No era casual que las hermanas Brontë: Charlotte, Emily y Anne, escritoras inglesas, adoptaran nombres masculinos para publicar sus obras. Ellas tuvieron que usar los seudónimos: Currer, Ellis y Acton Bell, respectivamente, como máscaras necesarias para subsistir dentro del mundo literario. Concesión que planteaba una inquietud profunda pues la voz femenina aparecía dentro de una estructura que seguía siendo en esencia masculina.
Sin embargo, una vez conquistado el acceso de las escritoras al mundo literario, ellas todavía continuaron en los siglos subsiguiente sin desprenderse de las estructuras culturales heredadas del pensamiento predominantemente masculino. Por esto muchas de las autoras en sus narraciones utilizan hasta aún hoy en día modelos —de una manera, ya sea consciente o inconsciente—, donde atenúan o justifican ciertas conductas comprometedoras masculinas, mientras a su vez desplazan la responsabilidad existente hacia las féminas.
Estas inquietudes adquieren especial relevancia al examinar por más de un siglo y por separado las obras Jane Eyre, de Charlotte Brontë y Las fiebres de la memoria, de Gioconda Belli.
Jane Eyre, un clásico de la literatura, suele celebrarse como una novela de corte femenino. Jane figura como un personaje inteligente, moralmente firme, pero hay un punto donde esta fortaleza se vuelve ambigua: Edward Rochester, quien encarna a una figura autoritaria y moralmente confusa, es el hombre de quien Jane se enamora; pero este personaje guarda un enigma. Mantiene encerrada en el ático de su casa en Thornfield a su propia esposa, Bertha Mason, confinada dentro de su cuarto, apartándola del mundo, y despojándola de toda voz. Él la ha recluido y convertido en una presencia fantasmal. Rochester se enamora de Jane cuando ella trabaja en su mansión; le propone matrimonio y pretende contraer matrimonio sin revelarle su secreto. Jane, percibe cosas extrañas en la residencia, sin embargo, guarda discreción y calla. Luego, llega el día de la boda y esta no se llega a realizar al darse cuenta Jane explícitamente del engaño de Rochester estando ya ambos frente al altar. Jane decepcionada renuncia a este amor y sale huyendo de Thornfield.
En la trama, sin embargo, a Rochester no se le condena plenamente. Él luego se explica y se le escucha; aludiendo que fue engañado por su familia que le ocultó que su prometida estaba mentalmente enferma. La narrativa lo humaniza, lo exonera y lo redime.
Jane más tarde aceptará el relato de Rochester. Al quedar este viudo, y tras el incendio de la casa a manos de la cautiva esposa la protagonista Jane Eyre, escucha el llamado de Rochester y regresa a su vida olvidándose de su pasado; acepta casarse formando su familia con Edward Rochester.
En el mismo año de la publicación de Jane Eyre, (1847) estaba en su apogeo en París, un crimen que estremeció a la sociedad: Charles-Laure-Hugues Théobald de Choiseul-Praslin (1805-1847) asesina a su esposa, Fanny (Françoise Sébastiani) madre de sus hijos, en su propia casa. En 1824 había contraído matrimonio con Fanny Sebastiani hija del general Sebastiani, viviendo en armonía hasta aproximadamente 1840. Alrededor de los sucesos, estaba la presencia de una joven institutriz: Henriette Deluzy-Desportes a cargo de los niños de la familia, quien alimentó las sospechas, pero, tras la muerte del duque fue absuelta de todos los cargos.
Estos sucesos históricos fueron llevados exitosamente a la novela: Las fiebres de la memoria, de la autora Gioconda Belli, en la cual se nos presenta a Fanny de carácter difícil, celosa en extremo, sobrepasada de peso corporal debido en parte a su gravidez continua, cuyo esposo se enamora de la atractiva institutriz. La autora reconstruye los hechos históricos del crimen perpetrado contra Fanny creando una culpabilidad ambigua y compartida entre el duque cuya conciencia masculina intenta explicar y Henriette; recayendo explícitamente más la culpabilidad sobre la institutriz.
Según el relato en la novela, la tutora entró a la mansión con la llave que había conservado. Luego de inspeccionar que las niñas dormían, pasó por el foyer y entró al cuarto de Fanny. Con unas tijeras tomadas del costurero de Louise, trató de cortarle las cuerdas vocales a la víctima fallando e hiriéndola varias veces, “No sé cuántas veces le hundí las tijeras”. Establece la institutriz. (Belli, Gioconda. Las fiebres de la memoria, cap. 24, p. 209). Para luego rematarla al propinarle el llamado “golpe de gracia” ocasionado con un candelabro que le fracturó el cráneo; del cual el mismo duque reclamaría a Henriette, cuando ellos se encuentran después de los sucesos en New York.
“El golpe de gracia que a ella y a mí nos quitó la vida, porque no creas que estar vivo en estas condiciones es vivir”. (Ibid., cap. 24, p. 210). Concluyó el duque.
“No había más que hacer, Charles, (dice Henriette) que darle el golpe de gracia”. (Ibid., cap. 24, p. 210).
A lo que el duque agregó: “(…) este fue tu crimen. Yo pasaré a la historia como el asesino. Mis hijos y mis nietos se avergonzarán de mí. En cambio, tú, la verdadera culpable, quedará eximida”. (Ibid., cap. 24, p. 210).
En las novelas, tanto en Jane Eyre como en Las fiebres de la memoria, se juntan la realidad histórica con la fantasía; apareciendo en ambas la debilidad femenina y la dominación masculina.
Charlotte Brontë en su vida real escribió misivas contantes a monsieur Héger, al igual que Fanny, quien en su vida real envió cartas continuas a su esposo, ya que ambas estaban locamente enamoradas.
Fanny Santorine esposa del duque Praslin además de ser confinada a un ala de la casa, se le negó la crianza de sus hijos, quienes fueron confiados en contra de su voluntad al cuido de una institutriz a quien Fanny consideraba muy liberal y dañina.
El personaje Rochester de la novela Jane Eyre mantiene encerrada a su esposa Bertha Mason en una habitación y le oculta a Jane su encierro. Ella a pesar de ser inteligente, no logra comprender enteramente lo que pasa, aunque en muchas ocasiones calla sobre lo que observa y lo que percibe.
En la novela Belli, artísticamente nos presenta a su protagonista en continuos debates psicológicos e internos. En muchas ocasiones, el duque sabiéndose culpable, trata de justificarse implicando continuamente a Henriette, mientras en otras ocasiones, él mismo acepta su responsabilidad. Véase lo siguiente:
“He allí, para la posteridad, la verdad de lo sucedido. No me exime. Yo, fui sin duda, quien le causó la muerte a Fanny”. (Ibid., cap. 25, p. 212).
Al momento del crimen, aparecen en la trama ambas mujeres forcejándose entre sí. Cuando el duque entra en la escena del crimen, este actúa en defensa de la amante y es cuando Fanny recibe el llamado “último golpe de gracia”. Golpe de gracia que en ocasiones es el mismo duque quien lo propina. Véase lo siguiente:
(…) “pero el que fui esa noche con el candelabro fue la suma de todo mi hartazgo y mi resentimiento, (…)”. (Ibid., cap. 30, p. 243).
En la ficción de Belli el duque no muere y es ayudado a escapar; apareciendo después de su supuesta muerte cuando es llevado por el río Sena hasta Le Havre y de allí hacía la isla de Wight, Londres, New York, lugar donde se encuentra por última vez con Henriette, para luego irse hacia California en ruta del comodoro Vanderbilt pasando por Nicaragua, lugar donde permanece hasta su muerte casándose y procreando una nueva familia.
Tanto Brontë con su novela Jane Eyre, como Belli con Las fiebres de la memoria, protegen en sus escritos mediante una redistribución narrativa la culpabilidad de sus protagonistas masculinos sobre las féminas involucradas. Demostrándose con ello que en ambos casos la actitud masculina quedó envuelta en una lógica que las hace comprensible.
En este contexto las escritoras tanto Bontë como Belli no solo crean ficción, pero negocian con una tradición que las precede. Lo que llamaríamos complicidad, quizás sea más bien una internalización, donde las mujeres han aprendido a mirar el mundo a través de estructuras masculinas que no eligieron, pero sí aprendieron.
Reconocer las contradicciones de las autoras no nos permite juzgarlas con superioridad moral ni las debilita, sino que nos invita a leerlas con mayor conciencia y a verlas más humanas, cercanas y explicativas.
La autora es máster en Literatura Española.
Bibliografías consultadas:
Belli, Gioconda. Las fiebres de la memoria.
Barcelona: Seix Barral, 2018.
Brontë, Charlotte. Jane Eyre: An Autobiography. London: Smith, Elder &Co., 1847.