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A partir de este martes 22 de septiembre, y durante los días siguientes, se llevará a cabo la llamada Semana de Alto Nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su 81º período de sesiones anuales.
Durante esta semana, cerca de 130 jefes de Estado y de Gobierno, y en algunos casos sus representantes personales, desfilarán por el podio de la Asamblea General de la ONU para decir sus discursos sobre la situación mundial.
“Un mundo en llamas para una ONU en ruinas”, tituló el periódico español El País un reportaje publicado el pasado domingo sobre las expectativas del debate de alto nivel mundial que habrá esta semana en Nueva York.
Algunas personas muy preocupadas opinan que la situación es tan compleja que podríamos estar al borde de la tercera guerra mundial. Llegan a esa conclusión pesimista por la continuación de la desgastante guerra de Estados Unidos contra Irán, la guerra de Rusia contra Ucrania que va para cinco años y su amenaza de extenderse a otros países de Europa Oriental, el ataque de los terroristas hutíes musulmanes aliados de los ayatolas iraníes a Arabia Saudita, el agravamiento de la crisis de suministros petroleros por los bloqueos al Estrecho de Ormuz, etc.
En realidad, según organismos especializados, actualmente hay más del doble de guerras y otros conflictos armados que los registrados hace quince años. Más de 60 Estados y alrededor de 120 grupos armados no estatales están involucrados en guerras y otros enfrentamientos violentos.
La Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona, que analiza regularmente los conflictos armados y los procesos de paz, en su informe Alerta 2026 registra este año “entre 40 y 60 conflictos armados mayores o de alta intensidad (con miles de víctimas o impacto geopolítico grave) solo en regiones críticas como Medio Oriente, Europa Oriental y el Sahel. Pero esas son solo las guerras y conflictos bélicos principales. Según la Cruz Roja Internacional, son más de 130 los conflictos armados activos que hay actualmente en el mundo.
Otras investigaciones indican que “en los últimos 3,500 años solo ha habido pequeños períodos acumulados de relativa calma global (aproximadamente unos 230 a 268 años). Estos cálculos se refieren exclusivamente a la ausencia de grandes conflictos entre imperios o potencias. Sumando los choques tribales, rebeliones civiles, incursiones fronterizas y guerras locales que no quedaron asentadas por escrito, se vuelve prácticamente imposible encontrar un solo día sin violencia organizada en el planeta”.
Eso que —según algunos historiadores, antropólogos, sociólogos y filósofos— la guerra y no la paz es la condición de la existencia humana. Según el científico biólogo estadounidense contemporáneo, Mark W. Moffer: “Vistas desde la perspectiva de la naturaleza, las tendencias bélicas de los humanos no son una anomalía. El misterio, entonces, reside en el surgimiento no de la guerra, sino de la paz… Nuestro arraigado instinto de autoprotección sin duda seguirá llevándonos a considerar la violencia contra los forasteros (y los demás) cuando los tiempos sean difíciles y la competencia extrema».
Volviendo, para terminar, al debate de más alto nivel que habrá esta semana en la ONU sobre la situación del mundo, cabe señalar que a pesar de los temores de que la humanidad pudiera estar al borde de la tercera guerra mundial, la verdad es que seguimos viviendo en el período de la “larga paz”. Así ha llamado el historiador y politólogo estadounidense de la Universidad de Yale, John Lewis Gaddis, a la etapa histórica que va desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, en 1945, hasta ahora.
Este período, según Lewis Gaddis, se caracteriza por la ausencia de choques armados directos entre las grandes potencias, y en su lugar la ocurrencia de “guerras subsidiarias o proxy wars en países en desarrollo”.
Pero no hay que confiarse. Jugar con fuego siempre puede causar grandes incendios que podrían ser terriblemente desastrosos. Sobre todo, cuando los bomberos se encuentran en una grave crisis de recursos y capacidad de actuar con rapidez y eficacia. Que sin duda es el caso de la ONU, cuya misión principal consiste precisamente en evitar que ocurra otra guerra mundial.