- Estos solípedos son muy trabajadores, no pecan de ambición ni geofagia y viven lejos del sectarismo político y del fanatismo religioso.
Mario Fulvio [email protected]
Fueron los caballos los que llevaron el flagelo de la guerra por toda la tierra cargando sobre sus lomos a conquistadores implacables como Alejandro, Hernán Cortés, Pizarro y Napoleón, lo mismo que a iluminados libertadores como Bolívar, Martí, San Martín, Hidalgo y Toussaint Louvertoure.
Por todas esas hazañas se les concedió el título de “nobles brutos”. Como contraparte, fueron los pacientes burros los que cargaron con el peso abrumador de los instrumentos de la sobrevivencia y el progreso, sin que por eso se adjudicaran un título nobiliario sino más bien mereciendo la burla y el escarnio de la gente.
Fue una actitud más cristiana que la de muchos que se dicen cristianos, la del burrito que durante la huida a Egipto cargó en su lomo a Jesús y a su madre María, la del fidelísimo jumento de Sancho y la dulzura alegre de Platero, el forjador de estrellas.
No obstante, para ellos no hubo una flamante escuela como la de caballos que fundara doña Violeta al comenzar su período de mando.
CONTROVERSIA ANIMAL
De estas cosas hablaban en voz baja dos burritos –Nacho y Adolfito-, en la plaza de la Parroquia de Somoto, sin duda era muy intensa la controversia pues permanecieron un gran rato secreteándose.
Ya antes de llegar a esa ciudad, fuimos testigos de la honrada actitud de Alberto, un asno plomizo que solitario caminaba con un gran fardo de leña por uno de los caminos de acceso a la ciudad y que sin detenerse ni entretenerse, llegó al trotecito hasta el mercado de Somoto donde estaba el caramanchel al que era destinada la carga.
UNA ASAMBLEA DE ASNOS
Es increíble la cantidad de solípedos que habitan en Somoto, me decía Xavier, un burro color cobrizo que asegura que pronto llegarán a casi cinco mil.
Además me informó que dentro de poco podrían ellos establecer una Asamblea Nacional de asnos, mejorando por supuesto los usos y costumbres del cuerpo político humano de ese mismo nombre que funciona en Managua.
Por lo menos, dijo con socarronería, nosotros somos más cristianos que ellos, pues piadosamente nos golpeamos el pecho de cuando en cuando, damos la hora en forma gratuita, circulamos por las calles sin pitoretas ni estridencias y no necesitamos dietas pues comemos lo que encontramos, “sin embargo estamos dispuestos a hablar de colega a colega con los diputados de allá”.
Añadió que a lo mejor procederían también a elegir un presidente, y no dudo que lo harán con mejor suerte que los que aquí sobrevivimos, pues estos animalitos no son glotones ni geófagos, no tienen uñas que meter, trabajan de verdad, son muy decorosos en su lenguaje y, sobre todo “queremos mucho a los periodistas”, aseguró levantando una oreja Xavier.
También resulta que estos burritos están exentos de prejuicios y según nos decía Eduardo, un burro flaquito y pequeñito, son puros de corazón y austeros en sus costumbres, no conocen el recurso de la doble moral ni son fanáticos en sus creencias.
EL TRONCO DEL ÁRBOL GENEALÓGICO
Pero… ¿de dónde vinieron estos buenos y ejemplares jumentos?
Según don Arturo Balladares Agurcia, un somoteño autóctono, fue don José María Tercero el que trajo de Honduras, seguramente de Comayagua, cuatro burritos, dos hembras y dos machos.
“Don Ismael Carrasco trajo otros más y así se fueron multiplicando. Cuando acordamos, usted podía ver a la orilla del Río Grande las grandes patrullas de burros. Para ese tiempo yo tendría catorce años, hoy tengo 86”, dijo.
Otro somoteño que trajo catorce burros a Somoto fue el caballero Ricardo Cruz, quien los utilizaba para traer sal de Choluteca. “En ese tiempo no había carretera sino caminos de bestias, y los asnos le daban excelente resultado”.
“Por otra parte –agrega- del cruce del burro con la yegua resultó el mulo, si a la burra le pone un caballo saca un macho que es más fuerte que el asno, con lo que los somoteños salimos ganando”.
LA PRENSA: ¿Cuántos burros estima usted que existen en Somoto?
Arturo Balladares: Hay montones, y todos tienen dueño pero no se sabe quiénes son. Andan al garete, la gente los ocupa, y después los deja donde los encontró.
Para concluir esta investigación “solipedal” nos dirigimos a la hacienda Miraflores del señor Elvin Pineda, ahí en los corrales, mezclados con el ganado vimos un número aproximado de 30 burros.
“Están aquí porque son dañinos y se meten a los predios ajenos”, dijo don José Santos Olivera, trabajador de la estancia.