Marco A. Valle *[email protected]
Así como van las cosas es posible que el nivel de violencia aumente en esta campaña electoral, con consecuencias peligrosas, si las élites no se moderan y siguen actuando con mentalidad suma cero. La violencia verbal está subiendo de tono, y eso que apenas empieza; imaginemos, entonces, cuando se vislumbre el final, cualquier consecuencia fatal para la buena marcha del país puede pasar.
La violencia verbal no tendría mayores estragos si se mantuviera allí y respetara la frágil institucionalidad nacional, pero la historia nuestra dice que el campanazo de salida lo dan las élites y éstas ya lo señalaron al desatar violencia verbal. En medio del escenario apareció la violencia física ligada al pasaje del bus, asunto que a todas luces está cruzado por conveniencias electorales.
Pero el panorama preocupante no lo signa el caso del pasaje, ya que éste pasará, sino los cinco meses que faltan para las elecciones, que en otro país es algo cercano y no desestabiliza la cotidianidad ni el futuro. Pero aquí es lo contrario, es un largo —y tortuoso— trecho debido a la cultura de violencia que le cuesta mucho batirse en retirada de Nicaragua. Aquí los preparativos para abrir fuego y destrozar al enemigo —no derrotar al competidor— apenas están empezando, igualmente apenas se terminan de estudiar los lados flacos y se espera el momento para lanzar con todo vigor ataques despiadados y calculados hasta dejar en el suelo al contrincante. Si no se le ve en el suelo con los ojos perdidos y boquiabierto no se estará satisfecho.
Pero esta predisposición y conducta al final lo que deja son perdedores, pues perdemos todos y todas, nadie gana, puesto que el sinfín de violencia y violencia puede seguir después de noviembre, continuando el círculo perverso del que no salimos nunca. La realidad es una: somos nicaragüenses, vivimos en el mismo territorio, la misma ciudad o pueblo o comarca, y aunque alguien quisiera, no podemos vivir en territorios separados. Vivimos en Nicaragua y juntos tenemos que sacar adelante el país. Por muchas diferencias políticas que tengamos no conviene destruirnos. Nada ganamos. La historia muestra más destrucción que construcción.
Más aún, si todo el mundo se pusiera violento, qué no se diría de la situación antes del 79, o de los 80, o la que siguió, o la de hoy. Pero eso es un seguir de nunca acabar, y tanto es así que cada cual sostendría que tiene la razón, convirtiendo el país en campo de violencia generalizada. Con esa tónica, los nicaragüenses ahuyentamos la inversión extranjera, nos proyectamos internacionalmente casi siempre por cuestiones negativas, y nunca arribamos al consenso nacional y al camino del desarrollo humano.
Mientras, la gente espera propuestas de solución a sus problemas urgentes: comida, empleo, educación, salud, transparencia, vivienda, y más. La campaña está allí, que se desate la contienda con calor y algunos argumentos fuera de tono, pero acatando el Código de Ética. Moderemos la violencia y seamos el primer país en calidad de vida en América Central. Los nicas y las nicas somos capaces.
* El autor es consultor en seguridad pública.