Gore y Bush, un ejemplo para las Américas

Humberto Belli Pereira

Hace pocos días tuve la suerte de presenciar por televisión, tanto el discurso de Al Gore, admitiendo su derrota en los comicios norteamericanos, como el primer discurso de George Bush, celebrando su victoria. Creo que ambas intervenciones no sólo fueron magistrales piezas de oratoria, sino buenos ejemplos de madurez política.

Al Gore, con nobleza y entereza, reconoció que había perdido la batalla legal y manifestó con toda claridad que el presidente electo de los Estados Unidos era Bush, para quien pidió apoyo y colaboración. Gore advirtió que estaba en total desacuerdo con el fallo de la Corte Suprema de Justicia, pero recordó a sus seguidores que había que obedecerlo ya que la esencia de la democracia americana radicaba en el respeto a la ley y a sus tribunales. Asimismo enfatizó la importancia de poner a la nación por encima de los partidos, e hizo un llamado general a mostrar al mundo entero que el pueblo de los Estados Unidos reconocía y respaldaba a su legítimo presidente.

Bush por su parte, retomó la tónica conciliadora de su contrincante, y recordó de nuevo cómo el presidente electo de los norteamericanos no era el presidente de un partido político sino el presidente de todos los ciudadanos sin distingo de partido, raza, dinero o confesión. Reiteró que él iba a servir también a los que no habían votado por él e hizo referencias muy respetuosas y amistosas a Gore y su familia.

Algo que hace más meritoria la actuación de estos líderes políticos son las circunstancias excepcionalmente difíciles de lo que sin duda habrá sido, la elección más difícil y controversial de la historia de los Estados Unidos. La victoria de Bush en Florida no sólo era con un margen estrechísimo, sino que podía haberse facilitado por deficiencias en el diseño de las boletas y otros problemas técnicos. A nivel nacional Gore había obtenido, además, mayor número de votos individuales que Bush. Para Gore, con toda la amargura de la derrota y con toda la frustración de sus numerosos seguidores, hubiese sido relativamente fácil desestimar, o deslegitimar, la victoria de Bush, atribuyéndola a la arbitrariedad de los jueces o a trucos malintencionados del sistema electoral. Bush, por su parte, también pudiese haber estado tentado de pasar factura por todas las tensiones acumuladas en 36 días interminables, producto en parte de la tozudez de Gore, quien agotó todos los recursos legales imaginables en contra de su victoria en la Florida. Imagino que el dominio y poder que da el haber accedido a la jefatura de la nación más poderosa del mundo podría haber hecho más atractiva dicha tentación.

El hecho es que ninguno de los contendientes se resbaló por la senda fácil, pero destructiva, del ataque, la recriminación y las descalificaciones, sino que más bien optaron por el llamado a la unidad nacional y a la reconciliación, es un tributo a la madurez política de la sociedad norteamericana. Habrá indudablemente analistas que consideren todo lo anterior como mera retórica. Algunos han incluso vaticinado que el partido demócrata aprovechará el virtual empate de los partidos mayoritarios en el Congreso, para hacerle la vida imposible a los republicanos. Esto es parcialmente cierto. La vida democrática deja amplio marco para el hostigamiento interpartidario y para maniobras legales contra los adversarios. Pero no por eso debe pasarse por alto que en el momento crucial de dirigirse al alma de la nación para hacer el balance de la contienda y establecer el tono de la lucha política, los líderes de las principales fuerzas políticas actuaron con altura de estadistas.

Retórica la hay pero no todo es retórica. El hecho de que bajo la democracia americana hayan podido prosperar una multidad de estados confederados, por casi doscientos años de paz interna ininterrumpida, y que ese país haya alcanzado extraordinarios niveles de riqueza, es un testimonio de que detrás de ella hay una cultura política con un ethos, y unos principios, muy reales.

En la esencia de ese ethos se percibe un sentido de nación aún muy fuerte, que se fundamenta en la convicción de que es preciso subordinar los intereses, o bienes partidarios, particulares, o locales, al interés o bien nacional. Nosotros, que tantas veces en nuestra historia hemos sucumbido a los localismos y partidarismos destructivos, tenemos mucho que aprender.

* El autor es Rector del Ave María College.  

Editorial
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