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Queridos hermanos y hermanas:
Las lecturas de este domingo nos recuerdan que, como Iglesia, somos hermanos y hermanas, responsables unos de otros y necesitados unos de otros. No somos personas aisladas ni autosuficientes. En una cultura de la competencia y del individualismo, los cristianos somos distintos: somos centinelas que cuidamos a los demás (Ez 33,7), somos deudores de amor para con nuestros hermanos (Rom 13,8) y somos capaces de ponernos de acuerdo para pedir algo a Dios en la oración (Mt 18,19).
En la antigüedad, las ciudades tenían murallas defendidas por centinelas, hombres que velaban de noche para proteger a la población de cualquier ataque. El centinela no puede dejar de mirar: su función le obliga a permanecer despierto mientras los demás duermen o están distraídos. En la Biblia, el verdadero centinela que vela por su pueblo es Dios mismo: “No duerme tu guardián, no duerme ni reposa el guardián de Israel (…), el Señor te guarda de todo mal, él guarda tu vida” (Sal 121,5-6). Dios nunca deja de cuidarnos. Está siempre atento para guiarnos y protegernos. Vivimos bajo su mirada amorosa.
En la primera lectura, el profeta Ezequiel recibe precisamente esa misma misión: “Te he constituido centinela para la casa de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, tú se la comunicarás de mi parte” (Ez 33,7). Ezequiel acompañó a su pueblo en el destierro de Babilonia, sosteniendo su fe y su esperanza de volver un día a la patria y de construir una sociedad nueva. Un profeta escucha lo que Dios le dice y no calla: denuncia el mal, advierte de sus consecuencias y llama a la conversión, aun sabiendo que esta misión puede costarle la persecución e incluso la vida. Si calla, el Señor le pedirá cuentas (cf. Ez 33,8); si los profetas no cumplen su misión, son, como decía Isaías, “perros mudos, incapaces de ladrar” (Is 56,10).
Los pueblos necesitan centinelas que denuncien el mal cuando este se enquista en el poder. Callar ante la injusticia para evitar conflictos o mirar hacia otro lado para no comprometernos nos vuelve cómplices, igual que el centinela que ve venir el peligro y no da la alarma. No podemos, por ejemplo, ser espectadores pasivos mientras las dictaduras imponen estructuras políticas abusivas que no solo destruyen la democracia, sino que también atentan contra la libertad del pueblo y su derecho a ser sujeto de su propia historia. Y denunciar estas arbitrariedades no es un discurso de odio ni un atentado contra la paz. Llamados por Dios a ser centinelas de la historia, los cristianos denuncian la injusticia como una exigencia de la fe y del amor.
No solo somos centinelas; también somos deudores del amor. San Pablo nos lo recuerda hoy: “No tengan con nadie otra deuda, que la del amor mutuo” (Rom 13,8). Por eso, ante el mal que comete un hermano, no podemos desentendernos como Caín, quien, cuando Dios le preguntó por su hermano Abel, respondió con cinismo: “¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?” (Gn 4,9). A imagen de Dios, guardián de Israel, todos somos guardianes y centinelas amorosos de nuestros hermanos: su vida nos importa, es también nuestra responsabilidad.
Por eso Jesús nos habla hoy del difícil y delicado arte de la corrección fraterna, hecha con franqueza pero con misericordia, con prontitud pero con paciencia: “Si tu hermano llega a pecar, ve y corrígelo a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano” (Mt 18,15). Hay quienes se afanan por ganar prestigio, poder o dinero; el cristiano se afana por ganar hermanos. Un hermano recuperado es un tesoro que ninguna otra ganancia iguala. Corregir para ganar al hermano exige delicadeza: hablar sin humillar, dialogar y escuchar, buscar su bien y no su condena, intentar convencerlo antes que vencerlo. Quien nos ama de verdad sabe corregirnos; quien no nos ama solo sabe herirnos o adularnos.
Si el hermano no escucha, Jesús pide paciencia, no precipitación: buscar el apoyo de uno o dos más y, solo después, si persiste el silencio, acudir a la comunidad (cf. Mt 18,16-17). Y si ni siquiera así responde, no lo desechamos: seguimos tratándolo como Jesús trataba a quienes parecían más alejados, sin cansarnos jamás de ofrecerle un nuevo comienzo. Este camino debería ser la forma habitual de resolver los conflictos entre nosotros. Sí, es difícil. Lo más fácil es callar, guardar resentimiento o murmurar. Pero Jesús nos propone un camino más eficaz: antes del resentimiento, la condena o el chisme, hay que ejercer la libertad interior a través de la caridad de una corrección hecha con respeto.
Somos, además, personas capaces de “ponernos de acuerdo en la tierra” (Mt 18,19). Aun en medio de la diversidad, podemos tener deseos comunes, compartir proyectos o soñar con una convivencia más justa, esforzándonos por descubrir lo que nos une antes que lo que nos separa. Pienso en las divergencias entre algunos líderes que, aun compartiendo el mismo anhelo de libertad, se enzarzan en luchas internas. Aferrarse a una ideología, a la sigla de un grupo o al protagonismo personal se convierte en una excusa para descalificar al otro. Quienes luchan por la libertad han de aprender también este arte evangélico: corregirse sin destruirse, discutir sin distanciarse.
Los cristianos damos un paso más: transformamos en oración nuestra búsqueda de acuerdo, “para que todo lo que pidamos, sea lo que fuere, lo consigamos de nuestro Padre que está en los cielos” (cf. Mt 18,19). En su infinita bondad, el Padre del Cielo bendice nuestros esfuerzos por escucharnos, entendernos y ponernos de acuerdo, porque en medio de ese esfuerzo de escucha, acercamiento y diálogo, sabemos que se hace presente Jesús: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” (Mt 18,20).
El nombre de Jesús es comunión, verdad y misericordia. Cuando dos personas se miran con bondad, ahí está Jesús. Cuando alguien escucha con amor, ahí está Jesús. Cuando tenemos hambre y sed de justicia, ahí está Jesús. Que su Espíritu nos haga centinelas los unos de los otros, capaces de cuidarnos, corregirnos y perdonarnos con la misma ternura con la que Dios nunca deja de cuidarnos.