Pianista romántico del cine mudo
No era la época tecnológica actual de los vídeos, donde la música es atrozmente visual en un remolino de imágenes que golpea nuestros sentidos; mucho menos los grandes estadios, donde un público de cuerpos apiñados, compactados como megalata de sardinas, venera a un artista, frente a gigantescas pantallas, reflectores, seguidores y diablas, en un delirio musical fantástico.