Vargas Llosa recuerda cómo conoció a García Márquez

La fuerte amistad de Vargas Llosa y García Márquez se rompió en 1976, cuando el peruano le asestó un puñetazo en la cara al colombiano en México. Ninguno explicó el motivo de la rencilla, pero la mutua admiración literaria permaneció.

¿Un Nobel con suerte?

El premio Nobel Mario Vargas Llosa, dijo ser “muy consciente de la inimaginable suerte” que ha tenido y organizar su vida diaria alrededor de la escritura, en la que si no mantiene una continuidad, siente como si se descalabrara lo escrito.

Rinkeby

Si usted visita Estocolmo, le aconsejo que, además de los museos, los palacios, el barrio antiguo y las islas, visite un modesto barrio del Sur de la ciudad llamado Rinkeby. La inmensa mayoría de sus pobladores son familias inmigrantes y, me dicen, se trata de uno de los distritos más pobres del país, aunque la idea de pobreza, en Suecia, que ha alcanzado el más alto nivel de vida del mundo junto con Suiza, tenga poco que ver con lo que para el resto del planeta esta palabra significa.

La muerte de un pimpollo

Hace unos días, en el piso A3.1 de un edificio que hace esquina entre la avenida Francisco Prats Ramírez y la calle Núñez de Cáceres del barrio residencial El Millón de Santo Domingo, República Dominicana, se encontró muerto a un octogenario llamado Luis José León Estévez que, según testimonio de los vecinos, vivía solo como un hongo y nunca recibía visitas. A todas luces, había puesto fin a su vida por su propia mano, descerrajándose un disparo en la cabeza. La pistola Colt, calibre 45, estaba junto al cadáver, que yacía de espaldas en una cama simple en la que, para entrar en la muerte con más comodidad, el suicida había colocado dos almohadones bajo su espalda. Antes de tumbarse, se había quitado los zapatos. En el cuarto había, además, varias maletas hechas, un teléfono, un televisor y un novenario.

Jesús entre las ruinas

Emergió entre las ruinas del Palacio Legislativo de Puerto Príncipe como una aparición. Era un caballero de ébano, erecto e impecable, una presencia inverosímil en ese mediodía de calor torrencial, con su traje azul tan bien planchado, su chaleco, su corbata colorada, sus gruesos guantes negros de cuero y lana, su sombrero de fieltro, su bastón con un mapamundi en la empuñadura, su espada flamígera en el costado derecho y su daga sarracena en el izquierdo. En medio de la polvareda, sus zapatos relucían como espejos.

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