Tumba del fútbol

El maltrecho y viejo Estadio Cranschaw sigue siendo el único estadio de fútbol de Managua Edgard Tijerino [email protected] Tenía años de no entrar al Estadio Cranshaw y consecuentemente, conservaba inalterable su vieja imagen: Terreno estrecho necesitando a gritos un proceso de nivelación, grama difícilmente cultivable, cuatro paredes repletas de historia, graderías acogedoras por su facilidad […]

  • El maltrecho y viejo
    Estadio Cranschaw sigue siendo el único estadio de fútbol de Managua

Edgard Tijerino [email protected]

Tenía años de no entrar al Estadio Cranshaw y consecuentemente, conservaba inalterable su vieja imagen: Terreno estrecho necesitando a gritos un proceso de nivelación, grama difícilmente cultivable, cuatro paredes repletas de historia, graderías acogedoras por su facilidad para ser desbordadas… Algo tan sencillo como eso.

Y recordaba: ahí se fajó como león “Chocorrón” Buitrago, el más fiero de todos los defensas centrales que ha producido Nicaragua, como lo comprobaron los atacantes de Estudiantes de La Plata, ahí vimos a Rudy Sobalvarro tejer maniobras que parecían ser producto de la fantasía, en ese Estadio tan incómodo, Peché fabricó magia, Chava nos regaló goles impresionantes, dignos de un marco… Esas paredes y esas tribunas se estremecieron de emoción frente a las paradas de Mayorga y Doubois.

¿Te acordás René Rivas, y vos Barrios, lo difícil que era “construir” paredes, esa jugada que popularizaron Pelé y Edú funcionando como delanteros del Santos?

Yo estaba caminando la mañana del domingo bajo un sol abrasador para presenciar el juego de las semifinales entre el Jalapa y el Ferreti, dos equipos de la nueva generación, que garantizaban bravura y ese esfuerzo que exige la destreza.

Tenía interés en ver como hacían circular la pelota los protagonistas, que tipo de espectáculo se podía disfrutar, cómo valorar nuestro fútbol en un juego entre dos de los mejores equipos.

Pensé en cerrar los ojos después de atravesar la puerta, no en espera de un Estadio diferente producto de algo mágico, pero, tantos años después, una de mis expectativas era ver cómo estaba el Cranshaw ahora.

Yo estuve aquella tarde de 1966 cuando los jugadores de Estudiantes con su entrenador Oswaldo Zubeldía a la cabeza, entrenaron un rato en el Cranshaw, un Estadio que se convirtió en el sueño dorado de Don Chas Hinckel, aquel directivo del equipo Triunfo, y en cuyas gradas, cada fin de semana, se reunía la familia capitalina del fútbol.

Entré y me impactó encontrarme 35 años después, con un estadio más deteriorado, es decir, con el terreno más escabroso, más duro, más sin zacate, con más polvo, menos apto para jugar fútbol… Las paredes y las gradas me parecieron más abandonadas, menos acogedoras, más frías, gimientes casi.

¿Cómo puede ser posible jugar aquí?, Me pregunté… ¿Y el progreso, dónde diablos dejó una señal?… ¿Quién se ha preocupado por su mejoría?… ¿A quién le importa que el esfuerzo de nuestros jugadores sea tragado por una tumba?… Ese Cranshaw garantiza la muerte de la creatividad, la inutilidad del pase rasante, la imposibilidad de un remate sobre una pelota que más que circular, brinca sin control.

¿Hubiera sido capaz Gerson de hacer una de esas largas paredes que realizaba con Tostao en el Cranschaw?… Diría García Márquez, “Fue como penetrar en el ámbito de otras épocas”… Uno sentía que el aire era más antiguo, que el Sol estaba envejecido, que el polvo se nos venía encima con largas barbas, que nuestra propia incapacidad nos agobiaba.

Yo estaba en el Estadio de Fútbol de una de las capitales del mundo, no en Macondo con Melquíades enseñándome el hielo y dejándome tocarlo sin cobrarme.

Disfruté de la rápida de entrada de Henry Urbina para cabecear el centro, logrando el segundo gol del Ferreti, una maniobra por vía aérea, de esas que todavía pueden ser previsibles, y me emocioné.

Cuando salí, me sentí estar atravesando por el túnel del tiempo. El domingo, estuve un rato en la era paleolítica… Ni más, ni menos.  

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