Ni Murillo ni Ortega quieren dialogar

Después de la reunión extraordinaria de cancilleres de la OEA el pasado 2 de octubre que acordó por unanimidad que Nicaragua desmonte el Estado totalitario y celebre elecciones libres y competitivas y propuso una comisión de cancilleres que viajase a Nicaragua para dialogar, ha quedado claro que ni Murillo ni Ortega quieren dialogar.

Si no le dieron el beneplácito a la embajadora designada por los Estados Unidos y ratificada por el Senado estadounidense, Natasha Franceschi, un acto insólito de arrogancia y desafío que fue dado a conocer durante dicha reunión por el subsecretario de Estado, Christopher Landau, mucho menos que permitan siquiera la entrada a Nicaragua de la comisión de la OEA, ya no digamos dialogar: es un puertazo al diálogo.

Está más que claro que a los codictadores de Nicaragua solo les interesa dialogar con China, Rusia, Irán o Bielorrusia, incluso se han retirado de la instancia de diálogo regional, el Parlacen, acentuando así la política de aislamiento internacional que se han propuesto para no rendir cuentas ante nadie de sus desvaríos totalitarios.

Mientras tanto el continente americano gira hacia la derecha con las recientes elecciones en Colombia y Brasil y hasta en el viejo continente, España, se avizoran vientos de cambio con la convocatoria a elecciones anticipadas en las que podría ganar el Partido Popular y es muy probable que resulte electo presidente su actual líder Alberto Núñez Feijóo.

El panorama internacional y particularmente en las Américas no es nada favorable para la dictadura dinástica de Nicaragua, pero están tan aferrados al poder que no conciben siquiera abrir la puerta al diálogo, quizás porque están seguros de que si lo hacen sólo llevan las de perder.

Entonces apuestan a que ni los Estados Unidos ni sus aliados regionales están dispuestos a utilizar la fuerza para producir el cambio y la oposición no tiene ni la disposición ni los elementos para recurrir a la fuerza a como sí los tuvo en el conflicto armado de los años a 80. Es posible que tengan razón y por eso están tan radicalizados.

Las intervenciones y las resoluciones adoptadas durante la reunión extraordinaria de consulta de cancilleres de la OEA el pasado 2 de octubre adoptadas por consenso traerían la democracia a Nicaragua, si del otro lado hubiese un régimen que escuchase o que se sintiera lo suficientemente débil para hacerlo. Lamentablemente no es así.

Todo se resume en el verdadero respeto a la autodeterminación de los pueblos, que como bien lo puso la representante de Panamá ante dicho organismo, Ana Irene Delgado: “Debemos respetar la soberanía del pueblo y precisamente por eso debemos defender su derecho a seguir ejerciéndola. No corresponde a Panamá determinar quién debe gobernar Nicaragua. Corresponde a los nicaragüenses decidir su futuro. Pero para que esta decisión sea realmente suya, debe existir la posibilidad de elegir y también la posibilidad de reemplazar”.

Lejos de acercarse siquiera a este enunciado, que es la base fundamental de la democracia, hemos visto que la dictadura se prepara para heredar el poder como en las monarquías absolutistas: primero entre cónyuges como ha ocurrido y luego de padres a hijos, que a como lo indican todos los síntomas de la sucesión, recaerá primero sobre Laureano Ortega; y después sobre cualquier otro de los miembros de la familia Ortega Murillo, que hoy ya ocupan posiciones prominentes en el aparato estatal.

El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de LA PRENSA de 1981 a 1984.

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