Fidel pidió a Jrushchov lanzar de primero un arma nuclear

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Era brillante Fidel, analista riguroso y profundo, elocuentísimo y vibrante. No obstante, su prodigiosa inteligencia no le dio para advertir que no fructificaría el modelo político dictatorial cuya construcción de manera férrea impulsó por décadas con particular entusiasmo, sin que la economía lograra responder al menos a las necesidades básicas, sumiendo en sufrimiento y sacrificio al pueblo cubano, aunque con importantes logros en salud y educación.

Fidel Alejandro Castro Ruz era como un mago, un brujo que con sus discursos subyugaba a los cubanos en la Plaza de la Revolución o en la ciudad de Santiago, y en cualquier punto geográfico de Cuba, y a cuanta persona en el mundo que lo escuchara por radio o televisión.

No aburrían ni siquiera sus discursos con abundantes cifras, y un dato tras otro, que lograba engarzar con una soltura y claridad deslumbrante. Se metió en el corazón de la mayoría de los cubanos, algunos de los cuales casi lo divinizaron.

Escondidos durante mucho tiempo para la mayoría de la opinión pública permanecieron los crímenes de Fidel, comenzando con los cometidos en los “juicios revolucionarios” en La Cabaña, donde miles de personas fueron ejecutadas. También se le atribuyen la detención arbitraria y tortura de cientos o quizás miles de disidentes políticos, periodistas, defensores de derechos humanos, disidentes, y otros.

A lo largo de 49 años en el poder, diversas organizaciones de exiliados y defensores de derechos humanos presentaron denuncias internacionales acusándolo de detenciones masivas, desaparición forzada de opositores y el hundimiento del remolcador “13 de Marzo”, en 1994, donde murieron decenas de civiles que intentaban huir de la isla.

Sectores de la inteligencia internacional y exoficiales cubanos lo acusaron de autorizar o permitir operaciones de tráfico de drogas a través del territorio cubano en las décadas de 1980 y 1990, para financiar actividades estatales y evadir sanciones.

Durante la llamada Guerra Fría, fue acusado por varios gobiernos occidentales y de América Latina de financiar, entrenar y armar a grupos guerrilleros y paramilitares en la región (como en Venezuela, Colombia y Nicaragua), así como de dar refugio a prófugos de la justicia internacional.

Fidel Castro estableció una relación muy cercana con el FSLN de Nicaragua. Les dio refugio en La Habana y entrenamiento militar a varios grupos de militantes, y en la ofensiva final contra la dictadura somocista, en 1979, prácticamente armó a un pequeño ejército que se organizó en territorio costarricense cercano a la frontera, sobre todo con artillería.

Fue un terrible hecho ocurrido en la llamada “Crisis de los Misiles” —un enfrentamiento político de 13 días en octubre de 1962 entre Cuba y EE. UU.—, que conocí muchos años después, el que me sacó a Fidel Castro Ruz de entre mis personajes preferidos

Mientras leía el libro Cien horas con Fidel, del periodista Ignacio Ramonet, me indignó en extremo la brutal confesión del líder cubano de que el 26 de octubre de ese año mediante una carta le pidió al líder de la URSS, Nikita Jrushchov, que fuera el primero en lanzar un arma nuclear a EE. UU.

«Si los imperialistas invaden a Cuba con el objetivo de ocuparla… la Unión Soviética no debe nunca permitir circunstancia alguna en que los imperialistas puedan ser los primeros en lanzar un ataque nuclear contra ella». (Texto de la carta de Fidel a Jrushchov). Por si las dudas, al día siguiente Castro envió un cable al Kremlin en el que planteó que había que ser los primeros en lanzar un ataque nuclear contra EE. UU.

«Ud. nos propuso que fuéramos primeros en asestar el golpe nuclear contra el territorio del enemigo… Esto no sería un simple golpe, sino el inicio de la guerra mundial termonuclear». (Texto de la respuesta de Jrushchov al cable que le envió Fidel el 27 de octubre).

Fidel Castro trató de justificar su inhumano y aterrador pedido, diciendo que había una condición: si EE. UU. llegaba a invadir militarmente a Cuba, sin embargo, esto no cambia en nada el fondo del asunto, es decir, que tuvo una frialdad infernal para solicitar un genocidio de millones de estadounidenses y quizás el comienzo de una guerra mundial.

El principal crítico de tan demencial solicitud fue el mismo Nikita Jrushchov, quien advirtió a Castro que lanzar un primer golpe nuclear no sería un simple ataque, sino el inicio de una guerra mundial termonuclear catastrófica. En sus memorias posteriores, Jrushchov llegó a afirmar que Castro «no había meditado las evidentes consecuencias de su propuesta».

En noviembre de 1962 el viceprimer ministro soviético Anastas Mikoyán fue enviado de urgencia a La Habana por Jrushchov, para calmar la tensión con Castro y supervisar el retiro de las armas nucleares. El soviético reprochó internamente la postura temeraria del liderazgo cubano y catalogó como un peligro de aniquilación mutua la idea de usar armas atómicas en ese escenario.

Aunque la carta era secreta en ese momento, cuando los detalles de la postura de Castro salieron a la luz tras la Guerra Fría, altos funcionarios estadounidenses, como el secretario de Defensa Robert McNamara, calificaron el pedido del líder cubano como una imprudencia extrema y peligrosa.

Años después, el propio Fidel reconoció que la tensión de esos días y la posibilidad de ver destruida a Cuba influyeron en su postura, admitiendo el grado de peligro extremo que tuvo esa recomendación.

Tras la invasión de Bahía de Cochinos (1961) respaldada por EE. UU. para derrocar a Fidel Castro, Cuba buscó protección en la Unión Soviética. Jrushchov accedió a instalar misiles balísticos nucleares de alcance medio e intermedio en la isla para disuadir una futura invasión estadounidense, y equiparar la presencia de misiles nucleares de EE. UU. en Turquía.

Entre el 14 y el 16 de octubre imágenes aéreas de sus aviones espía U-2, revelaron a EE. UU. los “nidos” de los misiles balísticos nucleares de alcance medio instalados en Cuba por la Unión Soviética, a solo unos kilómetros de las costas estadounidenses. El 22 de octubre, el presidente John F. Kennedy anunció públicamente la presencia de los misiles e impuso un bloqueo naval alrededor de la isla para impedir que barcos soviéticos entregaran más armamento.

Los días del 24 al 27 de octubre fueron de máxima tensión porque buques soviéticos se acercaron a la línea del bloqueo, y porque militares soviéticos estacionados en Cuba derribaron un avión U-2 estadounidense, matando al piloto estadounidense Rudolf Anderson.

Finalmente, el 28 de octubre, Kennedy y Jrushchov llegaron a un acuerdo a espaldas de Fidel Castro. La URSS desmanteló y retiró los misiles de Cuba bajo supervisión internacional, y EE. UU. se comprometió públicamente a no invadir Cuba y, a retirar sus misiles nucleares Júpiter instalados en Turquía.

Fidel Castro quedó profundamente molesto con Jrushchov por no haber sido consultado ni incluido en las negociaciones finales, pero esto fue clave para un buen final, porque el líder cubano andaba tan fuera de sí que se había convertido en una amenaza para la humanidad.

El autor es exiliado político.

*Con información de la Inteligencia Artificial.

COMENTARIOS

  1. Hace 1 día

    Durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Tercer Reich se derrumbaba, Adolf Hitler firmó el llamado “Decreto Nerón”. Ordenó destruir los puentes, las vías de comunicación, las fábricas, los depósitos y toda infraestructura alemana que pudiera ser utilizada por los Aliados.

    Albert Speer se opuso y obstaculizó su ejecución. Comprendía que aquella infraestructura no le pertenecía a Hitler ni al nazismo, sino al pueblo alemán, que tendría que seguir viviendo después de la guerra, tanto en la victoria como en la inevitable derrota.

    Según dejó escrito el propio Speer, Hitler consideraba que, si Alemania había resultado ser el pueblo más débil, ya no merecía conservar siquiera los medios elementales para sobrevivir. En otras palabras: si no podía existir una Alemania victoriosa bajo Hitler, entonces no debía existir una Alemania después de Hitler. A punto de suicidarse, pretendía que la nación entera se suicidara con él.

    Era la lógica criminal del mesías derrotado: muerto el caudillo, que muera también su pueblo.

    Diecisiete años después, durante la Crisis de los Misiles de Cuba, Fidel Castro Ruz exhibió la misma deformación moral. El 26 de octubre de 1962, convencido de que una invasión estadounidense era inminente, le recomendó a Nikita Jrushchov que, si esta se producía, la Unión Soviética lanzara primero un ataque nuclear contra Estados Unidos.

    Jrushchov le respondió con una verdad elemental que la vanidad revolucionaria de Fidel se negaba a comprender: aquello no sería un ataque aislado, sino el comienzo de una guerra termonuclear mundial. En esencia, significaba la destrucción mutua asegurada, con millones de muertos y con Cuba, muy probablemente, borrada primero del mapa.

    Presionado por Kennedy, por la cuarentena naval y por el peligro real de una catástrofe, Jrushchov aceptó retirar los misiles soviéticos a cambio del compromiso estadounidense de no invadir Cuba y, secretamente, del retiro posterior de los misiles estadounidenses Júpiter instalados en Turquía.

    Castro, excluido de la negociación, reaccionó con la furia y el despecho de una novia abandonada. Le molestó que Jrushchov hubiera evitado el apocalipsis sin pedirle permiso.

    Ahí quedó expuesta la verdadera calidad moral de Fidel Castro. Para él, la Revolución no estaba al servicio del pueblo cubano: el pueblo cubano era material sacrificable al servicio de la Revolución y de su propio papel como supuesto mesías.

    Una invasión estadounidense habría podido ocasionar una terrible devastación. Precisamente por eso, la obligación moral de cualquier gobernante era evitarla, no convertirla deliberadamente en la aniquilación de Cuba y de buena parte de la humanidad. El régimen cubano no era Cuba, Fidel no era el pueblo cubano y ninguna ideología podía otorgarle el derecho de utilizar al planeta entero como combustible para su vanidad.

    Esa es la misma enfermedad moral que encontramos en Hitler, Stalin, Pol Pot y Daniel Ortega: sátrapas endiosados que dejan de servir a una causa y terminan creyéndose la encarnación de la patria, del pueblo y de la historia.

    Si cae su régimen, que perezca el pueblo.
    Si muere el caudillo, que arda la nación.
    Si fracasa la revolución, que se aniquile la humanidad.

    Eso no es heroísmo, firmeza ni convicción revolucionaria. Es narcisismo criminal y la confesión definitiva de todo tirano:

    “Después de mí, el diluvio”.

    La patria pertenece al pueblo, no a sus falsos mesías. Un maldito régimen puede y debe desaparecer; una nación tiene el derecho de sobrevivir.

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