Moisés MartínezEspecial LA [email protected]
Su nombre es Benito Hernández. Tal vez ese nombre no le diga mucho, pero, probablemente usted lo invitó a la fiesta de cumpleaños de su hijo, y es más, él fue el alma de dicha fiesta. Se trata del payaso Pipo Lechuga.
El payaso Pipo nació en la ciudad de León en 1925. Hijo de cirqueros, pasó su niñez viajando entre Cuba y Sudamérica. Eran buenos tiempos en los que ganaba hasta 600 dólares semanales. Desde 1942, cuando vino con el circo “River Plate”, se radicó definitivamente en Nicaragua. Actualmente dice manejar la única escuela de arte circense que existe en Nicaragua. “El propósito es enseñarles a los niños de la calle un oficio, ya que el arte del payaso es un trabajo como cualquier otro. Actualmente cuento con cuatro alumnos. Les enseño el arte del payaso, malabarismo y acrobacia”.
La escuela la mantiene de lo que logra recaudar en sus presentaciones particulares. “Mantenemos la escuela por medio de lo que ganamos en las piñatas”, dijo. El precio de una presentación de Pipo depende de la situación económica del cliente. “Hay veces que cobro 3OO córdobas. Si es una familia pobre, cobro cien. A mis alumnos se les da de todo. Si se cobran 200 pesos por una piñata, a los muchachitos se les dan cien, además del vestuario y el almuerzo”.
Pipo recuerda que en la década de los 80 existía una escuela nacional circense dirigida por Rosario Murillo. Esta comenzó a funcionar en 1985 y cerró para el año1989. “Esta escuela sacó buenos artistas que ahora trabajan en los circos pequeños. Nos daban un salario básico, el cual dependía de la cantidad de trabajo que hubiese. Rosario (Murillo) le dio un gran impulso al circo. La gente empezó a respetar a los cirqueros”.
Pipo sueña con el día en que éste o cualquier gobierno los apoye para montar una escuela con todas las de ley. “El gobierno nunca ha apoyado lo artístico. Además, nadie quiere enseñar porque parece que le tienen miedo a un poco de competencia. En otros países como México apoyan al artista. En Colombia existe una escuela de circo. Si nosotros trabajamos es porque tenemos muchos años de estar aquí y nos conocen”, aseveró.
Pese a todos las dificultades, Pipo reconoce que cuando escucha las risas de los niños felices por su actuación, olvida todos sus problemas. “Recuerdo que una vez tenía una fiebre de 40 grados. Tenía que hacer una presentación en el Colegio Americano. Pese a lo mal que me sentía, fui a hacer mi número. No podía dejar a esos niños decepcionados”, dijo con su eterna sonrisa de payaso.