Erik Flakoll Alegría
Hay varias formas de trasladarse por los territorios indígenas que quedan en las riberas del río Coco. Por lo general los indígenas se trasladan en pipantes o balsas, a remo y palanca. Un viaje desde San Andrés a Wiwilí dura unos tres días río abajo y hasta seis días río arriba. Los costos son mínimos: fuerza de trabajo de los tripulantes y su comida. La carga que se puede llevar en estos pipantes es poca, quizás unos 10 quintales a lo sumo.
También existen pangas rápidas que pueden llevar cinco o seis personas o unos 10 a 12 quintales de carga. En panga el mismo viaje de San Andrés a Wiwilí se hace en cinco horas. El costo de un viaje en panga oscila entre 400 a 450 dólares entre combustible, el pago del motorista y el alquiler de la panga.
La otra forma es trasladarse en “bateau”, un bote de madera con un motor fuera borda. Esta es la forma más común y se pueden llevar pasajeros y carga. Estos “bateaus” son los que más se usan en el río y pueden llevar hasta 50 quintales de carga por viaje. Este mismo viaje cuesta entre 300 a 350 dólares si uno paga todo el combustible y tripulación. En este caso uno puede llevar la gente o carga que quiera.
Para los lugareños que no pueden alquilar un bote entero, se les cobra 15 dólares por persona de ida, y 4 a 7 dólares por quintal de carga, dependiendo de la clase de artículos que se llevan.
Para hacer el recorrido de San Andrés a Wiwilí, un bateau tarda 12 horas y consume 40 galones de combustible. Los bateaus están hechos de una sola pieza de madera de cedro que mide unos 4 pies de ancho y hasta 48 de largo.
Para sacar esta pieza de madera del bosque, se requiere de unos 70 hombres durante uno o dos días para cortarla y arrastrarla hasta el río. Estos árboles de cedro por lo general son de unos 40 años y en el tallado del bote se puede llevar hasta un mes un equipo de tres personas.
Son las únicas embarcaciones hasta ahora que han podido resistir los golpes de las piedras y troncos sumergidos y que son capaces de pasar por los raudales con carga.
POR EL RIO
La Fundación Alistar empezó a trabajar en el río Coco en 1995. En esa época, Nan Greer y Carl Meyers viajaron allí por primera vez y se interesaron por esta zona tan remota. El río es la principal fuente de vida y trabajo para los indígenas miskitos y mayangnas, es su única vía de comunicación con el mundo exterior, y también es el principal factor de aislamiento y atraso económico.
La dificultad de acceso a estos territorios indígenas ha significado que la zona ha estado relativamente protegida de la depredación maderera y minera, y el avance de la frontera agrícola no ha sido tan fuerte como en otras partes de Nicaragua.
Esto también ha significado que los indígenas vivan en condiciones de atraso increíbles. En la mayoría de las comunidades no hay luz eléctrica ni agua potable, las condiciones de salud son muy malas y sólo hay educación primaria y algunas clases de secundaria, donde hay escuelas y maestros.
La gente del río vive por lo general de la agricultura, caza y güirisería.
Es una economía de subsistencia que genera pocos excedentes y mucha dependencia de artículos importados. Como suele suceder, los pocos excedentes que la gente genera se pagan a precios muy bajos y la tajada del león se la llevan los intermediarios que tienen acceso a los medios y a los mercados.
Para poner sólo un ejemplo, en el río los intermediarios compran el quintal de frijoles a 15.7 dólares, pero ese mismo quintal se vende a 40 dólares en Managua. Además, como son pocos los indígenas que tienen la capacidad de almacenar los granos que producen, normalmente se ven obligados a volver a comprar sus propios frijoles a tres veces más de lo que lo vendieron, y así sigue el círculo de la pobreza.
También es cierto que los costos de transporte son altísimos. Un viaje de Managua a Waspán por avioneta cuesta 100 dólares y de allí a San Carlos, por ejemplo, cuesta otros 300 dólares más en combustible. Si sacamos cuentas, es más caro ir a San Carlos que a Miami.