Opinión
/ Sigmar Gabriel

La guerra en una era de potencias débiles

La decisión de Estados Unidos e Israel de entrar en guerra con Irán está demostrando ser un punto de inflexión en el equilibrio de poder global, dejando a Estados Unidos y China más débiles que antes. Nadie en Europa debería celebrarlo, pues el modelo europeo actual no está preparado para protegerse en el peligroso mundo de las potencias débiles.

Si bien el intento del presidente estadounidense Donald Trump de forzar a Irán a retroceder por la vía militar ha fracasado estrepitosamente y ha puesto de manifiesto los límites del poder estadounidense, China también se ha visto debilitada por la guerra. Los bloqueos en curso del estrecho de Ormuz y el mar Rojo restringen los suministros y el comercio, agravando los problemas estructurales preexistentes de China: una elevada deuda pública, un tipo de cambio artificialmente bajo, desempleo juvenil, desigualdad económica y una población que envejece. Si China no alcanza su objetivo de crecimiento, o incluso lo logra por un margen estrecho, el régimen del presidente Xi Jinping podría verse cada vez más acorralado.

En contraste, la guerra en Ucrania ha supuesto una gran ventaja económica para China. El suministro, sujeto a sanciones, de petróleo y gas ruso e iraní le ha permitido satisfacer sus enormes necesidades energéticas prácticamente sin incurrir en los costes de asegurar sus rutas comerciales marítimas. Además, ha obtenido cuantiosos beneficios con la venta de bienes de doble uso a Rusia. La energía barata, junto con una moneda artificialmente devaluada y una economía subvencionada por el crédito, ha ayudado a China a mantener la producción y a conservar su competitividad en costes a pesar del debilitamiento de la demanda interna.

La guerra en Irán amenaza con trastocar la situación de China. China, el mayor importador de petróleo del mundo, no solo perdió una gran parte de su suministro energético de la noche a la mañana, sino que también descubrió la escasa influencia que ejerce sobre sus «socios». A pesar de su relación especial con Irán, China no ha logrado persuadir a la República Islámica para que reabra el estrecho de Ormuz o, al menos, permita el paso de buques chinos.

Para Estados Unidos, por su parte, la guerra contra Irán es un desastre en materia de política exterior y seguridad nacional. No se ha logrado ninguno de sus objetivos militares, el costo para los contribuyentes es enorme y no se vislumbra el fin del conflicto.

Tanto China como Estados Unidos dependen cada vez más de la deuda para encubrir sus problemas subyacentes. Un mundo en el que incluso las dos superpotencias se debilitan es un lugar peligroso. A medida que su poder e influencia disminuyen, nuevos actores y alianzas se apresuran a llenar el vacío. La alianza de defensa firmada recientemente entre Turquía, Arabia Saudita y Pakistán es un claro ejemplo.

El debilitamiento del poder estadounidense y chino ofrece a la Unión Europea la oportunidad de reinventar su papel global, pero parece conformarse con una retórica vacía. Si bien la UE lleva tiempo aspirando a convertirse en una fuerza geopolítica, sigue estancada en disputas insignificantes y ni siquiera logra liberar su economía de la maraña de obstáculos burocráticos que la frenan.

Europa puede lamentar estos cambios y mantenerse al margen, o puede aprovechar la oportunidad para convertirse en una potencia geopolítica. Pero para ello necesita defender sus propios intereses, implementar reformas estructurales de gran alcance, fortalecer sus capacidades de defensa y salvaguardar sus rutas comerciales marítimas estratégicas y sus cadenas de suministro de materias primas.

Para mantener su relevancia global, la UE debe replantearse su modelo de gobernanza. Su diversidad es, a la vez, su mayor ventaja y su mayor debilidad, ya que el modelo actual del bloque exige el consenso de 27 Estados miembros cuyos intereses no siempre coinciden. El resultado es un proceso laborioso y prolongado en el que la necesidad de complacer a todos garantiza que las políticas rara vez superen el mínimo común denominador. Los Estados miembros con ideas afines tienen poca libertad para liderar cuestiones específicas, y sus iniciativas suelen verse sofocadas por la presión para que se adopten soluciones a nivel de la UE.

Esta insistencia en la uniformidad se extiende también a las relaciones con países fuera de la UE. La relación del bloque con el Reino Unido tras el Brexit es un claro ejemplo, al igual que sus prolongadas negociaciones sobre acuerdos de libre comercio y el fortalecimiento de sus lazos con Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

Nada de esto debería sorprender: el proyecto europeo surgió de la necesidad de proteger a Europa de sí misma, superando divisiones centenarias. Hoy, sin embargo, Europa debe protegerse de las amenazas externas, un desafío fundamentalmente diferente para el que su modelo actual resulta inadecuado.

Los líderes europeos podrían aprender del sector privado. Al igual que en Europa, la mayor fortaleza de las grandes corporaciones —una cartera de productos altamente diversificada— era también su mayor debilidad. Mantener todos los productos y servicios bajo una estructura centralizada se había vuelto demasiado costoso y engorroso. La solución consistió en otorgar mayor autonomía a las distintas divisiones, conservando al mismo tiempo el control legal sobre las actividades principales. Al pasar de conglomerados integrados a estructuras tipo holding, muchas empresas se volvieron más ágiles y eficientes, reduciendo costes y cargas administrativas.

El modelo corporativo, por supuesto, no puede aplicarse directamente a las relaciones entre países. Sin embargo, la UE podría adoptar su lógica subyacente y ofrecer a sus socios democráticos más que una simple disyuntiva entre la plena membresía y la exclusión. Permitir diferentes niveles de integración podría abrir nuevas posibilidades, especialmente para países como Turquía, que llevan décadas esperando unirse a la UE, pero que probablemente no lo consigan a corto plazo.

Por muy imposible que parezca la reforma de la UE, conviene recordar que hace 70 años pocos habrían imaginado el bloque en su forma actual. Si Europa quiere evitar repetir los capítulos más oscuros de su historia, debe volver a aspirar a lograr lo que parece políticamente imposible. En una era de potencias débiles, esto implica replantearse su organización para alcanzar el papel que desea desempeñar en el mundo.

Los autores, Peter Eitel es asesor de riesgos geopolíticos y profesor invitado en la Universidad Leuphana de Lüneburg; Sigmar Gabriel fue ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller alemán, es presidente de Atlantik-Brücke.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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