El sacerdote nicaragüense Rodolfo French en la parroquia St. Raphael, en Lehigh Acres, Florida.

De Waspam a una parroquia en Florida: el inesperado exilio de un sacerdote misquito

La dictadura de Nicaragua desterró en 2024 al padre Rodolfo French y, lejos de derrumbarse, este domingo asume como párroco en una iglesia de Florida. Su corazón, dice, sigue allá, en su tierra.

A partir de este 19 de octubre, el sacerdote misquito Rodolfo French Naar será administrador de la parroquia St. Raphael, en Lehigh Acres, Florida.

Así lo dispuso el obispo de la Diócesis de Venice, monseñor Emilio Biosca, en una carta fechada el 29 de septiembre. Con ese nombramiento, French deja el cargo de vicario parroquial que ejercía desde octubre de 2024 y asume, en la práctica, las responsabilidades de párroco.

French cumplió 60 años el pasado 4 de octubre. Fue ordenado sacerdote el 28 de diciembre de 1995 en la parroquia San Pedro Apóstol de Puerto Cabezas, por monseñor Pablo Schmitz.

Un sacerdote misquito

En 2020 era uno de los apenas ocho sacerdotes misquitos de Nicaragua. Ha estudiado Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Además del misquito y el inglés, habla español, alemán e italiano, idiomas que aprendió durante sus estudios en Roma y Alemania.

Creció nadando en el río Coco, fronterizo con Honduras, en la agreste zona de San Carlos, en una familia indígena de siete hermanos.

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Durante la guerra de los años ochenta fue desplazado con su familia al asentamiento de Tasba Pri, adonde el primer régimen sandinista forzó a unos 10,000 misquitos tras la operación militar de 1981, que aún se recuerda con terror bajo el nombre de “Navidad Roja”.

Ahí quería ser maestro y estudió un año en la Escuela Normal. Luego entró al Seminario, animado por religiosos que lamentaban que no hubiera curas misquitos que transmitieran la palabra de Dios en su propia lengua.

El sacerdote Rodolfo French fue ordenado sacerdote el 28 de diciembre de 1995 en la parroquia San Pedro Apóstol, de Puerto Cabezas. LA PRENSA/ARCHIVO.

El arcángel de Waspam

Su nombre se hizo conocido en noviembre de 2020, cuando LA PRENSA narró sus esfuerzos por auxiliar a las comunidades indígenas de Waspam tras el paso de los huracanes Eta y Iota.

Entonces tenía a su cargo la parroquia San Rafael Arcángel, con 52 capillas, la mayoría misquitas y se movía entre ellas en cayuco y a lomo de bestias.

El sacerdote ayudó a evacuar familias en lancha, repartió provisiones en los albergues y escuchó, una y otra vez, la misma frase: “Padre, tenemos hambre”.

Antes había vivido otra catástrofe similar, el huracán Félix de 2007, cuando era párroco de Puerto Cabezas y realizó la misma misión humanitaria que, a la postre, lo envió al exilio.

El viaje sin retorno

El 24 de mayo de 2024, el padre French salió de Nicaragua para hacer el recorrido que repetía cada año desde 1996: visitar en España a sus benefactores religiosos.

Primero viajó a España a visitar a las familias que lo habían acogido como un hijo, y después a Estados Unidos, donde viven dos de sus hermanos exiliados. Iba a regresar el 2 de julio a Nicaragua.

Días antes, la agencia de viajes le reenvió un aviso: la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo no permitía su ingreso.

Según French, nunca tuvo roces o conflictos con las autoridades, pero aun así “permanecía vigilado” en Waspam. Nunca hubo una acusación formal ni una explicación formal a su destierro.

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Para entonces, su labor humanitaria durante los huracanes ya era pública y su imagen se había vuelto popular, en un país donde el régimen no admite otra voz y otra solidaridad que no sea la oficial.

Así, el padre French pasó a ser uno más de las decenas de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos desterrados, expulsados o empujados al exilio por la persecución sandinista contra la Iglesia católica en Nicaragua.

Sin parroquia y sin país, el sacerdote misquito fue recibido por una familia nicaragüense en Florida. Cuatro meses después ya celebraba misa en la parroquia St. Raphael.

La coincidencia no se le escapa al padre French: quiso la Providencia, dice, que el exilio lo llevara a otro San Rafael. Hoy atiende allí a una comunidad hispana que desborda el templo cada domingo.

Sacerdote misquito Rodolfo French Naar, exiliado en Estados Unidos. LA PRENSA/CORTESIA.

¿Cómo se enteró de que no podía regresar a Nicaragua?

Le había pedido a la agencia de viajes en Nicaragua, la misma que me compró el boleto, que me gestionara el pre-check-in. Ese día yo venía de Nueva Orleans y, como andaba con teléfono nicaragüense, no tenía señal. Al llegar a la casa me conecté al wifi y la agencia me escribió: “Mirá lo que me llegó”. Era una nota que decía que el Gobierno de Nicaragua no permitía el regreso del pasajero. No me presenté al aeropuerto a discutir. Con lo que me dijeron era suficiente.

¿Contempló alguna vez que eso pudiera pasarle?

Yo estaba al tanto de todo lo que salía en los medios, pero tenía la plena confianza de quien no le debe nada a nadie. La conciencia limpia. Siempre he servido a mi pueblo misquito. En 2023 salí como de costumbre y mucha gente me dijo: “No regresés, te están esperando”. Pero salí, regresé bien, sin problemas, y en 2024 salí con la misma esperanza. Las cosas no sucedieron así.

¿Por qué viajaba cada año a España?

Es mi ruta de siempre, desde 1996: Pontevedra, en Galicia, y Villanueva de los Infantes, en Castilla-La Mancha. Una religiosa calasancia, una hija de la Divina Pastora llamada Emilia Boán Linares, me adoptó como su hijo espiritual y pagó mis estudios en el Seminario. Después de que ella murió, quedó en Pontevedra su círculo de amistades, que siempre me mandaba a traer. En Castilla-La Mancha, un matrimonio me quiso también como a un hijo; él ya falleció, ella vive. Más que viajes, eran visitas de familia.

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En noviembre de 2020, cuando recorrió las comunidades misquitas del río Coco para llevar ayuda humanitaria. LA PRENSA/ARCHIVO.

¿Cómo se sintió cuando supo que no podía volver?

Se me cayó el mundo con el exilio. Me dolió mucho por la conexión que siempre tuve con mi gente. LA PRENSA había publicado un artículo, que se hizo muy famoso, donde me llamaban “el arcángel del río Coco”, porque en el tiempo del Eta y el Iota ayudé muchísimo a mi gente desde la parroquia de San Rafael Arcángel. Fue una experiencia dramática y dolorosa, pero lo que más me ha dolido de este exilio es oír llorar a la gente, a hombres mayores, preguntando por qué a mí. Uno está acostumbrado a ver llorar a la mujer, a la madre, pero escuchar a un hombre mayor llorar, y sobre todo por el motivo que me hicieron, eso me partió el alma.

¿Hubo antes algún roce entre su trabajo pastoral y las autoridades?

Primero, yo nunca les provoqué nada. Físicamente no me hicieron nada, pero en la misa sí había policías que me vigilaban. Supe por una fuente quién era el que estaba ahí grabándome la misa y lo identifiqué. Según ellos, mi pecado fue salir en LA PRENSA y no pedir permiso al gobierno para ayudar a la gente.

¿Qué dejó allá en Waspam tras varios años de vida pastoral?

Dejé media vida. Estuve cinco años y seis meses en San Rafael Arcángel de Waspam. Antes estuve en San José de El Ayote. Lo que más me duele es haber comenzado muchas cosas por el bien de la gente y no concluirlas: dejar a medio camino la formación, la misión, la visita a las comunidades, la cercanía con la gente. Yo soy misquito y teníamos una emisora parroquial que servía para educar, promover y conservar nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra comida. Era un proceso muy bonito que estaba tomando forma, y todo quedó al aire.

Una vez varado en Estados Unidos, ¿cómo volvió al trabajo pastoral?

Los caminos del Señor son los que Él quiere, no los que uno se propone. Mi idea era ir a la Arquidiócesis de Nueva Orleans, porque allí tengo amistades que me apoyaron muchísimo, y quería devolverles ese servicio. Pero ese proceso no terminó bien, porque la Arquidiócesis estaba en cambios. Mientras tanto, una familia nicaragüense me llevó a vivir a su casa y un domingo me llevó a misa. El sacerdote de esa parroquia supo de mí, me pidió el número y le avisó al obispo. El obispo me llamó personalmente. Aquí, que un obispo te llame de su teléfono al tuyo es un regalo, un premio. Y dije: «Si el obispo me llama, el Señor me quiere aquí».

¿Cuándo lo nombraron en St. Raphael?

Los primeros días del exilio me preguntaba dónde me tendría el Señor en cuatro meses. A los cuatro meses ya estaba nombrado. Fui nombrado vicario del padre Michael, un sacerdote polaco, el 21 de octubre de 2024, y tomé posesión el 23. La gente me preguntaba: “¿Tenés alguna relación con el de arriba?” Es que me ha hecho tantos milagros. Estoy donde no quise estar, y aquí estoy por Él.

Y ahora asume como administrador parroquial. ¿Cómo recibió la noticia?

Para mí fue una sorpresa enorme. Yo pasaba por Estados Unidos desde el 96 y siempre decía que quedarme aquí más de dos semanas me era difícil. Ahora llevo casi tres años en este país y casi dos en esta parroquia. La gente siempre me decía: “Queremos que un latino sea párroco aquí”. Yo les respondía que me sentía bien como vicario mientras mi alma se adaptaba. Ahora asumo como párroco, a pocos días de cumplir dos años de vicario. Estoy tratando de acomodarme mentalmente a una responsabilidad nueva. No me asusta, pero son cosas administrativas que tengo que aprender.

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Con 60 años cumplidos, el padre Rodolfo French Naar sueña con volver a las comunidades indígenas donde nació, creció y enseñó el evangelio. LA PRENSA/ARCHIVO.

Pasó de atender comunidades indígenas a relacionarse con gente de todo el mundo, ¿cómo es la comunidad que atiende?

Es una parroquia de un crecimiento muy grande. La misa hispana de las 10:30 de la mañana pasa de 1,300 personas, y cuando empieza ya no hay dónde sentarse. La de la tarde también se llena, con 800 o 900 personas. En Navidad, Pascua y Miércoles de Ceniza se llenan hasta los pasillos. Abrimos la capilla del Santísimo y hay gente de pie a los lados y afuera, y en verano el calor de Florida molesta, por lo cual mucha gente que no logra entrar se retira molesta. Por eso ya estamos pensando en construir un nuevo templo, y a lo mejor me toque a mí.

Una de las cosas donde más se siente el exilio es en el estómago, ¿cómo ha suplido la ausencia de las cosas de su tierra?

(Riendo) Para el misquito, el wabul es una bebida importante. El más común es el de plátano maduro: se pone a cocer, se le separa el agua, se bate y se le pone leche de coco. Me hago mi inventito para sentirme medio misquito aquí. En esta zona hay pocos nicaragüenses, así que desde que llegué le enseñé a la gente cómo reconocer a uno: “Pregúntenle: ‘¿Quién causa tanta alegría?’. El verdadero nicaragüense responde: ‘¡La Concepción de María!’ Así se fueron enterando muchos que este padre es nicaragüense, y empezaron los regalitos: un nacatamal, un vaho… Ayer mismo un nicaragüense me trajo patitas de cerdo con su arrocito blanco y guineo cocido.

Viendo hacia el futuro, ¿piensa el padre Rodolfo en el retorno a sus raíces?

Mi corazón está en mi tierra, en mi país; no lo puedo separar. Agradezco mucho a esta diócesis que ha cubierto todos mis gastos. No he puesto ni un centavo en abogados; la diócesis lo ha hecho todo por mí. Que me confíen una responsabilidad como esta es una muestra de confianza muy grande. Tampoco puedo dejar de inmediato esta parroquia. Pero rezo siempre por mi país, por mi gente, y no me olvido de los más pobres ni de quienes han trabajado tanto por la Iglesia en la comunidad. Cuando Dios permita que se dé la ocasión, volveré a mi país, seguramente con nuevas perspectivas y otra mirada de la vida desde el sufrimiento del exilio.

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