¿La economía está bien, lo malo es la dictadura?

El editorial del 26 de septiembre del Diario LA PRENSA lleva como título la afirmación “La economía está bien, lo malo es la dictadura”. En el presente artículo transformé la frase anotada en una interrogante, para pasar seguidamente a responderla de manera categórica: La economía no está bien, la gente está peor y, por supuesto, la dictadura intoxica todo el ambiente político, económico y social. Me afianzaré en la frase “dato mata relato” para rebatir el contenido del editorial y, para ello, utilizaré las mismas estadísticas oficiales.

Uno de los ejes de la campaña del régimen —que Ortega repite cada vez que puede— es el siguiente: Nicaragua navegaba en un mar de prosperidad gracias al “modelo de diálogo y consenso” hasta que las protestas de abril del 2018 perforaron el barco. Ocurrió exactamente lo contrario: Las protestas estallaron por una realidad socioeconómica en deterioro, inscrita en un contexto de malestar político.

En efecto, la burbuja inflada a partir de los cuantiosos flujos de la cooperación petrolera venezolana y las preferencias comerciales que otorgó Chávez, unido a corrientes significativas de cooperación tradicional, comenzó a desgajarse cuando mermaron los flujos. Así, en 2012, en pleno período de vacas gordas, el PIB registró un crecimiento del 6.5 por ciento. Pero la burbuja no alcanzó para más. A partir de ese año, a medida que la crisis venezolana fue agravándose, comenzó el declive. Así, para 2017 la tasa de crecimiento anual había caído en 2 por ciento. Anotemos un primer dato socioeconómico asociado al declive del dinamismo económico: En junio del 2017 el INSS llegó a su pico máximo de afiliados: 921 mil afiliados. Para marzo 2018, antes de las protestas, el número había disminuido a 897 mil. Es decir, la economía había perdido su capacidad de generar empleos formales.

El declive económico y en el número de afiliados, junto al despilfarro y la corrupción en el INSS, convirtieron el superávit heredado del gobierno de Enrique Bolaños en un déficit operativo que la dictadura pretendió subsanar con una segunda tanda de reformas que castigaba a empleadores, pensionados y afiliados. Los pensionados salieron a protestar, la dictadura reprimió… y ardió la pradera. La raíz de la crisis sociopolítica fue de naturaleza socioeconómica.

El segundo eje de la propaganda de la dictadura es que ahora, con “la paz”, Nicaragua ha recuperado la senda de la prosperidad y los nicaragüenses nadan en bienestar.

Pasemos entonces a un indicador clave en cualquier economía: el empleo. La dictadura pregona que el índice de desempleo en Nicaragua oscila alrededor del 3 por ciento. Un embuste colosal. Ni los países nórdicos registran semejante tasa. ¿Cuál es la realidad que se esconde detrás del biombo de la campaña? Las encuestas del Inide sobre empleo se basan en una definición de población ocupada: Se considera ocupada a la persona encuestada que al momento de ser entrevistada declara que trabajó “al menos una hora” en la semana previa a la consulta. O sea: Si un trabajador agrícola declaró que cortó café un día de la semana previa, se considera que está empleado, aunque no haya trabajado en el resto de la semana.

En realidad, las precariedades del mercado laboral en Nicaragua se encuentran, ante todo, en el subempleo (definido como la persona que no devenga el salario mínimo o que tiene un empleo a tiempo parcial porque no encuentra un trabajo a tiempo completo) y en una singular categoría: trabajadores sin remuneración. Se refiere, por ejemplo, a quienes laboran en pequeñas empresas familiares, o como ayudantes y aprendices. No reciben salario sino “una ayudita”.

¿Cuáles son los datos oficiales del Inide al cerrar el primer semestre 2026? Desempleo 2.2 por ciento (vamos a aceptar la patraña de la dictadura); subempleo 39.9 por ciento; trabajadores sin remuneración 11.1 por ciento. Es decir, 53.2 por ciento de la población laboral se encuentra en la siguiente condición: No tiene trabajo, o trabaja a medias, o no alcanza el salario mínimo, o no recibe un salario. Con estos datos, sería lógico preguntar cuál era la situación en junio de 2025, un año antes, considerando que la economía creció la formidable cifra de 4.9 por ciento. Estos son los datos correspondientes a junio 2025: Desempleo 2.8 por ciento; subempleo 37.6 por ciento; trabajadores sin salario 12.1 por ciento. Es decir, un año antes la precariedad laboral mostraba un porcentaje similar al año previo: 52.5 por ciento Conclusión: La tasa de crecimiento económico aumentó, pero un indicador macroeconómico clave como es el empleo, más bien decreció, y empeoró la precariedad laboral. Tenemos un modelo económico estéril. La economía crece, pero: no genera empleos.

Pasemos a otro indicador clave: las condiciones de vida de la población, que se mide, principalmente, por la relación entre salarios y precios. Estamos hablando de la capacidad de la población para cubrir sus necesidades básicas. El salario mínimo en 2025 apenas alcanza a cubrir el 43 por ciento de la canasta básica. ¿Mejoró en lo que va de 2026? No. Más bien empeoró, levemente, pero empeoró. ¿Y qué hay del salario nacional promedio de los afiliados al INSS, que es el empleo formal? Las estadísticas oficiales indican que este salario “privilegiado” en las condiciones actuales, en 2025 apenas cubría el 76 por ciento del precio de la canasta básica. ¿Y en lo que va del 2026? Pues de nada sirvió el crecimiento económico porque esta proporción no ha variado.

A las personas pensionadas (casi 400 mil) les va peor. De acuerdo con informes del INSS la pensión promedio en 2023 ascendía a C$6,400. Tomamos este año como referencia porque desde entonces las pensiones no han recibido un centavo de ajuste. Pero el costo de dieta básica, esto es, la comida, pasó de C$14,122 en diciembre 2023 a 15,424 en julio 2026. Un incremento de 1,300 córdobas. Pero las pensiones se mantuvieron inalterables. Evidentemente, las estadísticas macroeconómicas no llenan las mesas de los hogares de los pensionados.

Seguramente en estos datos se basó la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) para reportar que en Nicaragua casi el 30 por ciento de la población no percibía ingresos suficientes para cubrir la dieta básica. Unos días después de la publicación el gobierno rompió con esa organización y cerró sus oficinas en Managua.

Volvamos al principio: el crecimiento económico. Lo más contundente que debemos decir es que el motor decisivo de la economía son las remesas. Una completa aberración: La expresión más flagrante del fracaso económico, político y social de la dictadura que son las migraciones masivas, a la vuelta de la esquina se transforman en miles de millones de dólares que refrescan las estadísticas macroeconómicas, impulsan actividades económicas y alivian en parte la economía de centenares de miles de hogares.

Lo segundo que debemos decir es que entre abril y junio de este año, el ritmo de crecimiento se desplomó de manera muy preocupante: Según datos del Banco Central el comportamiento del IMAE (índice mensual de actividad económica) en abril fue 0.6 por ciento, en mayo 0.9 por ciento y junio 1.8 por ciento. Esto significa que el Producto Interno Bruto creció apuradamente 1.1 por ciento en el segundo trimestre. Un desplome drástico en comparación con el primer trimestre. Esa es la razón por la cual el BCN a esta fecha no ha publicado el comportamiento del PIB en el segundo trimestre. Una cuestión más, de carácter dramático, que ha pasado desapercibida pero que afecta a una de las actividades claves de la economía y a un porcentaje considerable de la población laboral: De acuerdo con las estadísticas del BCN el sector agrícola (tasa de variación promedio anual) lleva tres años consecutivos en números negativos.

Con base en los datos anteriores y otros que por razones de espacio no agrego (servicio de la deuda pública, zonas francas, gasto público, negocio del oro) podemos concluir que el modelo económico impuesto por la dictadura, caracterizado por la corrupción, la dependencia de remesas, la concentración de ingresos y el deterioro de las condiciones de empleo e ingreso de la inmensa mayoría de la población, es lisa y llanamente un fracaso. Aunque lo encubran estadísticas macroeconómicas “robustas”, la realidad es que la gente no se alimenta con estadísticas.

El autor es economista nicaragüense.

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