En la primera lectura de hoy, el profeta Isaías habla de un gran banquete preparado por Dios al final de la historia (cf. Is 25,6-10). El anfitrión es el Señor, quien desea ver a todos sus hijos e hijas sentados junto a él en una misma mesa, gozando de la vida para siempre. Será un banquete de manjares apetitosos y excelentes vinos. Una fiesta eterna de vida y alegría.
En ese banquete eterno, Dios mismo pasará como una madre amorosa y “enjugará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25,8). No habrá más motivo para llorar. No habrá más dolor ni lágrimas ni muerte. No habrá más tristeza ni soledad. No habrá más pobreza ni injusticia. Dios “aniquilará la muerte para siempre” (Is 25,8). Esta fiesta final no es una vana ilusión ni una proyección infantil de nuestros deseos. Es la promesa más hermosa que Dios nos ha hecho.
Es verdad que el sufrimiento, la injusticia y la muerte parecen negar esta fiesta de Dios; sin embargo, la promesa se mantiene firme. Dios se compromete a cumplirla. Los comensales podrán decir aquel día: “Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y él nos ha salvado” (Is 25,9). De este banquete final participarán quienes confíen en Dios y estén siempre abiertos a su amor; quienes no se dejen vencer por el desánimo y el miedo; quienes se esfuercen por hacer de la vida una fiesta para todos; quienes no hagan llorar ni sufrir a nadie; quienes respeten la dignidad, la libertad y la vida de los demás.
La imagen bíblica del banquete y de la fiesta nos recuerda que la vida no es solo trabajo y preocupaciones, ansiedades y dolores. No es casual que a Jesús le gustara hablar de Dios y de la vida con esta imagen. Muchas de sus parábolas hablan de comidas festivas. Él mismo aceptaba con alegría invitaciones a comer y beber en algunas casas (cf. Lc 7,36; 11,37; 14,1). Como signo de la misericordia de Dios, que no excluye a nadie, se sentaba a la mesa con pecadores públicos y con personas rechazadas por la religión o por la sociedad (cf. Mt 9,10-13).
Hoy Jesús nos cuenta una de esas parábolas y nos dice que el Reino de los Cielos es como una fiesta de bodas, la más importante de las fiestas: se casa el hijo del rey. Para celebrarla, el rey envió a sus siervos a llamar a los invitados, pero ellos no quisieron ir (Mt 22,3). El rey no se desanimó y volvió a invitarlos (Mt 22,4). Sin embargo, esta vez tampoco aceptaron: algunos tenían cosas más importantes que hacer, como ir a su campo o atender su negocio; otros “agarraron a los siervos, los insultaron y los mataron” (Mt 22,6). Ante la invitación a la boda, la única respuesta fue el desinterés e incluso la agresividad hacia los enviados.
En la parábola, el rey es Dios, quien nos invita a vivir la vida con la alegría de una fiesta. Y nuestra respuesta, tantas veces, es la de los primeros invitados: la indiferencia. Las ocupaciones nos ofuscan y las preocupaciones pueden volvernos sordos al bien, al amor, a la verdad, a la fraternidad. Sordos a Dios. Muchas veces dejamos de escuchar la voz de Dios que nos llama, y terminamos respondiendo solo ante nosotros mismos, como si fuéramos la medida de todo. Sin darnos cuenta, nos encerramos en el pequeño círculo gris de nuestro egoísmo. La llamada de Dios puede ir apagándose hasta que nos acostumbremos a vivir sin él.
Otros invitados responden con violencia y atentan contra los siervos del rey, figura de los profetas enviados por Dios y perseguidos por los poderosos de turno (cf. Mt 23,34-37). Tampoco hoy faltan quienes actúan así. Como aquellos invitados, los dictadores de nuestro tiempo tienen el corazón tan oscurecido por la ambición y la crueldad que no solo rechazan la invitación, sino que también arruinan la fiesta de la vida, convirtiendo la convivencia social en una amarga vigilia de luto, sostenida por el miedo, la amenaza y la represión. Dicen invocar a Dios, pero se festejan a sí mismos; dicen celebrar sus triunfos, pero se aíslan cada vez más. Su aislamiento revela la fragilidad de un poder que no tiene futuro. La última palabra sobre la historia no la tienen ellos, sino Dios. A pesar de todo, habrá fiesta.
Lo más llamativo de la parábola de hoy es que, después del rechazo de los invitados, el rey mandó a sus siervos que fueran a los cruces de los caminos e invitaran a la boda a todos los que encontraran (Mt 22,9), sin tener en cuenta méritos personales o moralidad de vida. Los siervos del rey salieron a los caminos y reunieron, dice la parábola, “a todos los que encontraron, malos y buenos”, de tal forma que la sala de bodas se llenó de comensales (Mt 22,10). Así es Dios. No se echa atrás ni desiste de invitar a su fiesta. Nuestro egoísmo y nuestro pecado no condicionan a Dios.
Santa Teresa de Jesús decía que el Señor “nunca se cansa de dar, ni se pueden agotar sus misericordias, no nos cansemos nosotros de recibir” (Vida 19,15). Si los corazones de los invitados se cierran, el señor abre nuevos caminos. Siempre encuentra una hendija por la que meterse en nuestra vida. Así de bueno es Dios. Cuando es rechazado, insiste; en vez de olvidarnos, nos busca de nuevo. Dios abre, amplía el horizonte, vuelve a empezar siempre, va más allá. Dios no se cansa de amarnos; no nos cansemos nosotros de acoger su amor, el único amor que hace de la vida una fiesta.
En la Iglesia resuena hoy la invitación de este Dios que llama a todos. En ella, como decía el papa Francisco, hay lugar para “todos, todos, todos” (Francisco, discurso en la ceremonia de acogida de la Jornada Mundial de la Juventud, Lisboa, 3/8/2023). Acojamos, pues, la invitación de Dios a las bodas de su Hijo, que ya anticipamos en cada eucaristía. ¡Dichosos nosotros, “los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,9) !En esta fiesta no hay que pagar la entrada. Es gratis. Basta con no poner excusas, no cerrar el corazón al amor, no dejar de escuchar la llamada de Dios y no arruinar la fiesta de la vida de los demás.
Al final de la parábola, el rey se encuentra con un invitado que no lleva el vestido de boda (Mt 22,11-12). A la gratuidad de la invitación al banquete corresponde la exigencia de llevar el vestido de boda, es decir, de mostrar, con nuestras obras, que hemos respondido al amor, viviendo revestidos de misericordia (Col 3,12), del hombre nuevo (Col 3,10), de Cristo (Gal 3,27) y de las virtudes del Evangelio. No basta con decir “¡Señor, Señor!” (Mt 7,21). Es necesario responder, agradecer con la vida y dejarnos cambiar.
El vestido de boda no se lleva por fuera, sino en el corazón. Todos tenemos el vestido un poco roto, sucio o remendado. Pero Dios es tan bueno que no se cansa de regalarnos un vestido nuevo. Que él nos conceda la gracia de gozar de la fiesta de la vida y de la fe, que nos ayude a no estropear la fiesta de los demás y nos conduzca, un día, a la fiesta de las bodas eternas. A pesar de todo, habrá fiesta.
+ Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo auxiliar de Managua