Juan Pablo II
Si echamos una mirada al mundo y a su historia, a simple vista parece dominar la bandera de la guerra, de la violencia, de la opresión, de la injusticia, de la degradación moral. Nos parece, como sucede en la visión del capítulo 6 del Apocalipsis, que por los desolados páramos de la tierra corren los caballeros que sostienen la corona del poder triunfador, la espada de la violencia, la balanza de la pobreza y del hambre, la hoz afilada de la muerte (cf. Apocalipsis 6, 1-8).
Frente a las tragedias de la historia y frente la inmoralidad que avanza, viene a los labios la pregunta que el profeta Jeremías dirige a Dios, dando voz a muchas personas que sufren y oprimidas: «Tú llevas la razón, Señor, cuando discuto contigo, no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia. ¿Por qué tienen suerte los malos, y son felices todos los felones?» (12, 1). A diferencia de Moisés que desde lo alto del monte Nebo contemplaba la tierra prometida (cf. Deuteronomio 34, 1), nosotros nos asomamos a un mundo acongojado, en el que el Reino de Dios tiene dificultades para abrirse camino.
San Irenero, en el siglo II, encontraba una explicación en la libertad del hombre que, en lugar de seguir el proyecto divino de convivencia pacífica (cf. Gn 2), lacera las relaciones con Dios, con el hombre y con el mundo. De este modo, el obispo de Lyon escribía: «El problema no es la maestría de Dios, que es capaz de suscitar hijos de Abraham de las piedras, sino que la causa de la imperfección está en aquel que no le tiene en cuenta. De hecho, la luz no falta por el hecho de que algunos se hayan cegado a sí mismos, más bien los ciegos permanecen en la obscuridad por su culpa, mientras que la luz continúa brillando. La luz no somete a nadie por la fuerza, ni Dios obliga a nadie a aceptar su maestría».
El amor por la humanidad, por su bienestar material y espiritual, por el progreso auténtico, tiene que animar a todos los creyentes. Todo acto realizado para crear un futuro mejor, una tierra más habitable, y una sociedad más fraterna participa, si bien de manera indirecta, en la construcción del Reino de Dios. Precisamente en la perspectiva de este Reino, «el hombre, el hombre viviente, constituye el primer camino primero y fundamental de la Iglesia» («Evangelium vitae», 2; cf. «Redemptor hominis», 14). Es el mismo camino que ha seguido Cristo, al hacerse al mismo tiempo «camino» del hombre (cf. Juan 14, 6).
Siguiendo este camino, estamos llamados ante todo a cancelar el miedo al futuro. Este atenaza con frecuencia a las generaciones jóvenes, llevándoles por reacción a caer en la indiferencia, a claudicar ante los compromisos de la vida, al embrutecimiento de la droga, de la violencia, de la apatía. Es necesario, además, hacer que emerja la alegría por todo niño que nace (cf. Juan 16, 21), para que sea acogido con amor y se le prepare la posibilidad de crecer en el cuerpo y en el espíritu. De este modo, se colabora con la obra misma de Cristo, que definió así su misión: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10).
El Concilio Vaticano II nos has dejado en este sentido esta consideración iluminante: «Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar» («Gaudium et spes», 31). En esta perspectiva, me gusta volver a plantear el llamamiento que hice en el discurso ante la ONU en 1995: «No debemos tener miedo al futuro […] Tenemos las capacidades que ofrecen la sabiduría y las virtudes. Con estos dones, y con la ayuda de la gracia de Dios, podemos construir en el siglo que está a punto de acabar y en el próximo milenio una civilización digna de la persona humana, una auténtica cultura de la libertad. ¡Podemos y debemos hacerlo! Y, al hacerlo, podremos darnos cuenta que las lágrimas de este siglo han preparado el terreno para una nueva primavera del espíritu humano» (Insegnamenti XVIII/2 [1995], p. 744).
Texto, editado, de la alocución durante la audiencia papal del miércoles 24 de enero de 2001. Fuente: Agencia de prensa ZENIT.