Los presidentes centroamericanos pidieron el viernes pasado, en una reunión de la cumbre llamada Tuxtla Gutiérrez que celebraron en Guatemala, que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) reconsidere la decisión de incrementar los precios del petróleo, o que aumente la producción, “para forzar una reducción en el precio del crudo, cuyo elevado costo golpea con severidad a la economía de los países del istmo” (LA PRENSA, domingo 27 de agosto, 2000).
La petición fue respaldada por México, que es un productor independiente de petróleo y por lo general se solidariza en materia petrolera con sus vecinos centroamericanos, los que apelaron también a Venezuela -fuerte productor de petróleo y miembro de la OPEP-, cuyo presidente Hugo Chávez se ha proclamado amigo de los países pobres y dependientes que son los más afectados por el aumento de precios del vital recurso energético.
Es comprensible la petición de los gobernantes centroamericanos, pero igualmente inútil, pues los precios del petróleo no dependen de la solidaridad sino de los intereses mercantiles de los países productores, y de los vaivenes del mercado internacional.
Además, no es por esa vía que se debe buscar el escape de la tiranía del petróleo. La verdad es que si aumentan los precios del petróleo es inevitable que suban también los precios de los combustibles, sobre todo en los países que no son productores de dicho recurso energético sino únicamente consumidores, como es el caso de Nicaragua.
Por otro lado, no hay que perder de vista que no es sólo ni tanto por el incremento de los precios del petróleo que aumentan los precios de los combustibles. En Nicaragua, como sabemos, los precios de los combustibles han subido incesantemente durante los últimos años sin necesidad de que aumentaran los precios internacionales. Y no han bajado cuando los precios del petróleo se han reducido. O sea que por lo menos para nosotros no es allí donde radica la mayor parte del problema del alto precio de los combustibles.
En realidad, lo que determina los altos precios de los combustibles es la alta tasa de impuestos con que los grava el gobierno, tal como lo han denunciado en numerosas ocasiones los sectores independientes de la empresa privada, pues más de la mitad del componente de los precios de los combustibles corresponde a los impuestos gubernamentales, que son los más altos de todo Centroamérica. Por eso, aunque el gobierno dejó de regular los precios de los combustibles desde septiembre del año pasado, igual siguieron subiendo porque el gobierno mantuvo el oneroso Impuesto Especial al Combustible (IEC).
De manera que más que pedir compasión o solidaridad a la OPEP lo que hay que hacer es bajar el desmesurado impuesto a los combustibles, y racionalizar su uso para disminuir el alto grado de dependencia de la economía nacional con respecto a los derivados del petróleo, por ejemplo, dando prioridad a la producción de energía eléctrica a base de las fuentes hídricas, geotérmicas y eólicas.
También los ciudadanos podrían hacer algo por neutralizar los efectos del alto precio de los combustibles derivados del petróleo, si usaran más moderadamente la energía eléctrica domiciliar y el combustible para los vehículos automotores públicos y particulares. En cuanto esto último hay diversas experiencias inclusive en los países desarrollados, en los cuales, a pesar de que son ricos, producen petróleo y el precio de la gasolina y el diesel no es tan caro como en Nicaragua, sin embargo, la gente usa los automóviles sólo para lo indispensable. Por ejemplo, se practica masivamente el sistema de “car pool”, o sea que los vecinos que trabajan en los mismos lugares, o sus centros de trabajo están en la misma ruta, se turnan para transportarse colectivamente en los vehículos de cada uno de ellos.
¿Por qué nosotros no hacemos algo parecido? ¿Por qué tenemos que esperar que el gobierno propio y los ajenos nos resuelvan todos los problemas, en vez de buscar soluciones directas por y para nosotros mismos?