Edgard Rodriguez C. [email protected]
Justo cuando parecía haber perdido su condición de potencial ídolo, para convertirse en un permanente problema, Rosendo Alvarez ha dado un giro dramático a su vida y quizá su carrera podría volver a elevarse tanto como se lo proponga.
Más que la propia corona, por cierto importante, pues es un símbolo que infla el ego, da poder y permite mejorar sustancialmente los ingresos, el gran triunfo de Rosendo es que ha quebrado con estrépito cualquier signo de deterioro físico.
Rosendo fue la noche del sábado, un hombre comprometido con su palabra y no el púgil que proyectaba desidia y desinterés hace apenas unos meses. Pero a la vez es también el mismo boxeador al que hemos atacado con o sin justificación.
La relación de Alvarez con la prensa pinolera ha sido de amor y de odio. Y ahora, justo cuando ha demostrado que ha trabajado duro, para retornar al nivel al cual perteneció y del que nunca debió salir, debemos ser justos en el reconocimiento.
Rosendo no ofreció una exhibición de filigrana. Tampoco su pegada fue estremecedora. Sin embargo, volvió a ser el púgil agresivo y efervescente, que se dispara hacia delante sin temor al riesgo y siempre atraído por el intercambio de metralla.
No obstante, su triunfo está lejos de cualquier cuestionamiento. Fue superior frente a un rival incómodo y con la rapidez necesaria como para hacerlo deslucir, pero no logró en la pelea que fue, para decirlo pronto, la revancha de Rosendo.
Y revancha no propiamente contra el “Beibis”, sino contra quienes le han adversado. Yo no sé que hay dentro del corazón de Rosendo, aunque en su última conferencia de prensa su sonrisa comercial no alcanzó a disimular su rencor.
El rencor nunca es buen consejero pero si en este caso, le sirvió para estimularse más de frente a su combate, lo utilizó en el sitio correcto y en el momento preciso. Es así como se ganan los rounds y eventualmente las peleas.
Rosendo ha recibido ahora una nueva oportunidad. Una nueva oportunidad y no sólo de hacer dinero, sino de replantear su vida, su relación con el público y con la prensa. Y a la vez, de rediseñar su carrera, ahora que debe exprimir el tiempo.
Pero Rosendo –y también nosotros los periodistas- debemos entender que toda relación está sustentada en el respeto. Y eso se ha roto a menudo desde ambas direcciones. No obstante, ahora tenemos un chance para intentarlo de nuevo.