ZenitII y última parte
ROMA.- “Entonces di la orden de encontrar a ese tal Karol”, continúa diciendo el antiguo soldado soviético.“Descubrí que era bastante bueno en ruso pues su madre era una “russinka”, es decir una “ukrainka” con raíces rusas. Por eso le hice traducir también documentos del ruso al polaco”.
Vasilyj se hizo amigo de Karol y pidió que le tradujera también artículos sobre la caída del Imperio romano, que era fruto de todo tipo de interpretaciones por parte de Stalin. Fueron tan amigos que un día el comisario político Lebedev convocó al oficial soviético: “Camarada mayor: ¿Qué hace usted con ese seminarista? ¿Piensa ignorar las órdenes de Stalin? ¿La disposición del 23 de agosto de 1940 sobre los oficiales, maestros y seminaristas polacos no le convence?”.
Sirotenko respondió: “No puedo fusilarlo. Es demasiado útil. Sabe idiomas y conoce la ciudad”. Y añade: “El comisario sabía que era verdad, pero no quería correr riesgos. De modo que me dijo que la responsabilidad era mía”.
Después salieron los primeros carros de prisioneros hacia Siberia, personas que no volverían nunca más. Los seminaristas de la cantera Solvay estaban entre los primeros de la lista. Sirotenko, sin embargo, les salvó la vida. La misma excusa volvió a convencer a Lebedev.
Ahora al mayor no le gusta reconocer que sabía lo que significaba partir al destierro. “Escribí una orden en la que, por exigencias relativas a las operaciones militares que tenían lugar en Cracovia, Wojtyla y los demás no deberían ser deportados”.
Cuando en 1978 fue elegido Papa “un cierto Karol Wojtyla”, Sirotenko era el único que conocía ese nombre en Rusia, a excepción de la KGB. El 6 de marzo pasado recibió una carta del Papa en la que le felicitaba por sus 85 años. El viejo profesor de historia y antiguo oficial de la Armada Roja mira la carta y dice: “Los dos hemos tenido una vida muy intensa”.