El académico británico de origen paquistaní, Azeem Ibrahim, se ha ocupado de uno de los problemas más sensibles de Nicaragua, como es el de las violaciones de la dictadura a la libertad de religión.
En un artículo publicado en el periódico digital global de noticias cristianas, Christian Dayli Internacional, que se edita en Nueva York, el especialista británico explica que “los dictadores no solo temen a los partidos políticos, a los periodistas o a los movimientos de oposición. Temen a cualquier institución capaz de generar lealtad que el Estado no controle”.
Según el académico británico, la persecución contra la libertad religiosa en Nicaragua por parte de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo se explica en que “las iglesias pueden hacer precisamente eso. Nicaragua demuestra este principio con una claridad inquietante”, asegura Ibrahim según información de LA PRENSA publicada este miércoles 14 de octubre.
Es que el régimen de Ortega y Murillo no es una dictadura cualquiera, como fue el somocismo en el siglo pasado. La dictadura sandinista actual de Nicaragua es totalitaria. Y el totalitarismo se caracteriza por buscar el control total y absoluto de todos los aspectos de la vida pública y privada de las personas.
Ciertamente, Ortega y Murillo no se satisfacen con detentar el poder político, controlar y manejar de acuerdo con sus intereses a todos los organismos estatales y gubernamentales. Ellos se afanan también por dominar la mente, los valores y el comportamiento de todas las personas. Y al que no se somete, o peor aún, que se rebela, lo reprimen sin piedad, lo desaparecen, encarcelan y declaran traidor a la patria, lo echan del país y le confiscan sus bienes y hasta su nacionalidad nicaragüense.
La libertad de religión es un derecho sustancial de todas las personas. Es una condición indispensable de la dignidad humana y como tal está consagrada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Artículo 18), la cual está vigente con fuerza de ley en el mundo desde el año de 1948. Nicaragua incluso fue uno de los primeros países signatarios de la solemne Declaración.
Además, la libertad de religión fue refrendada para todos en el mundo mediante el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (Artículo 18) de 1966. Y reconfirmada para las Américas por la Convención Americana de los Derechos Humanos (Artículo 12), aprobada en 1969.
El derecho humano a la libertad religiosa representa un orden moral autónomo para frenar los abusos del poder político absoluto, con base en el principio inalienable de que la autoridad del Estado no es absoluta ni puede prevalecer sobre la conciencia humana.
Aseguran los expertos como el antes mencionado británico, Azeem Ibrahim, que la intolerancia religiosa no procede de las propias religiones o creencias. Proviene de la interpretación y la intervención de algunas personas que manipulan las creencias de la gente para controlar sus conciencias e imponerse sobre ellas. Y las reprimen cuando se resisten a ser manipuladas.
Por eso Azeem Ibrahim se pregunta: “¿Por qué un gobierno poderoso se preocuparía por los sermones, los sacerdotes que viajan entre pueblos o los fieles que portan cruces en las calles”. Y él mismo se responde: “Porque el autoritarismo, en última instancia, busca algo más que obediencia. Busca la destrucción de la sociedad autónoma”.
Esta es una locura política que a lo largo de la historia la han pretendido tiranos tan poderosos como Hitler, Stalin, Mao, Fidel Castro. Pero, aunque causaron mucho daño a la gente, fracasaron en su intento. Del mismo modo que también Ortega y Murillo están condenados a fracasar, porque la conciencia religiosa es tan antigua como la misma humanidad y más resistente que la ideología política del totalitarismo.