Juan C. Santa Cruz
Qué impotencia mayúscula se debe sentir cuando se tiene que permanecer de brazos cruzados ante el hambre de nuestros hijos, de demás familiares y de nuestros propios vecinos. Entrar en contacto con la gente de municipios y comarcas áridas, muy pobres de Nicaragua, da una desagradable sensación de ansiedad y nos lleva mentalmente casi a la desesperación.
Lugares en donde se ha perdido toda la cosecha y ya no existen posibilidades de sembrar, por falta de lluvias o recursos, abundan en la Nicaragua rural. Sin pretender asumir posturas alarmistas cabría preguntarnos si estamos preparados para enfrentar estallidos sociales por hambrunas. No nos referimos a la mejora de condiciones de vida, ni a reivindicaciones ligadas a la justicia social, estamos aludiendo a estallidos sociales por hambre, es decir, ocasionados por escasez de alimentos en expresiones extremas.
Estas revueltas del hambre (por cierto de antigua data), pueden tomar formas de simple saqueo de depósitos, ataques a casas de comerciantes, asalto a transportes pesados, a distribuidoras y hasta pulperías de pequeños comerciantes, pasando por la matanza indiscriminada de animales. No hablamos de guerras, ni revoluciones, nos referimos a acciones espontáneas, en donde hay un solo propósito: comer y que la familia coma. Este propósito tan concreto y noble puede desviarse con gran facilidad y derivar en saqueos indiscriminados.
Preguntaba si estábamos preparados para situaciones como éstas, ya que en Nicaragua todo se politiza y nunca faltan iluminados que lancen chispas incendiarias a diestra y siniestra. Una de las formas de lanzar chispas incendiarias es condicionar políticamente la entrega de alimentos. El hambre es hambre y no necesita de promesas de nadie. La escasez y la miseria en su máxima expresión constituyen un polvorín que bien vale la pena desactivar.
Cuando la tierra es árida, cuando los brazos están cruzados, cuando los alimentos se agotan, cuando los niños y adultos lloran de hambre no hay razón para chantajes electorales, son momentos de unidad nacional, de frente común, de solidaridad plena, de “más vale prevenir que lamentar”. En países tan vulnerables como Nicaragua no tenemos las mínimas condiciones para responder a fenómenos tan elementales como las sequías, es por eso que debemos desarrollar en grado extremo los niveles de solidaridad social porque los desastres comienzan en el medio rural y finalizan en los estómagos de los que vivimos en las ciudades.
Estamos a tiempo de salvar a nuestros hermanos que sufren por hambre. Entendemos que existen suficientes rubros, y voluntad política seguramente también, porque en tiempos de globalización acelerada, la primera que debe globalizarse es la solidaridad con los necesitados. Y mientras tanto aceptemos el reto de quienes divulgan la consigna de “obras y no palabras”, y démosles la oportunidad de que giren virtualmente ciento ochenta grados, y que por fin las obras eclipsen a las palabras.
Más temprano que tarde vendrán tiempos mejores y lo que hoy brindemos desinteresadamente será regresado con creces y con júbilo con la espontaneidad de los que saben del bien común.
* El autor es sociólogo.