- Calculadoramente, el dictador entró a una batalla que creyó podría ganar y que unió a los cubanos
Gerardo Tena (AFP)
LA HABANA.- La saga de Elián González dio al régimen de Fidel Castro un motivo para alentar la unidad de los cubanos, cimbrados por una dura década de penurias económicas y afectados por un relajamiento ideológico, producto del derrumbe del campo socialista.
El caso, paradójicamente, se lo puso en las manos el exilio radical de Miami, su acérrimo enemigo, que en su afán de atacar al régimen desplegó una batalla político-legal por la custodia del niño, cuyo padre lo reclamó desde un principio con apoyo del gobierno de la isla.
Antes de la saga de Elián, Cuba había vivido dos duros años, entre 1998 y 1999, en los que fue cuestionado internacionalmente su sistema y los llamados al cambio provinieron desde diversos puntos del planeta.
Castro fue el año pasado el anfitrión de una nada cómoda Cumbre Iberoamericana, donde fue casi unánime el reclamo de sus homólogos invitados a que Cuba iniciara un proceso de democratización y de respeto a los derechos humanos, al tiempo que la disidencia interna tuvo un inédito protagonismo.
La cita se produjo un año después de que el Papa Juan Pablo II pidiera a Castro la apertura de la isla. En esa visita los cubanos escucharon, incluso por la televisión estatal, la voz crítica del Obispo Pedro Meurice. El líder cubano había ensayado un acicate nacionalista en el caso del ídolo cubano del salto alto, Javier Sotomayor, y otros atletas acusados de usar sustancias prohibidas -cocaína en el caso de Sotomayor- en los Juegos Panamericanos de Winnipeg 99.
Castro dirigió personalmente investigaciones secretas de laboratorio para contraatacar a la Organización Deportiva Panamericana (ODEPA). Con sus señalamientos, logró hinchar el nacionalismo cubano, pero el tema decayó con paso de las semanas y -sin olvidarlo- Castro terminó por dejarlo en otras manos.
Fue entonces a finales de noviembre cuando apareció la historia de Elián. Un drama con un alto contenido humano, tratándose de un niño que había quedado en la orfandad en un intento de su madre por llegar a Estados Unidos.
Desde el primer momento, aseguran observadores, Castro se involucró en una batalla que difícilmente podría perder y se lanzó más abiertamente cuanto más se empecinaba el exilio.
Lo que en un principio fueron llamadas manifestaciones “espontáneas”, pasaron a ser, abiertamente, mítines organizados por el aparato oficial, con transporte a los puntos de reunión y reparto de cientos de miles de camisetas y carteles con la efigie de Elián.