Hay penas que no se dicen, se cargan en el alma. Y la del exilio es una de las más pesadas. Salir de Nicaragua casi nunca es hacer maletas despacio; casi siempre es salir de prisa, dejando la mitad de la vida en la mesa de la casa, el café medio frío y la puerta entreabierta.
El exilio es difícil porque te exige patear calles ajenas, frías y ordenadas, mientras la cabeza y el corazón se te quedaron varados allá, pegados al teléfono esperando noticias de la patria. Es esa desazón de extrañar el calor de la tarde, el bullicio del mercado, el grito del vendedor en la calle o ese olor inconfundible a tierra mojada cuando cae el primer aguacero de mayo. Es sentirte en el aire: allá no podés estar y aquí todavía sos un extraño.
Duele hasta el alma la distancia. Duele saber por una pantalla que un familiar se te enfermó, que la casa de la infancia necesita pintura o que un amigo querido se fue de este mundo sin que pudieras darle ese último abrazo apretado. El exilio te fuerza a tragar duro para que la nostalgia no te ahogue mientras te ganás el pan de cada día.
Pero el exilio no solo es dolor; también es dignidad, coraje y resistencia pura. Ahí es donde la voz inolvidable de Rubén Darío cobra todo su sentido cuando escribía en sus versos de añoranza: “León es para mí como París o Roma en el sentido del espíritu…”
Esa es la verdadera dimensión de nuestro arraigo: aun agradeciendo a las tierras generosas que hoy nos abren sus puertas y nos dan cobijo, el alma nunca olvida de dónde vino. Se puede honrar el hogar que nos recibe sin dejar de sentir el llamado profundo de la patria. Por eso, al mirar hacia Nicaragua desde cualquier rincón del mundo, cobra vida ese reclamo digno y patriótico con el que Darío le recordaba al mundo la grandeza de nuestro suelo: “Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña”.
Así la soñamos y la llevamos en el pecho. Cada nicaragüense que se levanta de madrugada al otro lado de la frontera, que se esfuerza trabajando, que soporta el frío o que alza la voz desde el exilio, lleva a Nicaragua intacta en el corazón. Salir no fue rendirse; fue resguardar la libertad para que no nos apagaran la voz.
Ningún invierno es para siempre y ninguna tiranía dura para siempre. Por más oscura que parezca la noche, la historia no se detiene. Algún día ―y va a ser más pronto de lo que muchos creen y de lo que otros temen― vamos a volver.
Volveremos a cruzar la frontera con el pecho henchido y los ojos llenos de luz, a desempacar la vida que guardamos en la lejanía, a abrazar a los nuestros sin prisa y a plantar firmemente los pies sobre este suelo sagrado que nos pertenece. Volveremos no a contemplar las ruinas del pasado, sino a levantar sobre tierra fértil una nación con dignidad, a cicatrizar el dolor con verdad y a garantizar que en esta patria de todos, pensar distinto vuelva a ser un derecho y jamás una condena.
Hasta que ese día llegue, la patria no se queda atrás: la patria viaja con nosotros en la memoria, en el hablado nica que no se pierde y en la promesa firme de que la última palabra de esta historia no la escribe el desierto del exilio, sino la alegría del regreso. ¡Volveremos!
El autor es abogado defensor de Derechos Humanos, y miembro del Consejo Ejecutivo de la Alianza Universitaria Nicaragüense (AUN)