Fujimori, Montesinos y el risueño Abimail Guzmán

  • El propósito de Fujimori no es huir sino organizar la retirada. Y es aquí donde la oposición tiene que saber hilar fino, pues lo más importante no es castigar a los culpables por medios convencionales, sino emprender la delicadísima tarea de recuperar la democracia

Carlos Alberto Montaner

Todo es bastante confuso: ¿por qué el presidente Alberto Fujimori ha convocado a elecciones anticipadas, comprometiéndose a no concurrir como candidato? Aparentemente, por la aparición de un video en el que su asesor Vladimiro Montesinos soborna a un diputado de la oposición para que respalde al gobierno. Las imágenes eran inequívocamente indecentes. Ocho de los diputados electos habían cambiado de bando en el plazo de pocas semanas hasta conseguirle a Fujimori la mayoría absoluta. La película del soborno demostraba la deshonestidad y el grado de corrupción que imperaba en el gobierno. Después de ese escándalo, ¿quién podía dudar de las denuncias de fraude electoral? Sencillamente, la poca legitimidad del gobierno se desplomaba. Los peruanos –además-, con toda razón, pedían la cabeza de Vladimiro Montesinos, un siniestro personaje que había conseguido irritar a medio planeta por sus extraños vínculos con traficantes que entregaban armas a la guerrilla colombiana a cambio de cocaína.

Fujimori no pudo complacerlos. Trató, pero las Fuerzas Armadas se negaron a sacrificar a Montesinos. Al fin y al cabo, el delito de Montesinos se había llevado a cabo en beneficio de Fujimori y con el beneplácito de los cuerpos uniformados. ¿O es que el presidente ignoraba que los tránsfugas que habían cambiado de chaqueta habían sido adquiridos a tantos dólares el kilo de infamia? Montesinos, en efecto, ha comprado conciencias, ha ordenado o condonado torturas y asesinatos, ha perseguido periodistas y ha tratado de arruinar a incómodos propietarios de medios de comunicación. Ha hecho y deshecho a su antojo, pasándose las leyes por el forro de la Constitución, pero todo ese trabajo sucio tenía un objetivo principal: apuntalar al presidente en su tambaleante poltrona. Montesinos, más que un funcionario que había cometido un delito —decenas de delitos—, era un cómplice capturado in fraganti.

Por eso Fujimori tiró la toalla. Fue un gesto a medio camino entre la arrogancia y la impotencia: «ustedes no me obedecen y sacrifican a Montesinos y yo, en venganza, abandono la jefatura del Estado y allá se las compongan sin mí». Mas el asunto no era tan sencillo. A los cómplices no se les trata de esa forma, porque mañana puede aparecer otro video comprometedor, pero en el que el implicado fuera el propio Presidente. Las videotecas de los servicios de inteligencia en este tipo de inescrupulosas seudodemocracias policíacas son infinitas. Es la manera que todos tienen de protegerse de todos. Como en el poema de Borges, «no los une el amor, sino el espanto». A las 48 horas, asustado, Fujimori comenzó a rectificar: los asuntos que Montesinos le había resuelto a la patria lo hacían acreedor de un trato especial. Seguía en pie, en cambio, la oferta de unas nuevas elecciones se celebrarían en marzo y el poder se entregaría en julio.

¿Por qué un plazo tan largo? Para ganar tiempo y borrar huellas. El propósito no es huir sino organizar la retirada. Y es aquí donde la oposición tiene que saber hilar fino, pues lo más importante no es castigar a los culpables por medios convencionales, sino emprender la delicadísima tarea de recuperar la democracia, sanear las instituciones y reinstaurar el Estado de Derecho. Es posible, por ejemplo, introducir en el Código Penal la pena de destierro y colocar en su sitio un puente de plata para que salgan del país debidamente sancionados unos cuantos bribones que no caben en las celdas peruanas, lo que los pondría a salvo de persecuciones internacionales. Afortunadamente, parece que Alejandro Toledo, la cabeza de más relevancia internacional con que cuenta la oposición, tiene ese instinto pragmático. Ha vivido lo suficiente para entender que en la vida casi nunca se elige entre lo bueno y lo malo —eso sería ridículamente sencillo— sino entre lo malo y lo peor. Y lo peor es meterse en la cueva del tigre con las manos atadas.

Hay un peruano que se está riendo a mandíbula batiente. Se llama Abimail Guzmán, el sanguinario fundador de Sendero Luminoso. Este enloquecido maoísta creó una organización terrorista para acabar con la democracia burguesa, destruir sus instituciones y sembrar entre sus compatriotas la incertidumbre y el desasosiego. Pensaba que con sus bombas y asesinatos lograría desarticular los fundamentos de la sociedad peruana. No lo consiguió. La policía lo impidió. Pero casi enseguida sus enemigos comenzaron a llevar a cabo la tarea de demolición que él se había propuesto. En abril de 1992 Fujimori asaltó el Congreso de la República. Luego prostituyó al Poder Judicial y al Legislativo. La democracia se convirtió en una palabra vacía, en una máscara. Las libertades fueron extinguiéndose. Los crímenes cometidos al amparo del poder quedaban siempre impunes. Desacreditar a los adversarios y privarlos de su honra, cuando no de sus bienes, se convirtió en una práctica frecuente. Las elecciones dejaron de ser un método para seleccionar servidores públicos y se convirtieron en un procedimiento para legitimar los fraudes. Sendero Luminoso jamás pudo hacerle tanto daño a la convivencia de los peruanos. Jamás logró comprometer el futuro de esa sociedad de la forma irresponsable con que lo ha hecho el fujimilitarismo. Pero todo parece indicar que esa etapa se está acabando. Si los demócratas son capaces de forjar un pacto serio, y si tienen la madurez y la flexibilidad que requiere un momento como éste, el tránsito hacia un Perú distinto puede no ser traumático. Es el momento del posibilismo. Eso no está reñido con los principios. Por el contrario: el juicio ético sólo es válido si se acomoda a la realidad. (FIRMAS PRESS)

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