Maestro ¿No te importa que nos hundamos?

PBRO. SILVIO FONSECA MARTÍNEZ

¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4, 35-40.

Al atardecer de aquel día, Jesús dijo a sus discípulos: “Pasemos a la otra orilla del lago”. Ellos despidieron a la gente y lo llevaron en la barca tal como estaba. Entonces se levantó un gran temporal y las olas se lanzaban contra la barca que se iba llenando de agua. Mientras tanto, Jesús dormía en la popa sobre un cojín. Lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿es así como dejas que nos ahoguemos?”.

El despertó, se encaró con el viento y dijo al mar: “cállate, cálmate”. El viento se calmó y vino una gran bonanza. Después les dijo: “¿Por qué son ustedes tan miedosos? ¿Todavía no tienen fe?”.

Pero ellos estaban asustados por lo ocurrido y se preguntaban unos a otros: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”.

Palabra del Señor.


Lecturas Bíblicas: Job 38, 1.8-11/Corintios. 5, 14-17/San Marcos 4, 35-40

El reclamo que le hacen los discípulos a Jesús en aquella tempestad, encierra el grito existencial de los creyentes, que han puesto su confianza y su seguridad en el Todopoderoso y que parecen sentirse abandonados a la hora de la prueba y de las dificultades. Cada uno de nosotros cuenta con un patrimonio de tempestades que lo han alejado o acercado a Jesucristo, el Señor de nuestras vidas.

La intención principal de Marcos es el poder de Cristo sobre el mal y donde entra en juego el poder de la fe; por esto El reprendió con autoridad al mal y a la incredulidad de los discípulos; de aquí que el cristiano vive una permanente lucha entre esos dos poderes: el mal y la fe; al centro está Jesucristo quien vencerá siempre. Leída la lectura bíblica bajo esta óptica teológica, se desprende una consoladora página espiritual para todos los tiempos. El poder divino y las pruebas han sido y serán una experiencia humana y cristiana; de ahí que es un error acusar sólo a los tiempos presentes de los males que vivimos.

Cabe aquí hablar del mal necesario, rechazado por el hombre por naturaleza, pero necesario para la madurez humana y la perfección cristiana. En efecto ¿cuál sería el modo de que Dios probaría nuestra fe? Sin embargo, la prueba tiene sus efectos no sólo ante Dios, sino ante los seres humanos que nos rodean, donde se pone en evidencia la compasión y la solidaridad. Es la ocasión de pensar en aquellos momentos que nos han dejado solos o que hemos dejado solos cuando nos necesitaban y les dimos la espalda. Jesús se compadece, hace suyo el mal de los otros para redimirlos, su sensibilidad no se deja esperar.

No debemos dejar pasar por inadvertido la reprensión de Jesús en cuanto al temor y la incredulidad: esto es peor frente al mismo mal, porque la fe da valor y esperanza; se mantiene firme aún frente a aquellas tempestades que parecen ya el fin del mundo; por eso dice San Pablo: ¿si Dios está con nosotros, quién estará contra nosotros?.

En lo personal opino que los cristianos estamos llamados a combatir el pesimismo y ver al mundo con optimismo; no basta con unirnos a las permanentes lamentaciones que vivimos; estamos llamados a dar un paso adelante; inyectarle a la historia y a la humanidad verdaderas esperanzas. Tampoco podemos ser utópicos e ilusos; los males siempre los tendremos; aquéllos que pretendan la ausencia de ellos están equivocados, lo extraordinario del cristianismo es la presencia viva de Jesucristo, que está en medio de nosotros. Con esta fe practicada los otros quedarán espantados y por nuestro medio también se harán esa pegunta ¿quiénes son éstos que hasta el viento y el mar les obedecen? (Mc. 4, 51).  

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