Los diablos no existimos para regresar a nuestra procedencia, no por un buen rato. Somos diablos a tiempo completo, para eso hemos sido educados y formados
diablos
Día de diablos negros
Cada primero de agosto —desde que tengo uso de razón— mi mamá me llevaba a Santo Domingo de Guzmán. Muy temprano nos alistábamos para esperar al Santo en La Morita, cerca de las inmediaciones de la colonia Centroamérica. Cierro los ojos y todavía recuerdo el miedo que despertaban en mí los famosos “negros” o “diablitos”, cada vez que miraba venir uno hacia nosotros me abrazaba fuerte de la pierna de mi mamá, pero siempre alguno de ellos nos llenaba la cara y la ropa de aceite quemado. Jamás lo olvido.
Día de diablos negros
Cada primero de agosto —desde que tengo uso de razón— mi mamá me llevaba a Santo Domingo de Guzmán. Muy temprano nos alistábamos para esperar al Santo en La Morita, cerca de las inmediaciones de la colonia Centroamérica. Cierro los ojos y todavía recuerdo el miedo que despertaban en mí los famosos “negros” o “diablitos”, cada vez que miraba venir uno hacia nosotros me abrazaba fuerte de la pierna de mi mamá, pero siempre alguno de ellos nos llenaba la cara y la ropa de aceite quemado. Jamás lo olvido.
Diablos, diablitos y diabluras
Las diablesas llevan en sus manos mandolinas, adornadas de cintas de colores y dan la apariencia que la ejecutan durante la danza. Los movimientos del cuerpo y de los elementos que llevan en la mano van acorde con los pasos y la música. Usan un vestido multicolor, capa, medias de colores, zapatillas pintadas, y en la cabeza un sombrero adornado de lentejuelas, flores, cinta de colores y plumas de avestruz.