- Allá en el kilómetro 45 de la carretera a Montelimar lo espera doña Yolanda… no se arrepentirá
Mario Fulvio [email protected]
El boom de restaurantes y comiderías que han surgido en los últimos años, ha traído a los nicaragüenses más problemas que soluciones gastronómicas.
La publicidad que aparece en los diarios sobre el clásico “¿Dónde ir este fin de semana?”, no constituye ninguna garantía para que usted sea atendido con eficacia y cortesía, deguste la vianda anhelada y pague lo justo por el servicio recibido.
Existen lugares muy publicitados donde lo único bueno -para el dueño por supuesto-, son las facturas exorbitantes. Sorprende que se cobre tan caro para ver meseros o meseras con cara de palo, indiferentes ante el cliente o que tienen la idea de que al servir la mesa están haciendo un señalado favor.
Después que reciben su orden viene otra calamidad, el tiempo que tarda la preparación del plato escogido, y éste es tanto que resulta imposible programar actividad alguna en base a pensar que en X tiempo ya se habrá desayunado, almorzado o cenado.
De sobremesa además del dulce prepárese, le viene al bolsazo o en una bandeja la factura donde le cobran a precio de piedras preciosas lo que usted se comió o bebió… y además otros agregados.
Total, que usted sale del flamante restaurante o comidería con anticipadas agruras y además asaltado, no en descampado, sino en lugar civilizado.
Dónde quejarse, no lo sé. Parece que estos establecimientos funcionan como muchos otros bajo la ley de la selva… Cuanta más “categoría” tienen, el “sablazo” es más severo.
Dichosamente eso no nos ocurrió el domingo anterior.
Íbamos hambrientos y sedientos por la carretera que va de Los Cedros a Montelimar, cuando en el kilómetro 45, a mano izquierda vimos el sencillo anuncio “Cordero al horno”.
Un comedor campesino, familiar y sin fanfarrias, atendido por su propietaria doña Yolanda Gutiérrez Sánchez. Pero eso sí, sólo abre los sábados y domingos.
Del horno las lonjas de cordero salen doraditas, se acompañan con un guiso de papas y con una solemne tortilla campesina gruesa, deliciosa, sacadita del comal, con ensalada y “chilito” al gusto. Treinta pesos con su bebidita.
Ahí nos instalamos… ¿Para qué más?
Y se lo recomendamos, sin temor a quedar azareados.