- Gracias al bello Danubio Azul recibimos una lección sobre la forma de bailar el fox trot cuando se está enamorado hasta los tuétanos
Mario Fulvio Espinosa mario [email protected]
En el pereque de la gentil Carmencita Díaz, aquel 16 de julio de 1950, se bailó sin parar desde las siete de la noche hasta las cuatro de la mañana.
Aquello mereció los comentarios amanesqueros del vecindario, unos criticando con asombro el aguante de los bailadores, y otros –los de alma mustia-, echando sapos y culebras por el insomnio que les causó el sonido estruendoso de la rocola de don Antonio Herrera, el buen don Toño, que vivía allá por la Aceitera Corona y que hacía bailar a la gente con esos “chunches” que alquilaba a siete córdobas la hora.
¿Qué tal te verés de caite? Nueve horas de sudar a mares y de mover el cuerpo con fiero frenesí. ¡Nueve horas! Más allá de la jornada completa de cualquier obrero que honradamente busca el pan nuestro de cada día… Toda una marca para Guinnes.. Y todavía quedamos enchilados cuando Roberto, el hijo de don Toño, comenzó a desenchufar la rocola y la familia de Carmencita a lavar y poner boca abajo las ollas y otros tereques de la cocina.
Por lo general en esos felices años los pereques comenzaban a las siete de la noche y terminaban a la hora de la Cenicienta, las doce. Pero aquel 16 de julio fue el acabose porque la Carmencita, que se enorgullecía de sus fiestas decía: “mejor no hago nada si no lo hago con todas las de ley”… Dicha enorme era haber sido amigos de ella y dignos admiradores de sus encantos.
Recuerdo que para abrir los bailes, no sé porqué razón, Roberto ponía en la rocola “El Manisero”. Sin duda era para semblantear el ánimo de los presentes que, estando en frío, no se animaban a bailar música tan violenta.
“Porque “El Manisero” –explica Sancho-, se dividía en tres partes, en la primera uno comenzaba a moverse al influjo del ritmo sabrosón de rumba que le dio su compositor, el cubano Moisés Simons. Ese compás permitía tomar a la hembra de la cintura, un poco suelta, como quien quiere liberarla, como quien quiere soltarle la rienda pero midiendo el propósito.
En la segunda parte los bongos se aceleraban. La hembra, suelta por completo se animaba a mover con mayor cadencia las caderas, después hacía vibrar los hombros y eso determinaba el estremecimiento erótico de sus senos, pero sin abusar, dejando espacio, tomando juelgo porque al llegar la tercera parte todo el baile se convertía en un pandemoniun, aquel ritmo era apocalíptico, epiléptico, la dama redoblaba frenética sus movimientos, acelerando al máximo para estar a la par del ritmo, yo por mi parte ya sabía que hacer, transformaba la rumba en un piqueteado veloz que me conducía a bailar en clucas -como lo hacen los cosacos-, hasta llegar a la posición de lagartija invertida y agitada por aquel ciclón rítmico”.
“El Manisero, querido amigo –le digo a Sancho- fue uno de los ritmos que marcó la década de los cincuenta, aunque Moisés Simons lo había creado allá por los años veinte. Pero también te advierto que otros ritmos significativos de la época que nos ocupa, fueron. “Indostán”, “Pájaros azules a la luz de la luna”, “La Calle Doce”, “Labios calientes”, “El Patito”, “Amor perdido”, los bellos boleros de la Sonora Matancera y los que interpretaba el Trío Los Panchos”.
— Se olvida usted —me reconviene Sancho—, de dos inolvidables sobre las cuales tengo mucho que decir. Me refiero a “Noches de Hungría” y “Amor en Budapest”.
—Me diste en el matado, hermano. Eran dos melodías fox trot, un baile anglosajón que se popularizó a partir de 1913. Pero en ambos casos los interpretaba la orquesta argentina de Enrique Rodríguez.
(Sancho entrecierra los ojos… ha caído en el dulcísimo sopor de los recuerdos)… “Sí señor… Al compás de esas canciones florecieron mis primeros amores. Al ritmo de ese Amor en Budapest me veía abrazado a la mujer amada, bogando en una góndola por el azul Danubio, en una noche espléndida con luna de oro y estrellas de plata.
Era una música que llegaba a mi alma enamorada y yo intentaba, a través del baile, trasmitir toda mi sensibilidad a mi adorada.
Fueron horas dulces que no olvidaré
Las que viví en Budapest
Culpa de un ensueño que creí sin fin
La juventud goce feliz
“Llevo la pequeña mano de mi dama dentro de mi mano izquierda. La siento palpitar como si fuese el corazón de un diminuto picaflor. Suavemente pero con firmeza voy insinuando con esa mano siniestra el compás y el rumbo del baile al ordenar giros a la derecha o a la izquierda, ora pasos en recta o en reversa, movimiento cimbreante en los laterales, todo previsto, sin bruscos movimientos extras.
“Para bailar tenés que ensimismarte, dejar que la música te lleve, de lo contrario andarás a trompicones, deslucirás. Yo siento la música como una divina compulsión que me hace vivir el movimiento aunque a veces no me mueva. En lo más recóndito de mi ser alguien me ordena sin siquiera hablar: “Respira profundo, comienza acompasado, no exageres, abraza con deleite, requiebra, cambia, siente en tu ser la corriente de la hembra y haz tuya la energía de los dos en tanto sigue la canción…
Pero ¡Ay! la vida me engañó
no soy más que el mismo soñador
todo, todo se ha esfumado
de ese sueño perfumado
sólo quedan penas de un amor
“Si la mujer te ama se acurrucará en ti y hará del ritmo su declaración. Nada puede fallar, será una fusión total que se realizará a través del hechizo de la danza, será la magia de sentir, crear y hablar con movimientos, sufrir, gozar, soñar, vivir… Algo indescriptible pero intensamente bello”, concluye Sancho.
Me quedo callado por un momento pensando en la dicha de haber pertenecido a una época tan romántica y dolorosamente dulce como la de los años cuarenta. Si bien es cierto que los románticos surgieron en el siglo pasado, aquí en mi Nicaragua natal reventaron al sólo comenzar este moribundo Siglo XX, y aquella peste del amor prístino y divino enfermó a todas las generaciones que poblaron Managua hasta los años setenta.
En ese lapso una declaración de amor era una acción intensamente heroica. Para decir “te amo” había que vencer temores, prejuicios y oscurantismos. Cuando por primera vez pude decir atropelladamente esas dos palabras, mis piernas parecían de alfeñique, mi corazón daba saltos de canguro, mis manos eran de hielo y de mi frente brotaban a mares los sudores fríos.
Ahora dicen que los procedimientos del amor son diferentes. Para los jóvenes de hoy las ruborosas cartas de amor, la declaración, el pedido del “permiso” y la “jalencia” son cosas que sepultó el ayer, romances de dinosaurios, disparates de “rocos”. Pero… esa música sigue…
Yo recuerdo feliz, Budapest
tus gitanas de dulce mirar
En tus noches de amor, Budapest
una novia nos hizo llorar
Tus embrujos misteriosos
mil romances venturosos,
tus violines tristes Budapest
en mis noches los oigo sonar
“Hace veinte años tuve la dicha de conocer Budapest –dice Sancho-, y cuando, desde el Puente de Las Cadenas contemplaba por las noches las sinuosidades del Danubio, era entonces cuando más insistente llegaba a mi memoria esa canción que se complementaba en ensueños con la otra cara del disco donde la misma orquesta y el mismo cantor interpretaban “Noches de Hungría”.
Quién compuso ambas tonadas, no lo se, tampoco sé quien las dotó de letra. Presiento que eran originales de un mismo autor… ¿Quién sabe?
Sólo sé que la bailaba a ojos cerrados, abrazando a mi Amapola, la lindísima húngara del barrio Santa Ana y que aquella canción decía:
Solo, a orillas del Danubio
cuando la noche es clara
escucho tu violín
Siento que renace mi vida
al penetrar en mi alma
su melodía sin fin
Sobre el puente mayor que une a las ciudades de Buda y Pest aquel romance musical terminaba así:
Toca gitano
con amor en las noches de Hungría
que en las colina del Danubio
dejé yo mi vida…