 17 de abril de 1984, cuando los miembros de la Brigada “Omar Torrijos”, a la que pertenecía por espacio de tres meses, llegamos a pasar un curso militar de una semana.
La Escuela quedaba en las afueras del poblado, después del Malecón y, sus instalaciones no tenían nada de espectacular, las covachas —así como el comedor y la jefatura— eran construcciones de madera. No había catres, así que se dormía en el piso de madera, sobre los capotes.
El detalle más curioso era que todos sus instructores militares eran cubanos. Provistos de nombres falsos y de uniformes del EPS, incluyendo el sombrerito de los BLI, impartían clases teóricas y prácticas de tiro, táctica, física y desplazamiento combativo. La prueba de “graduación” era atravesar un pasaje montañoso, con obstáculos militares, al que llamaban “La senda”. Por supuesto, bajo fuego real.
A esa Escuela, precisamente, llegó el contingente de jóvenes reclutas del Servicio Militar, al que pertenecía el muchacho que se pegó el tiro en el pie. Tenían poco de haber llegado y estaban realmente desesperados por salir de ahí. Pero según la Ley del SMP, que entró en vigencia a fines de 1983, el suplicio apenas comenzaba. Faltaban por lo menos dos años.
Los primeros caídos
No preciso las fechas, pero el proyecto de Ley del Servicio Militar —que el Frente llamó Patriótico y la población Obligatorio— fue presentado por Humberto Ortega Saavedra, en agosto de 1983. Contemplaba en primer lugar que todos los varones, entre los 17 y 25 años, serían llamados a cumplirlo por un período mínimo de dos años. Para hacerla efectiva, se convocaría a una inscripción en octubre próximo, en primera instancia, a los muchachos entre 16 y 21 años.
El proyecto de ley, además, contemplaba que inscribirse y poseer el carnet del SMP —de cartulina, tamaño bolsillo y color verde chocoyo— era indispensable para “andar legal”, es decir, para circular, gestionar un pasaporte, conseguir un empleo o estudiar. De lo contrario, se contemplaba hasta cinco años de cárcel para los evasores.
Para dar una “señal de aliento”, el Frente orientó a sus cuadros estudiantiles que conformaran un contingente de voluntarios. Muchos de ellos respondieron, irónicamente, hasta con entusiasmo. Uno fue Alfonso Baca, presidente de la Federación Estudiantil de Secundaria (FES), a quien decían cariñosamente “Baquita”. Recuerdo una foto de él, vestido de militar, levantando risueño un fusil AK.
Meses después, no preciso la fecha exacta, “Baquita” cayó en combate. Dolió mucho, aunque no éramos “uña y mugre”. Poco después otro muchacho de apellido Baltodano. Ambos fueron sepultados en el Cementerio Oriental, cerca de la tumba de mi hermano Alvaro, y la de los muchachos de San José de las Mulas. Es un lugar plagado de tantos chavalos muertos en esa vorágine bélica.
Intentos de deserción
Otros, como el muchacho que se disparó en el pie, intentaron huir. Al respecto, recuerdo una anécdota que relataron los instructores cubanos de tiro, allá en Pantasma. Era domingo 6 de mayo de 1984.
Caminaban hacia el campo de tiro, con una parte de los reclutas, cuando encontraron cerca del camino, abandonada, una ametralladora RPK con su dotación de tiros. Aquellos de inmediato dieron la voz de alarma y los oficiales de inteligencia militar y de Prevención se fueron en su búsqueda.
Probablemente no se les dificultaría localizarlo, en su prisa y desesperación, había dejado junto al arma unos papeles personales —quizás unas cartas— donde estaba su nombre y la dirección.
Traerlo de vuelta, al infierno, era cuestión de días.
* El autor es periodista.