Centroamérica: una obra en progreso

Francisco X. Aguirre Sacasa*

Centroamérica sigue siendo la pera loca predilecta de la naturaleza. Un par de devastadores terremotos ocurridos el 13 de enero y el 13 de febrero dejaron más de mil muertos, un millón de damnificados y más de US$1,500 millones en pérdidas económicas en El Salvador. Un poco más de dos años antes, a finales de 1998, el Huracán Mitch –el peor desastre natural en la historia del hemisferio occidental– también hizo estragos en la región, dejando a miles de muertos, millones de damnificados y causando daños económicos sin precedentes en Honduras y Nicaragua.

Estos desastres naturales recibieron amplia cobertura en los medios de comunicación y provocaron una respuesta generosa de parte de los gobiernos de los países desarrollados y sus ciudadanos en donaciones de “pueblo a pueblo”. Pero también, fortalecieron el estereotipo negativo que existe en los países industrializados, como los Estados Unidos, de que nada bueno jamás ocurre en el Istmo. Este punto de vista cobra aún más fuerza por los recuerdos persistentes de dictaduras y guerras civiles que se extendieron en Centroamérica a lo largo de los años 80 y que también recibieron una intensa cobertura de prensa.

La Centroamérica de hoy, sin embargo, vive una realidad diferente y más alentadora. La región ha avanzado de forma impresionante en los ámbitos político, económico y social no obstante los flagelos de la naturaleza. Por primera vez en los casi 180 años desde que obtuvieron su independencia de España, las cinco naciones centroamericanas gozan de paz interna y gobiernos democráticamente electos. Los cinco países también están siguiendo políticas de economía de mercado que favorecen el desarrollo del sector privado y la inversión extranjera. Y están cosechando los frutos de dichas políticas. De acuerdo al Atlas 2000 del Banco Mundial, por ejemplo, todas las naciones del Istmo crecieron de forma más acelerada, en términos de ingreso per cápita, durante el período 1990-1998 que Suiza, Alemania y Japón. Y la mayoría de ellos inclusive experimentaron tasas de crecimiento mayores de las que tuvo la economía de los Estados Unidos durante ese mismo período.

La experiencia de mi propio país, Nicaragua, tipifica estas tendencias positivas. En el frente político, gozamos de libertad de prensa, no tenemos ningún prisionero político y contamos con un récord alentador en cuanto al respeto a los derechos humanos. Además, las elecciones municipales que se celebraron de manera libre en noviembre pasado, marcaron la quinta vez consecutiva que nuestro electorado ha podido participar en elecciones transparentes. Esto es algo sin precedente en nuestra historia y constituye una clara ruptura con el medio siglo de dictaduras que llegó a su fin en 1990 con la elección de la Presidente Violeta Chamorro. Nicaragua se está preparando para elecciones presidenciales y legislativas en noviembre de este año y el Gobierno está empeñado en asegurar que éstas también sean limpias. Para estos efectos, se está invitando a observadores internacionales para que brinden garantías al proceso electoral.

Nicaragua también ha tenido importantes logros económicos y sociales. Durante los años 1999 y 2000, su economía fue una de las más robustas de América Latina expandiéndose a un ritmo que alcanzó un nivel promedio de casi 6 por ciento a pesar de los estragos causados por el Huracán Mitch, los altos precios del petróleo que importamos y los precios deprimidos a nivel mundial para los productos agrícolas que son la columna vertebral de nuestro sector exportador. En el año 2000 tuvimos una inflación de un solo dígito—situación muy diferente a la hiperinflación que reinaba en la segunda mitad de los años 80– y nuestra tasa de desempleo se redujo al 9,5 por ciento debido a que la creación de nuevos empleos sobrepasó el crecimiento demográfico. Además, el Gobierno no vaciló en implementar uno de los programas de reforma económica más ambiciosos de Latino América, a pesar del desgaste político que estos programas invariablemente acarrean. En la Nicaragua de hoy, invertimos tres veces más en educación pública que en nuestros gastos para las fuerzas armadas y la policía combinados. Esta estadística está corroborada, y es motivo de orgullo para el Gobierno.

No quiero sonar triunfalista. Centroamérica es aún una obra en progreso. Enfrenta tremendos desafíos producto de una pobreza esparcida, desigualdades de ingresos y democracias aún incipientes y frágiles. Pero es una experiencia exitosa en un tercer mundo en donde éstas son escasas. Lamentablemente, esta experiencia exitosa es poca conocida en países industrializados porque, como dice el refrán, la buena noticia no es noticia.

Para contribuir a exponer la nueva realidad de Centroamérica, el Gobierno de España y el Banco Interamericano de Desarrollo están co-patrocinando una Reunión del Grupo Consultivo Regional para Centroamérica en Madrid el 8 y 9 de marzo. El enfoque será la modernización, transformación e integración de la región en el siglo XXI y la reunión enfatizará las oportunidades para mayor inversión directa del sector privado en proyectos regionales que ayudarán a impulsar el desarrollo de Centroamérica. Para este fin, los representantes de firmas privadas importantes complementarán las delegaciones oficiales que usualmente asisten a estos Grupos Consultivos.

Hay que aplaudir esta iniciativa útil e innovadora. Colocará a Centroamérica en la pantalla de radar del mundo de una manera positiva y ayudará a impulsar la consolidación del renacimiento que está viviendo la región.

* Ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua. Traducción al español del artículo que en idioma inglés publica el periódico norteamericano Miami Herald, en su edición de hoy 6 de marzo de 2001.  

Editorial
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