(TIME)
TERCERA Y ÚLTIMA PARTE
Con sus largos binoculares, un rifle automático M-16 y su perro pastor, Mikey, Barnett persigue a los emigrantes durante kilómetros, siguiendo sus huellas en la arena y los pedazos de ropa que quedan en las espinas de los arbustos. En verano los perros tienen más dificultades porque el calor agobiante confunde los olores. “Se mueven por el desierto como ciempiés, 40 ó 50 personas a la vez”, dice Barnett. Cuando los atrapa, se comunica por radio con la policía fronteriza para que venga y los expulse de sus tierras. “Siempre hay uno o dos que ofrecen resistencia”, comenta Barnett, quien recuerda sonriendo un incidente ocurrido hace unas semanas. “Un sujeto trató de levantarse y huir, alegando que no éramos de Inmigración. Le di un golpe, cayó al piso y le saqué una foto. ‘¿Por qué hizo eso?’, preguntó el ilegal, sorprendido. ‘Porque te vamos a moler a golpes y queremos que te lleves a casa una foto del antes y el después de la paliza’. A partir de ahí, empezó a comportarse “.
Estas actitudes le han granjeado a Barnett muchos enemigos a ambos lados de la frontera. La prensa mexicana lo considera un cazador perverso y los grupos hispanos de defensa de los derechos humanos de Tucson (Arizona) han amenazado con presentar una querella criminal. De hecho, según fuentes policiales, la oficina del procurador de Tucson tiene un expediente abierto sobre Barnett para su posible procesamiento. Pero, además, este ranchero debe cuidarse las espaldas por otros motivos. En Agua Prieta, un pueblo polvoriento lleno de hoteles baratos, cantinas y negocios que venden jarras de plástico y abridores de lata a los ilegales que cruzan el desierto, Barnett es considerado un obstáculo para los negocios. Más de 1.2 millones de emigrantes ilegales —de México, América Central, China y algunos europeos— llegaron hasta aquí el año pasado. Sin embargo, durante mayo y junio, la cantidad de extranjeros ansiosos por cruzar la frontera disminuyó considerablemente y hay coyotes que culpan a Barnett, cuya popularidad se ha extendido por todo México. Como consecuencia, muchos emigrantes ilegales se dirigen hoy hacia el oeste, a Nogales. En la plaza de Azueta, donde los coyotes se encuentran con sus pollos, se dice que se le ha puesto precio a la cabeza de Barnett. El jefe de policía de Cochise advirtió a Barnett sobre estas amenazas el mes pasado, pero él responde: “Me cuidaré mis espaldas y seguiré haciendo lo que creo correcto”.
En Tucson, los agentes de la policía fronteriza estiman que este año, el número de detenciones superará la cifra récord del año pasado, 470.000. Sin embargo, por cada emigrante ilegal que es atrapado, por lo menos dos logran pasar y ocuparse en empleos en EE.UU. que nadie quiere hacer, tales como trabajar en plantas frigoríficas, en la recolección de frutas, de jardineros y empleadas de la limpieza en moteles. Hasta Barnett admite que una manera de mantener alejados a los intrusos es legalizar el ingreso de los inmigrantes. “Si decidimos que los necesitamos para algún trabajo, debería haber un puerto legal de entrada, pero no mi propiedad”, dice.
Según una encuesta reciente, la otra opción, que defiende el 89 por ciento de los residentes de Arizona, es recurrir a los militares para patrullar la frontera. El alcalde de Douglas, Ray Borane, cree que esto despertaría tensiones entre EE.UU. y México y provocaría más muertes. “¿Necesitamos soldados aquí para luchar contra mujeres que cruzan con sus hijos en los brazos?”, pregunta.
Una ley posterior a la guerra civil determina que los militares norteamericanos no pueden desempeñar tareas civiles de aplicación de la ley excepto en caso de emergencia nacional.
Así, a menos que los legisladores de Washington decidan ponerse más duros con la inmigración ilegal o abran las rejas de la frontera, los ganaderos norteamericanos seguirán practicando este cruel deporte con los emigrantes ilegales.
Con informes de Ronald Buchanan/ Ciudad de México
(Tomado de CNN digital, traducción de la edición del 26 de junio del 2000 de la revista Time, Latin American Edition).