Deykel y la valentía de la mujer nicaragüense

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Abrirse paso después de una persecución política es aprender a vivir con una puerta cerrada a la espalda. Se sale para ponerse a salvo, pero llegar a otro país no significa haber encontrado refugio. Lo primero es buscar cómo regularizar la situación migratoria: conseguir que una oficina reconozca el derecho a permanecer allí, mientras la vida sigue reclamando comida, trabajo y techo.

Quienes conocemos el exilio sabemos cuánto pesa esa espera. Antes de reconstruir una vida, hay que demostrar por qué no se puede regresar a la anterior. Contar la amenaza, ordenar documentos, volver a explicar el miedo. La persecución se convierte en expediente; el dolor debe encontrar una casilla donde quepa.

A menudo, al perseguido político se le borra la historia en cuanto cruza la frontera. Ya no se ve al periodista amenazado ni al ciudadano castigado por disentir. Se ve a un inmigrante más, alguien que viene a recoger las migas que caen de la mesa del país receptor.

Esa mirada hiere. No porque el exiliado sea superior a quienes emigran por otras razones, sino porque ninguna vida merece reducirse a una categoría. Llegamos con conocimientos, afectos y un oficio. También con cansancio. Necesitar ayuda no nos vuelve personas sin nada que ofrecer.

Pienso en Luis Galeano, detenido por ICE en Orlando mientras trabajaba como conductor de Uber. Un periodista que seguía ejerciendo desde el exilio y buscaba ingresos adicionales al volante. No hay deshonra en conducir. La injusticia empieza cuando se mira al conductor y se deja de reconocer al periodista.

Tras su detención, Deykel Santamaría (esposa de Luis Galeano) anunció que asumiría la conducción de Café con Voz, programa en cuya producción ya trabajaba. Hay una valentía en ese paso: continuar una conversación pública cuando la propia vida se ha llenado de preguntas sin respuesta.

No necesitamos inventar sus pensamientos. Basta mirar su decisión. Hay un programa que preparar, noticias que comprobar, personas a las que escuchar. La incertidumbre por Luis no desaparece mientras se atienden esas tareas. Sigue allí, aunque la voz consiga salir serena.

Las mujeres periodistas conocen esa distancia entre lo que el público escucha y lo que cuesta llegar al micrófono. Detrás de una pregunta hay preparación; detrás de una noticia, verificaciones. Su coraje vive
también en proteger una fuente, corregir un dato y negarse a publicar aquello que todavía no pueden demostrar.

En Nicaragua, ejercer el periodismo independiente ha significado enfrentar persecución y exilio. Las mujeres que lo sostienen merecen reconocimiento por su oficio, no solamente por el dolor soportado para
conservarlo. Investigan, editan, entrevistan y conducen. Tienen criterio y voz propios.

Deykel merece ser escuchada así. Su vínculo con Luis forma parte de esta historia, pero no la cuenta entera. Ponerse al frente revela experiencia, capacidad y una voluntad que merece reconocimiento.

Admirar su fortaleza no debe servir para dejarla sola. Ninguna mujer tiene la obligación de ser invulnerable. Ninguna periodista debería necesitar una valentía excepcional para ejercer un derecho ordinario. La solidaridad tiene que acompañar, aliviar cargas, defender garantías. El elogio, por hermoso que sea, no basta.

Deykel recuerda la entereza de tantas mujeres nicaragüenses que han debido reconstruir proyectos lejos de su tierra. Mujeres que trabajan mientras esperan, que buscan respuestas y mantienen abiertos espacios donde otros pueden hablar.

Ella ha decidido continuar. La escucharemos por la preocupación que compartimos por Luis, pero también por ella: por sus preguntas, su experiencia y su manera de conducir el programa.

No llegamos al exilio para recoger migas. Llegamos para vivir con dignidad. Y cuando Deykel se acerque al micrófono, merece que escuchemos su voz y reconozcamos, sin reducirla al dolor, su lugar propio en esta historia.

El autor es exiliado nicaragüense.

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