Votos para derrotar la corrupción imperante

Mario Alfaro A.

Parece una radionovela porque no se ven los actores ni los personajes que interpretan. La trama se desarrolla casi en secreto, se escuchan las voces y los ruidos y a medida que avanza el argumento, los radioyentes sienten crispados los nervios, se acerca el final, aparece un oráculo y lo que parecía un desenlace excitante se precipita en un gran escándalo.

Todo es anonimato y misterio en la administración pública. Los funcionarios se contradicen porque no confían unos en otros. El jefe máximo los llama al orden sin miramientos o les trasmite sus órdenes en los atropellos entrevistados que a veces terminan en duelos verbales con los periodistas.

Nadie sabe cuánto ganan los ministros; cuántos son los asesores, cuánto son sus emolumentos y a quiénes asesoran. Todo se guarda en secreto como en la ciudad prohibida del antiguo imperio chino. La gente se pregunta en qué se gasta tanto dinero de un presupuesto que crece y crece mientras bajan las exportaciones. Cada escándalo financiero es un golpe a la conciencia nacional, los checazos, las chinampas, los paquetazos, las indemnizaciones, los gastos reservados, los zarpazos de tigre, etcétera.

Para justificar el pago millonario a Edgard Quintana, el Presidente Alemán elogió la forma en que el ingeniero reparó una planta eléctrica que había dejado de funcionar por abandono. Puso a Quintana como un mago de la ingeniería, el único capaz de hacer que una planta desvencijada volviera a producir luz. Se refirió en forma muy general a los genios que tiene a su alrededor y justificó sus sueldos fabulosos y sus muchas prebendas. Dio a entender que no hay otros profesionales que puedan hacer lo que hacen sus muchachos superdotados, porque los demás son mediocres y a los genios no se les puede pagar sueldos mediocres, aunque se agote el presupuesto. La gente se pregunta después de estas declaraciones: ¿Si Alemán le paga sueldos exorbitantes a sus empleados, cuánto se pagará a sí mismo ya que se cree el más superdotado del equipo?.

La fiesta se detuvo de pronto, no hubo tiempo de celebrar. La radionovela tuvo un final inesperado. Bastó una advertencia: Si la noticia del atraco se sabe en Washington, no habrá ayuda para Nicaragua. Las uñas se le aflojaron al tigre y corrió a devolver la presa.

Al menos hay algo a lo que este gobierno le teme, ya que la opinión pública y la ley sólo merecen desprecio.

Todo es “legal” en este mundo dislocado por la corrupción. Según la máxima jurídica del arnoldismo, todo lo que no prohíbe la ley está permitido, así sea un monumento a la inmoralidad o la más insolente de las injusticias.

Todavía disfrutan de las prebendas oficiales algunos que en el gobierno pasado se opusieron furiosamente a las reformas constitucionales de 1995. Por eso no fue posible enmendar los desvíos totalitarios de una constitución stalinista, que el primer gobierno democrático recibió como funesta herencia.

Los vicios jurídicos, las indefiniciones, la falta de límites precisos de la autoridad de los funcionarios de la administración pública, el secreto, y no bancario, con que se manejan los dineros populares y la impunidad con que actúan los altos magistrados del gobierno, han dado pase a la formación de verdaderas satrapías que carecen de todo control para distribuir el dinero en sueldos abusivos, indemnizaciones ilegales, premios y donaciones para la camarilla privilegiada que explota irrestrictamente al país.

Contra todo esto es que el pueblo debe votar cada vez que se lo permiten. Es el arma cívica y legal con que cuenta la sociedad nicaragüense para combatir la atropellante corrupción de este gobierno. No hay que confiar en que si los senadores de Washington conocen de los zarpazos al presupuesto, con un solo gesto obligarán a los culpables a devolver lo atracado. Esa no es la solución, la solución es destituir a los atracadores y para eso, entre otras cosas, sirven los votos de los ciudadanos.

Aunque sea muy difícil vencer la desconfianza en el actual Consejo Supremo Electoral, que por consecuencia del pacto libero-sandinista es un organismo politizado, los ciudadanos tienen que llenarse de convicción de que el voto es el único instrumento cívico y democrático que les permitirá castigar a gobernantes incapaces y corruptos y sustentar un nuevo gobierno que se preocupe de verdad por resolver los problemas de la nación.  

Editorial
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