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Dirigir las Naciones Unidas siempre ha sido un ejercicio de equilibrio, pero el colapso del orden mundial de la posguerra ha añadido una nueva dimensión de complejidad a este rol. El próximo secretario general, que asumirá el cargo en 2027, ocupará la posición más destacada en la gobernanza multilateral en un momento en que el multilateralismo se encuentra, posiblemente, en su punto más bajo. Para reconstruir la confianza en la cooperación internacional, el líder de la ONU debe ver esta crisis como lo que realmente es: una oportunidad sin precedentes para una reforma fundamental.
Siete candidatos compiten por suceder a António Guterres, si bien la tercera votación informal del Consejo de Seguridad de la ONU ha reducido aún más el número de aspirantes (indicando la voluntad de los miembros de respetar el principio de rotación regional, según el cual el próximo secretario general será de América Latina o el Caribe). Rebeca Grynspan, de Costa Rica, y Carolyn Rodrigues Birkett, de Guyana, se perfilan como las dos principales candidatas, pero la ausencia de una clara favorita podría propiciar la entrada de un aspirante de última hora.
Quienquiera que sea finalmente seleccionado necesitará una hoja de ruta transformadora para los primeros 100 días (y más allá) para definir la trayectoria de la ONU y garantizar que la gobernanza global se adapte al siglo XXI. Cepei, el centro de estudios con sede en Bogotá que dirijo, se ha asociado con organizaciones de todo el mundo y ha convocado consultas regionales con destacados académicos, ex diplomáticos, responsables políticos, profesionales y otras partes interesadas para reflexionar sobre la agenda y las prioridades del próximo secretario general de la ONU y el futuro del liderazgo de la ONU en general.
Estas reuniones demuestran que las expectativas son altas. Si bien las facultades independientes del secretario general de la ONU son limitadas, el titular ejerce influencia política, representa la voz pública de la organización, nombra a altos funcionarios y supervisa la gestión. Por lo tanto, la pregunta es: ¿cómo puede el próximo secretario general demostrar liderazgo, credibilidad y visión de futuro en sus primeros 100 días, operando dentro de estos límites?
Para empezar, el próximo secretario general debería centrarse en transmitir un mensaje coherente y en aprovechar el calendario, en gran medida predecible, de la ONU para lograr algunos éxitos iniciales. Debería comenzar con claridad política, no con una expansión temática; completar las agendas existentes, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible y los acuerdos climáticos; y cambiar el enfoque de la proliferación a la ejecución. De manera más fundamental, el nuevo jefe también debe comprometerse a hacer que el poder sea más transparente; integrar la inclusión en todo el sistema de las Naciones Unidas; fortalecer la coordinación con los Estados miembros; y garantizar que la financiación esté alineada con la gobernanza.
Esto implica reconstruir la confianza desde dentro. Al nombrar al equipo directivo superior, el próximo secretario general debería seleccionar personas que demuestren valentía política, criterio independiente, disciplina en la priorización de tareas, disposición para asumir riesgos y afrontar las críticas, y un compromiso renovado con la mediación. Dichos líderes estarán bien posicionados a largo plazo para incentivar la coordinación, forjar coaliciones que perduren más allá de su mandato e impulsar un cambio estructural y organizativo significativo, respaldado por mecanismos de rendición de cuentas concretos.
Infundir un renovado sentido de propósito en una plantilla de aproximadamente 120,000 personas que luchan contra la baja moral y presupuestos extremadamente ajustados requerirá un diagnóstico convincente de los desafíos de la ONU, una visión para su futuro y prioridades de acción. El diagnóstico debe centrarse, ante todo, en los factores políticos, ya que muchos de sus problemas se derivan de decisiones tomadas por los Estados miembros, el debilitamiento del consenso y el cambio en las relaciones de poder. Sin duda, esto limita lo que la reforma institucional —o el secretario general por sí solo— puede lograr de manera realista. Pero, más importante aún, sugiere que la agenda de selección y transición debe abordar no solo las expectativas para el próximo secretario general, sino también lo que los Estados miembros están dispuestos a ofrecer a cambio.
El secretario general heredará la Iniciativa UN80 , aún sin terminar, cuyo objetivo es mejorar la eficiencia, revisar la aplicación de los mandatos del organismo y examinar posibles cambios estructurales y reajustes programáticos. En los primeros 100 días, deberán tomarse decisiones importantes sobre qué partes de la agenda de reformas continuar, cuáles ajustar y cuáles abandonar, teniendo en cuenta la necesidad de evitar el agotamiento ante las reformas y garantizar que la siguiente fase sea definida y asumida por los Estados miembros.
A nivel nacional, el secretario general también debe tomar decisiones difíciles sobre las actividades que la ONU ya no debería llevar a cabo, al tiempo que mejora la ejecución, la localización y la coordinación. Esto requiere mayor claridad sobre dónde aporta valor la ONU, centrándose en su legitimidad universal, su capacidad de convocatoria y de establecimiento de normas y, quizás lo más importante, la mediación y los buenos oficios. El principio rector debe ser la diferenciación, no la retirada: continuar la ejecución directa cuando sea necesario, recurriendo con mayor deliberación a los actores regionales y nacionales cuando estén en mejor posición para actuar.
Por último, para reducir la dependencia de la ONU de las contribuciones voluntarias y los recursos específicos, a menudo provenientes de un número reducido de donantes importantes, el próximo secretario general debería empezar a colaborar con los Estados miembros para desarrollar un modelo de financiación más sostenible. Esto implica prepararse para utilizar estratégicamente los mecanismos de autoridad existentes de la organización para alinear la financiación con la gobernanza, lo que fortalecería la eficacia y la rendición de cuentas del sistema. Esto podría lograrse maximizando la financiación voluntaria no específica y creando líneas de financiación para proyectos concretos (donde los costos de transacción no distorsionen la gobernanza), al tiempo que se proporciona a los contribuyentes el reconocimiento político adecuado y una mayor transparencia.
La agenda más amplia del nuevo secretario general de la ONU —restaurar la paz, proteger a los más vulnerables y convencer al mundo de que actúe contra el cambio climático y regule la IA— representa un desafío formidable, especialmente dado que la inestabilidad geopolítica dificulta los esfuerzos por alcanzar un consenso o brindar soluciones a largo plazo. La ONU no se ha adaptado con la suficiente rapidez a la realidad multipolar actual, en la que la influencia se encuentra dispersa en múltiples ámbitos. La participación superficial y los discursos negativos refuerzan la sensación de exclusión, profundizando la crisis de legitimidad.
Pero el próximo secretario general puede cambiar esa trayectoria. Si bien reconstruir la legitimidad no será fácil ni inmediato, un líder que demuestre sólidas habilidades de gestión y un compromiso con la reforma en los primeros 100 días proporcionará una base importante sobre la cual construir una ONU revitalizada.
El autor es director de Cepei, un centro de estudios independiente con sede en Bogotá que se especializa en gobernanza global, datos y digitalización para acelerar el desarrollo sostenible.
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