Cuando Daniel Ortega regresó a la Presidencia de Nicaragua, el 10 de enero de 2007, uno de los invitados más llamativos a su toma de posesión fue el entonces presidente iraní Mahmud Ahmadineyad.
Irán aparecía entonces como uno de los socios más prometedores del nuevo gobierno sandinista y en los meses siguientes comenzaron a anunciarse inversiones iraníes por cientos de millones de dólares: una represa hidroeléctrica, un puerto de aguas profundas, fábricas, viviendas, tractores y plantas procesadoras de alimentos.
Rusia todavía estaba reconstruyendo la relación privilegiada que había mantenido con el sandinismo durante los años ochenta y China ni siquiera tenía relaciones diplomáticas con Nicaragua.
Casi veinte años después, el orden se ha invertido. China, que llegó última, es la potencia que más rápidamente gana terreno en Nicaragua. Rusia se ha consolidado como un socio de largo plazo, especialmente en seguridad, defensa, inteligencia y capacitación policial. E Irán, que comenzó con grandes promesas, mantiene una estrecha relación política e ideológica, pero dispone de mucha menos capacidad para convertirla en inversiones y proyectos concretos.
La transformación aparece reflejada en una investigación elaborada por Gil Guerra, investigador del Hudson Institute y autor del sitio Nicaragua Research, quien presentó sus resultados el 30 de septiembre de 2026 ante el Subcomité para el Hemisferio Occidental del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos.
Guerra coloca actualmente a Rusia y China en una categoría distinta de Irán porque, según explicó, los dos primeros países han fortalecido materialmente la posición del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, mientras la cooperación con Irán continúa siendo “en gran medida simbólica”.
Los tres países tienen en común su enfrentamiento con Estados Unidos y una relación política cercana con Managua, pero aportan cosas diferentes. China proporciona principalmente financiamiento, infraestructura, tecnología, capacitación y acceso a un enorme mercado.
Rusia ha construido durante años una relación privilegiada con el Ejército, la Policía y los organismos de seguridad. Irán ofrece respaldo diplomático y una alianza basada en el discurso antiestadounidense y en el paralelismo que ambos gobiernos hacen entre la Revolución Islámica iraní y la Revolución Sandinista, ocurridas en 1979.

Irán llegó primero
De los tres actuales aliados extrarregionales de Ortega, Irán fue el primero en adquirir protagonismo después de su regreso al poder. Las relaciones existían desde el primer gobierno sandinista de los años ochenta, pero prácticamente desaparecieron del primer plano durante los 16 años en que Ortega estuvo fuera de la Presidencia.
Ahmadineyad llegó a Managua en enero de 2007 y el dictador nicaragüense correspondió la visita cinco meses después. Ortega llegó a Teherán el 10 de junio de 2007 y se reunió con Ahmadineyad y otras autoridades iraníes. Ambos gobiernos presentaban entonces sus revoluciones como procesos hermanos enfrentados al poder estadounidense.
Fue también la época de las grandes promesas. Irán anunció proyectos de generación eléctrica, viviendas populares, plantas industriales y agrícolas y la construcción de un puerto de aguas profundas en Monkey Point, en el Caribe nicaragüense.
Solo el proyecto portuario llegó a estimarse entonces en unos 350 millones de dólares. Se habló además de cuatro centrales hidroeléctricas, miles de viviendas, fábricas de cemento, tractores, autobuses y equipos agrícolas. La gran mayoría nunca se materializó.
Esa sería una de las características de la relación entre Managua y Teherán: una enorme intensidad política acompañada por una capacidad económica limitada. Las visitas continuaron, se firmaron acuerdos y ambos gobiernos mantuvieron un discurso de solidaridad, pero Irán nunca adquirió en Nicaragua una presencia económica proporcional a las promesas formuladas.
Ahmadineyad volvió a Managua en enero de 2012 para otra toma de posesión de Ortega. En agosto de 2016 llegó el canciller Mohammad Javad Zarif, quien incluyó Nicaragua en una gira latinoamericana y volvió a hablar de cooperación en agricultura, energía, banca e incluso en el entonces proyectado canal interoceánico.
El acercamiento recibió otro impulso después de 2021. En febrero de 2023, el canciller iraní Hossein Amir-Abdollahian visitó Managua y en junio de ese mismo año el presidente Ebrahim Raisi llegó a Nicaragua dentro de una gira que también incluyó Venezuela y Cuba. Raisi arribó a Managua el 13 de junio, se reunió con Ortega y Murillo y al día siguiente intervino ante la Asamblea Nacional.

Otra vez hubo acuerdos. Los dos gobiernos suscribieron memorandos sobre cooperación económica, comercial, científica y técnica, colaboración judicial y medicamentos, equipos médicos y productos farmacéuticos. También se volvió a mencionar la posibilidad de ampliar sustancialmente el comercio.
Pero tampoco surgió de esos acuerdos una presencia económica comparable con la que China comenzó a construir casi simultáneamente.
La muerte de Raisi en un accidente de helicóptero el 19 de mayo de 2024 volvió a mostrar la cercanía política entre ambos gobiernos. Nicaragua decretó duelo y mantuvo sus contactos con Teherán. En julio de 2026, una delegación encabezada por el canciller Valdrack Jaentschke viajó a la capital iraní y sostuvo encuentros con el canciller Abbas Araghchi y otras autoridades.
Rusia retoma alianza soviética
Rusia siguió una trayectoria diferente. No necesitaba construir desde cero una relación con el sandinismo porque durante los años ochenta la Unión Soviética había sido uno de los principales aliados políticos, económicos y militares de la revolución.
Miles de nicaragüenses estudiaron en la Unión Soviética y las fuerzas armadas sandinistas recibieron armamento soviético, desde fusiles hasta helicópteros, tanques y sistemas antiaéreos.
La derrota electoral del FSLN en febrero de 1990, seguida por la desaparición de la Unión Soviética en diciembre de 1991, redujo drásticamente aquella relación. El regreso de Ortega al poder permitió reconstruirla.
Uno de los primeros grandes gestos ocurrió en septiembre de 2008, cuando Nicaragua reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur después de la guerra entre Rusia y Georgia. Managua se convirtió en uno de los escasísimos gobiernos del mundo que acompañaron a Moscú en esa decisión.

Tres meses después, Ortega viajó a Rusia. El 18 de diciembre de 2008 se reunió en Moscú con el entonces presidente Dmitri Medvédev y ambos gobiernos suscribieron acuerdos de cooperación. El acercamiento buscaba recuperar uno de sus componentes fundamentales de la relación de los 80: la cooperación militar y de seguridad.
El 11 de julio de 2014 se produjo otro acontecimiento simbólico. Vladimir Putin hizo una escala en Managua durante una gira latinoamericana y fue recibido por Ortega y Murillo. Era la primera visita de un presidente ruso a Nicaragua.
Desde 2009 Rusia suministró a Nicaragua vehículos blindados, helicópteros, lanchas patrulleras y otros equipos. En 2016 comenzó la entrega de 50 tanques T-72, una adquisición valorada entonces en unos 80 millones de dólares y que despertó preocupación en Costa Rica y otros países centroamericanos.
Sin embargo, la parte más importante de la nueva relación no terminó siendo únicamente el armamento.
En 2017 comenzó a operar cerca de Managua una estación del sistema ruso de navegación satelital GLONASS y ese mismo año fue inaugurado el Centro de Capacitación Profesional de la Policía Nacional, construido con apoyo ruso y vinculado al Ministerio del Interior de Rusia.
Ese centro permite observar la diferencia fundamental entre Rusia y China. Moscú no se ha convertido en un gran prestamista de Nicaragua ni financia una cartera de carreteras, aeropuertos, puertos y viviendas semejante a la china. Su fortaleza está en sectores mucho más sensibles: Ejército, Policía, seguridad, inteligencia y capacitación.
La relación se mantuvo incluso después de la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. En junio de ese año Ortega autorizó nuevamente el ingreso de tropas, buques y aeronaves rusas para actividades de entrenamiento, cooperación militar, lucha contra el narcotráfico y asistencia humanitaria.
Un análisis del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), con sede en Washington, calcula que hasta 3,700 efectivos rusos participaron en distintos entrenamientos e intercambios con el Ejército nicaragüense entre 2014 y 2024.
Igual que Irán, las visitas rusas marcan el ritmo de la relación. El canciller Serguéi Lavrov estuvo en Managua el 19 de abril de 2023 y se reunió con Ortega. El 28 de febrero de 2024 llegó Nikolái Pátrushev, entonces secretario del Consejo de Seguridad ruso y uno de los funcionarios más cercanos a Putin, quien sostuvo conversaciones con Ortega y Murillo.
Los viajes también han ocurrido también en dirección contraria. Laureano Ortega Murillo, hijo de la pareja gobernante y principal operador de las relaciones con Rusia y China, ha viajado repetidamente a Moscú y San Petersburgo. El jefe del Ejército, general Julio César Avilés, también ha estado en Moscú para encuentros relacionados con seguridad.
En 2025 y 2026 Rusia y Nicaragua establecieron instrumentos de cooperación jurídica y en junio de 2026 suscribieron tratados de extradición y traslado de prisioneros. Para mayo de este año Moscú ratificó además un acuerdo militar que permite capacitación en seguridad y visitas de buques y aeronaves rusas.

Francisco Díaz, uno de los jefes policiales, ha informado que 500 agentes nicaragüenses son entrenados cada año por el Ministerio del Interior ruso, incluso en áreas de “inteligencia y contrainteligencia”.
Hay, sin embargo, un cambio llamativo. El investigador Gil Guerra detectó que Rosario Murillo dejó de mencionar a Rusia como socio de seguridad en sus intervenciones públicas desde finales de 2025, aunque la cooperación siguió profundizándose.
Guerra considera que el régimen podría estar tratando de reducir la visibilidad del vínculo ante Estados Unidos. Rusia, por tanto, no está bajando necesariamente. Lo que baja es la exposición pública de una relación que continúa desarrollándose en ámbitos sensibles.
China: de cero a socio estratégico
China presenta la evolución más espectacular porque prácticamente toda la relación actual se construyó en menos de cinco años.
Hasta diciembre de 2021, Nicaragua mantenía relaciones diplomáticas con Taiwán y no con la República Popular China. Eso cambió el 9 de diciembre de 2021, cuando el gobierno de Ortega rompió relaciones con Taipéi.
El movimiento fue extraordinariamente rápido. Al día siguiente, 10 de diciembre, una delegación encabezada por Laureano Ortega Murillo firmó en Tianjin el comunicado que restableció oficialmente las relaciones diplomáticas entre Managua y Beijing.

Desde entonces, China avanzó en Nicaragua a una velocidad que ni Rusia ni Irán habían conseguido. En 2022 comenzaron los acuerdos comerciales. En 2023 se negoció y firmó un Tratado de Libre Comercio y el 1 de enero de 2024 entró en vigor. Paralelamente comenzaron a multiplicarse los proyectos de carreteras, viviendas, energía, transporte, telecomunicaciones, infraestructura aeroportuaria y minería.
También aumentaron aceleradamente los viajes. Laureano Ortega se convirtió en el principal interlocutor. En febrero de 2023 encabezó una delegación que viajó a China junto con funcionarios económicos del régimen.
El 11 de julio de ese mismo año Laureano Ortega se reunió en Beijing con Wang Yi, máximo responsable de la política exterior del Partido Comunista chino. En noviembre regresó a la capital china para nuevos encuentros políticos.
El 19 de diciembre de 2023, Xi Jinping y Daniel Ortega sostuvieron una conversación telefónica y elevaron las relaciones a la categoría de “asociación estratégica”. Habían transcurrido apenas dos años desde el restablecimiento de relaciones diplomáticas.
A diferencia de Irán, que acumulaba memorandos y proyectos frustrados, China tenía capacidad financiera para ejecutar obras. Y a diferencia de Rusia, cuya cooperación se concentraba fundamentalmente en seguridad, China podía penetrar simultáneamente en múltiples sectores de la economía.
El aeropuerto de Punta Huete es uno de los ejemplos más grandes. El proyecto está financiado mediante crédito chino y ejecutado por la estatal China CAMC Engineering. A este se han añadido carreteras, viviendas, autobuses, proyectos energéticos y, más recientemente, el puerto de aguas profundas de Bluefields.
Entre julio y septiembre de 2026, según los cálculos presentados por Guerra ante el Senado estadounidense, la empresa china encargada de Punta Huete obtuvo además contratos por unos 210 millones de dólares para el puerto de Bluefields. Durante el primer semestre de este año, el gobierno nicaragüense gastó en Punta Huete casi tanto como en todo el Ejército.
El avance más vertiginoso está ocurriendo bajo tierra. Desde enero de 2024, empresas vinculadas con capital chino han recibido 80 de las 102 nuevas concesiones mineras otorgadas por Nicaragua. En conjunto abarcan aproximadamente el diez por ciento del territorio nacional.

Guerra calcula que las propiedades mineras vinculadas a empresas chinas pasaron de unas 238,000 hectáreas en agosto de 2024 a 1.57 millones de hectáreas en septiembre de 2026. Un crecimiento de más de seis veces en apenas dos años.
China ya no se limita a infraestructura y comercio. Comienza a entrar en un terreno que durante años había sido fundamentalmente ruso: la seguridad.
El general Julio César Avilés ha viajado tanto a Moscú como a Beijing para conversaciones sobre seguridad. Y la Policía nicaragüense mantiene ahora programas de capacitación con ambos países.
Rusia entrena anualmente a unos 500 policías nicaragüenses. China capacita a otros 400 agentes cada año a través de su Ministerio de Seguridad Pública, incluyendo formación en videovigilancia e inteligencia artificial.
En agosto de 2026 fue inaugurado además en Momotombo un centro de respuesta a emergencias construido por China. Sus capacidades incluyen comunicaciones, procesamiento de datos y monitoreo.
Guerra advierte que esas características permitirían potencialmente un uso dual, civil y militar, de las instalaciones, aunque aclara expresamente que esa posibilidad continúa siendo especulativa.
China, por tanto, está comenzando a superponerse con Rusia. La diferencia es que Rusia llegó al aparato de seguridad a través de décadas de relación con el sandinismo, mientras Beijing ha necesitado menos de cinco años para comenzar a participar también en ese terreno.