Un apellido honorable

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El apellido Chamorro provoca a menudo la ira y el odio de los codictadores, que se refieren a nuestro apellido en términos peyorativos caracterizándolo, en su distorsionada narrativa histórica, como sinónimo de dictadura y entreguismo. Quizás esa sea la manera de justificar la represión de la que ha sido objeto nuestra familia a partir del 2018.

No es casualidad que cuatro primos hermanos Chamorro, Cristiana, Juan Lorenzo, Juan Sebastián y quien escribe, todos nietos de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Margarita Cardenal de Chamorro, en adición a otro primo, José Adán Aguerri Chamorro, fuimos declarados “traidores a la Patria”, desnacionalizados y confiscados, luego que abordamos el vuelo de los 222 exprisioneros políticos aquella mañana del 9 de febrero de 2023.

Sacando cuentas, es revelador que cinco de los 222 pasajeros de aquel memorable vuelo llevan, y a mucha honra, el apellido Chamorro; seguramente el mayor número de una misma familia que viajaba en dicho avión al destierro.

Desde muy temprana edad, mi padre Pedro Joaquín Chamorro Cardenal me inculcó el orgullo por el papel que ha jugado la familia Chamorro desde la Independencia, hasta nuestros días. Él mismo con su ejemplo de toda una vida y por sus propios méritos fue declarado por el pueblo a raíz de su asesinato, el 10 de enero de 1978, Mártir de las Libertades Públicas y el 3 de octubre del 2012 fue declarado Héroe Nacional en forma unánime, por la Asamblea Nacional.

Mi tatarabuelo Pedro Joaquín Chamorro Alfaro y su hermano menor, el general Fernando Chamorro Alfaro (Héroe Nacional), lucharon desde el inicio contra el filibustero William Walker y su falange. El primer grito de guerra instando a todos los nicaragüenses a combatir a Walker tuvo lugar en San Fernando, Masaya, el 18 de octubre de 1855, pocos días después de la toma incruenta de Granada.

Fue el bando de la histórica Proclama Patriótica, un documento que mi padre atesoraba, que fue firmada por mi tatarabuelo un año antes de la Batalla de San Jacinto el 14 de septiembre de 1856, y de que se firmara en León el 12 de septiembre de 1856 el Pacto Providencial que puso fin a la guerra civil entre legitimistas y democráticos (conservadores y liberales), asegurando así la participación de los ejércitos centroamericanos en la Guerra Nacional.

Fernando Chamorro por su parte, vendió todas sus pertenencias para construir el Ejército del Septentrión y luchó durante toda la campaña contra Walker, siendo el vencedor de la Batalla de El Jocote, en Rivas, una de las últimas batallas contra el filibustero antes de ser expulsado de Nicaragua en San Juan del Sur a bordo de una fragata norteamericana.

Es cierto que durante los más de 200 años de vida independiente de Nicaragua varios miembros de la familia Chamorro han ocupado la Presidencia de la República, pero como bien señala el historiador doctor Julio Ruiz Quezada en un artículo publicado en LA PRENSA en febrero de 2021, titulado La familia Chamorro en la historia nacional, en el que repasa el papel de la familia en la formación de la nación: “No tienen nada de que afrentarse, los que ocuparon la Presidencia nunca fueron dictadores, tiranos, o dinastas”.

Ningún Chamorro que llegó al poder tuvo afán reeleccionista o dijo, para preservarlo a cualquier costo: “Vamos con todo”. Todos dieron el ejemplo republicano —que tanto ha escaseado en nuestra historia— de marcharse a su casa al cumplir el término de su mandato y ciertamente ninguno pretendió la sucesión de un hijo o de su cónyuge, como ocurre en las monarquías absolutistas y tal como ocurre actualmente en Nicaragua.

Pedro Joaquín Chamorro Alfaro fue presidente de la República por cuatro años exactos, del 1 de marzo de 1875, al 1 de marzo de 1879, y no por 30 años como dio a entender recientemente el codictador Ortega en una de sus disparatadas “lecciones de historia”.

Esa animadversión hacia los Chamorro es extensiva a veces hacia mi madre, Violeta Barrios de Chamorro, quien con igual orgullo con que llevó su apellido Barrios, adoptó y honró el apellido Chamorro de su marido, dando continuidad y materializando sus ideales y trajo al pueblo nicaragüense las preseas más valoradas, que son la paz, la libertad y la democracia.

Su popularidad y reconocimiento nacional e internacional jamás le hicieron caer en la tentación de intentar repetirse en el poder, a pesar de que pudo legalmente en el 2001, o extender su mandato siquiera un día más de lo que prescribía la Constitución vigente, la que nunca pretendió reformar para alargar su permanencia en el poder.

Ella no tuvo mayores aspiraciones más que la de cumplir su misión y retirarse a su casa después de haber logrado la condonación de la agobiante deuda externa de 12,500 millones de dólares que heredó del gobierno sandinista. Durante su gobierno, mantuvo la vigencia irrestricta de las libertades ciudadanas y no hubo un solo preso político, ni mucho menos un desterrado o desnacionalizado. Por el contrario, miles de nicaragüenses exiliados en los 80 retornaron a su país produciéndose una ola de migración inversa.

Es bien fácil defender la trayectoria de mi familia en la historia nacional porque está a la vista de todos. Ortega y Murillo no pueden, ni podrán, defender la suya.

Cuando la borrasca de la dictadura dinástica que actualmente presiden haya llegado a su fin, sus descendientes tendrán mucho que explicar ante la historia y las generaciones venideras.

El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de LA PRENSA de 1981 a 1984.

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