Los abajo firmantes somos miembros de la Comunidades Eclesiales de Base (CEB) de las Colonias Nicarao y 14 de Septiembre de la Parroquia San Pablo Apóstol de Managua. El 25 de junio del presente hemos leído en un periódico local (LA PRENSA, entrevista dominical) declaraciones del recién nombrado Obispo Auxiliar de Managua, Mons. Jorge Solórzano, que nos han causado asombro y tristeza.
Según el periódico él habría dicho, entre otras cosas, lo siguiente: “Su Eminencia pensaba que esa Parroquia (San Pablo Apóstol) se iba a perder, y me propuso a mí hacer el último intento de llevar la fe católica a esas colonias. Me expulsaron las Comunidades Eclesiales de Base, me sacaron con la pistola en la sien”.
Nos desagrada tener que contestar en público a Monseñor Solórzano, porque no queremos escandalizar a la gente sencilla con disputas al interior de la propia Iglesia. Hubiéramos deseado abordar este tema de una forma más evangélica, como nos lo dice Jesús en Mateo 18:15.
Aunque no estamos de acuerdo con la visión que tiene Mons. Solórzano de las CEB de la Parroquia San Pablo Apóstol, lo que más nos preocupa y duele es en lo que se refiere a las amenazas físicas. De la manera más enérgica, y poniendo como testigo a Dios que nos ha de juzgar algún día y que conoce nuestros corazones, las CEB de la Nicarao y 14 de Septiembre decimos que ninguno de nosotros hemos puesto pistola alguna en la sien del ahora Obispo. Nos cuesta mucho entender por qué Mons. Solórzano, valiéndose de su alta investidura, dice, en un periódico, tan graves e infundadas acusaciones.
Es cierto que tuvimos discusiones verbales y roces entre los miembros de las CEB y Mons. Solórzano (entonces recién nombrado párroco de la San Pablo) y las personas que él llevaba de afuera. Vamos a resumir lo que sucedió hace unos siete años.
Cuando el entonces sacerdote Solórzano llegó en 1993 a nuestra parroquia, iba de antemano con una intención prejuiciada, si buena o mala, no la juzgamos, olvidándose en lo medular que ya en nuestras comunidades no sólo profesamos, sino también vivimos la fe católica. Él mismo lo confiesa: “me propuso (el Cardenal Obando) a mí hacer el último intento de llevar la fe católica a esas colonias”.
No llegó como Pastor a escuchar y a dialogar. Llegó con la espada del que cree poseer toda verdad y la autoridad para decir lo que se debía hacer en la Parroquia, porque era el sacerdote (1 Co. 12:12,28). Es cierto, la Iglesia es jerárquica, pero también es comunidad, Pueblo de Dios, como nos lo enseña el Concilio Vaticano II. El carácter jerárquico en la Iglesia no se opone a la caridad, al diálogo y a la coexistencia de varias formas de entender la pastoral. Si los sacerdotes admiten como válidos movimientos como por ejemplo el Catecumenado o el Movimiento Carismático, ¿por qué no admiten movimientos y opciones pastorales autorizados por la Iglesia como son las Comunidades Eclesiales de Base?
Los incidentes de las CEB de la San Pablo con Monseñor Solórzano fueron por las diferentes concepciones que él y nosotros teníamos sobre el papel de la Iglesia y del cristiano en esta sociedad que vivimos. Es posible que nosotros hayamos fallado en algo, que nos hayamos excedido, pero estamos seguros que una actitud más pastoral del Mons. Solórzano hubiera ganado el respeto y el cariño de todos nosotros. No somos expulsa sacerdotes, como él nos acusa.
También nos criticó el estado de nuestros templos, de los que dijo que eran “indignos” para celebrar la Eucaristía y tener el Santísimo. ¿Cómo no nos iban a molestar tales expresiones, si eran los templos que, aunque sencillos y pobres, los habíamos construido nosotros mismos con mucho amor y esfuerzo y no con donaciones externas?
Queremos concluir diciendo que perdonamos a Mons. Solórzano por sus acusaciones contra nosotros; le deseamos mucho éxito pastoral en su nuevo servicio eclesial como Obispo. El Papa nos están dando el ejemplo en este Año Jubilar al pedir perdón por los pecados pasados —y ojalá también por los presentes— cometidos por la Iglesia.
También al llamarnos a la unidad entre todos los cristianos. Pero unidad no sólo en los aspectos del dogma, sino también en actuaciones concretas para erradicar la pobreza y solucionar los grandes problemas de esta era neocolonial y del “capitalismo salvaje” que atentan en contra de la dignidad de los más pobres.
Por nuestra parte, quisiéramos poner en práctica el espíritu de este Año Jubilar que nos invita a la conversión, el perdón, la reconciliación, a la solidaridad y al compromiso cada día mayor con el hermano.
JULIETA VEGA
DEISY BEJARANO
(Le siguen 120 firmas).
NOTA
Debido a problemas de espacio, esta carta fue reducida; por lo que pedimos disculpas a los remitentes.
El Editor