En los Estados Unidos, el pasado 30 de septiembre se llevó a cabo la ejecución por inyección letal de Christa Pike, una mujer que había sido condenada a muerte por asesinar a una compañera cuando tenía 18 años. Lo impensable sucedió: la mujer sobrevivió a la inyección no una vez sino dos veces, y hoy se repone en un hospital de ese país.
¿Cuáles son las implicancias morales, legales y sociales que enfrenta hoy la sociedad norteamericana después de esa ejecución fallida? Cuando Tennessee condenó a muerte a Christa Pike el 30 de marzo de 1996 por un crimen que cometió a los 18 años, se convirtió en la mujer más joven en recibir una sentencia de muerte en la era moderna. Según el doctor Jonathan Pincus, profesor de Neurología en la Universidad de Georgetown, Christa sufrió durante su infancia un entorno de abusos casi insoportables. Víctima de abuso sexual infantil, múltiples violaciones y abandono y negligencia parental, Christa intentó suicidarse por primera vez a los doce años. A los diecisiete, un desconocido la abordó en la calle y la violó brutalmente. La policía nunca lo arrestó.
Christa siempre ha asumido la responsabilidad por su papel en la muerte de Colleen Slemmer. Sin embargo, su implicación en el crimen no puede separarse de su juventud y su historial de abuso sexual infantil, violación, daño cerebral y enfermedad mental grave. La doctora Bethany Brand, psicóloga clínica con más de tres décadas de especialización en la evaluación y el tratamiento de trastornos relacionados con el trauma, describió el historial de Christa como un trauma extremo extraordinariamente grave. Según la doctora Brand, Christa “experimentó eventos adversos más graves que el 99 por ciento de la población estadounidense”. Ninguno de esos traumas y acontecimientos sufridos en su niñez fue evaluado por el jurado que la condenó.
La pregunta del millón de dólares es: ¿Qué va a pasar ahora que la sentencia fue cumplida dos veces y que sigue con vida? La primera pregunta que se me ocurre es: ¿se puede ejecutar por tercera vez a una persona condenada a muerte? Yo diría que no, pero aparentemente en ese país parece que sí es posible. Pero para que esto ocurra primero tienen que darse una serie de circunstancias en que la opinión pública, a mi juicio, tiene mucho que decir. Al momento de escribir este artículo, se comienza a dar a conocer que Christa ya recuperó la conciencia y ha comenzado a caminar, pero que todavía no atina a entender qué fue lo que sucedió.
Otra implicación importante a tener en cuenta es la legal. Christa fue condenada a muerte por inyección letal; la sentencia se cumplió, pero ella sobrevivió no una vez, sino dos veces. La pregunta es: ¿se puede hacer pasar a una persona por tercera vez al suplicio de una ejecución por inyección letal, para cumplir una sentencia que, según psicólogos y psiquiatras, no fue evaluada ni conocida por el jurado? Mi respuesta es que no se debería someterla al suplicio de un tercer intento y más bien debería auscultar la posibilidad de cambiar la sentencia como mínimo a cadena perpetua, aunque si de verdad se quiere hacer justicia, debería tenerse en cuenta la edad en que cometió el delito (18) los más de treinta años en prisión y el atenuante de los maltratos a que fue sometida desde niña, los que dañaron su cerebro. En todo esto, la sociedad que la juzgó tiene mucha responsabilidad.
Finalizo solicitando que se ausculte la posibilidad de que en un futuro cercano se le dé la oportunidad de vivir sus últimos años en libertad. Eso sería hacerle justicia.
El autor es analista político y exmiembro de la Resistencia Nicaragüense.