Henry Lamb
Hollow Rock, Tennessee (AIPE)-
Los inmensos incendios forestales que se extienden por el oeste de Estados Unidos son consecuencia de las políticas ambientales de Bill Clinton y Al Gore. El actual gobierno le ha dado legitimidad a los extremistas del medio ambiente. Esa pseudo religión ecológica sólo puede resultar en peores desastres si se persiste en ignorar el sentido común, reemplazándolo por la propaganda “sustentable”.
El Sierra Club, Wildernes Society y otros grupos ambientalistas adelantan campañas contra la industria maderera, refriéndose a las sierras eléctricas como armas asesinas y a los leñeros como peones de las corporaciones que ultrajan la naturaleza. Ex directivos de esas organizaciones ahora ocupan cargos en el gobierno federal y han procedido a cerrar los caminos en los bosques y a prohibir la tala.
La mejor defensa de los bosques son los cortafuegos, áreas taladas para impedir la propagación del incendio. Los caminos a través de los bosques sirven de cortafuegos, a la vez que permite el acceso de los bomberos. Eso es sentido común. Pero el gobierno ha adoptado la política de cerrar esos caminos ante la presión de los ambientalistas, quienes prefieren culpar de los incendios a los cambios climáticos causados por el alto consumo de petróleo y carbón.
Una segunda defensa contra los incendios forestales es cortar el monte y los árboles viejos y enfermos que sirven de combustible, pero la política de este gobierno ha sido dejar los bosques intactos y no tocar los árboles derribados por las tormentas. Paralelamente, los grupos ambientalistas demandan en los tribunales a las industrias madereras invocando la Ley de Especies en Peligro de Extinción, para proteger a algún búho, rata o coleóptero. Sin embargo, es enteramente aceptable que esos y muchos otros animales mueran quemados.
Pero los incendios forestales no son las peores consecuencias del extremismo ambientalista. También han logrado detener las exploraciones petroleras y de nuevas reservas carboníferas. Algunos funcionarios apuntan a un futuro en que las fuentes de energía permitidas serán el sol, el viento y demás “combustibles” alternos.
Claro que la tecnología y el mercado ofrecerán fuentes alternas de energía cuando ello sea conveniente, pero los ambientalistas no confían en el mercado –es decir, en la gente–, y quieren utilizar al gobierno para que se impongan tecnologías inadecuadas. Un paseo por los campos de molinos de viento de East Oakland, California, convence a casi todo el mundo que kilómetro tras kilómetro de ruidosos molinos de viento, que ahuyentan a las aves, resultan mucho más destructivos del medio ambiente que un pozo petrolero, el cual puede producir infinitamente más energía por metro cuadrado de superficie que millares de molinos y de paneles solares.
Los extremistas del medio ambiente cabildean para que se eliminen las represas en los ríos para así proteger a algunos peces. Para ellos, los peces son más importantes que la gente que depende de la electricidad.
Por más lamentables que sean los incendios forestales, no se comparan al daño que haría una insuficiencia de energía. Han logrado prácticamente paralizar a la industria carbonífera por el temor al dióxido de carbono emitido a la atmósfera, pero mucho más es producido por uno solo de estos incendios forestales.
Los extremistas del medio ambiente, con sus agentes en cargos gubernamentales, han logrado deformar los estudios científicos para favorecer su pagana adoración de la tierra, penetrando las universidades, los colegios, el gobierno, los medios de comunicación y las iglesias.
* Vicepresidente ejecutivo del Environmental Conservation Organization.