“Un día va a llover fuego, pero de la tierra al cielo” (Mario Vargas Llosa).
El 29 de mayo de este año falleció el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin. Tenía 104 años de edad, la mayor parte de los cuales dedicó a estudiar el “pensamiento complejo” y a alertarnos del peligro que representan el pensamiento lineal y la ilusión de las verdades absolutas. “La complejidad no es un obstáculo para pensar —nos enseñó— es una oportunidad para pensar mejor”.
El 6 de junio pasado, el papa León XIV abordó el tema de “la complejidad” durante su visita apostólica a España, lo que me hizo pensar que la noticia del fallecimiento del pensador francés lo inspiró a hacerlo. Sus palabras: “Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia, para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la complejidad […] Apreciar la complejidad y estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos”.
La novela de Sergio Ramírez exuda la complejidad de la que hablan Morin y León XIV. En La maldición de Ramfis, la novela más reciente de su tetralogía policíaca, nuestro escritor vuelve a recurrir a tramas detectivescas para exponer los matices éticos y morales de la intrincada realidad social nicaragüense. Más aún, nos transporta al interior de los personajes que, en la novela, encarnan esos matices y, al hacerlo, nos ayuda a entender por qué son como son, así como a definir nuestra propia ética y moralidad frente a ellos y lo que representan.
En su nueva novela, Sergio Ramírez nos hace percibir la terca presencia en nuestro país de un “sedimento ético [que] se parece muchas veces a la esperanza”,i a través de las cavilaciones y las actuaciones del inspector Dolores Morales y de sus leales colaboradores. También nos enfrenta a la corrupción que ahoga a nuestro país en al menos dos de sus manifestaciones: la de los capos que controlan el Estado y trafican con todo, desde drogas hasta personas; y la de aquellos que, movidos por un pragmatismo resignado, abandonaron el idealismo revolucionario que en su momento los impulsó a luchar contra el somocismo, y optaron por “atemperarse a las circunstancias”, como recomendaba hacerlo un líder conservador nicaragüense del siglo antepasado.
Morales es el exguerrillero sandinista que carga con el peso de su historia, apoyado en la prótesis con la que reemplazó la pierna que perdió en un combate contra las tropas de Somoza en el Frente Sur, un año antes de la caída del dictador. En El cielo llora por mí, la primera novela de la tetralogía policíaca de Sergio Ramírez, aprendimos que, después del triunfo de la Revolución, Morales pasó a formar parte de la Policía Sandinista y que luego cayó en desgracia y perdió su trabajo por frustrar el trasiego de un cargamento de cocaína de los cárteles de Cali y Sinaloa que operaban en Nicaragua con la complicidad de poderosos miembros del gobierno de Arnoldo Alemán, ya cuando la Policía Sandinista había pasado a ser la Policía Nacional.
Obligado por las circunstancias, Morales instala una agencia de investigación privada de mala muerte. En Ya nadie llora por mí, la segunda novela de la serie, Morales tiene la oportunidad de investigar un caso sustancioso: la desaparición de Marcela, una joven abusada sexualmente por su padrastro, el acaudalado y corrupto Miguel Soto Colmenares, quien lo contrata para averiguar su paradero. Morales es castigado nuevamente por haber descubierto, no solo el paradero de Marcela, sino también la depravación de Soto Colmenares y la corrupción de sus socios en el gobierno. Es expulsado de Nicaragua por los compinches de Soto, dirigidos por Tongolele, el temible jefe de la seguridad del Estado.
En Tongolele no sabía bailar, la tercera novela de la tetralogía, Morales regresa clandestinamente a Nicaragua para estar cerca de su amante, Fanny, quien padece un cáncer terminal. Enfrenta a Tongolele en un ambiente marcado por los acontecimientos de 2018, cuando la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo bañó de sangre nuestro país.
Llegamos así a La maldición de Ramfis y encontramos a Morales viviendo en Costa Rica, “en Puerto Soley, frente a la bahía de Salinas” (25), donde comparte con su eterna asistente, doña Sofía Smith, una carcasa de autobús que les sirve de vivienda. Ha tenido que abandonar nuevamente Nicaragua por negarse a formar parte del círculo de la corrupción que, desde las más altas esferas del gobierno, controla “la Compañera”. No solo es forzado a exiliarse, sino que además los mandamases del gobierno le retiran los servicios médicos que le habían ofrecido a la Fanny en sus últimos días. Ella muere y, en la nueva novela, le susurra afecto y consejos a su esposo desde el más allá.
En Puerto Soley, Morales recibe la visita de Johnny Oreamuno, un oficial de la Fuerza Pública costarricense, quien le pide ayuda para investigar un nuevo crimen: nada menos que el asesinato de Miguel Soto Colmenares, el mafioso abusador de Marcela, ultimado a balazos a bordo de un barco anclado frente a la bahía de Salinas que alguna vez perteneció a Ramfis Trujillo, hijo del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.
Solo revelo un detalle más de la trama: en La maldición de Ramfis encontrarán que las penas del exilio no han mermado el empeño de Morales por “desfacer agravios y enderezar entuertos”, al decir del Quijote. Tampoco han hecho mella en el ánimo justiciero de doña Sofía, quien en esta novela aparece más avezada que nunca. De ella sabemos, por las primeras tres novelas de la tetralogía, que fue colaboradora del FSLN; que un hijo suyo perdió la vida peleando en las filas sandinistas; que, con el triunfo de la Revolución, entró a trabajar como afanadora en la Policía Sandinista; y que luego se convirtió en la fiel ayudante, crítica y consejera del inspector Morales.
Y, por supuesto, en la nueva novela, reencontramos al afronicaragüense Lord Dixon, otro exguerrillero sandinista, quien aconseja y apoya a Morales desde la tumba, tras haber sido fatalmente herido de bala en el enfrentamiento con los narcotraficantes de los cárteles de Cali y Sinaloa, en El cielo llora por mí.
Un retrato de nuestra complejidad
El inspector Morales, doña Sofía, Lord Dixon y doña Fanny forman un elenco que, con su sensatez, sus imprudencias y sus ambigüedades, se mueve impulsado por un idealismo instintivo que sobrevive como un élan vital, una fuerza interna, en una sociedad controlada por “vivos” que lo mercadean todo: desde su honra hasta la miseria de los inmigrantes que pasan por Nicaragua intentando llegar a los Estados Unidos. Este idealismo no surge de un ideario formal ni de una filosofía acabada. Es solo el remanente de lo que antes, durante la época revolucionaria sandinista, se engalanó con el ropaje normativo de la teoría marxista y con los hermosos y sofisticados argumentos de la Teología de la Liberación. Ahora camina casi desnudo —aunque Doña Sofía lo arropa con cierta solemnidad pentecostal— ¡pero camina!
Camina como parte de la complejidad que debemos enfrentar con responsabilidad, huyendo, como dice León XIV, de las “simplificaciones estériles” y aceptando que, tras el fracaso de la Revolución Sandinista, la derrota electoral del FSLN y la debacle moral de la Piñata, muchos sandinistas continuaron nadando contra la corriente de nuestra historia creyendo que, «por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida…», para citar nuevamente al Quijote.
La maldición de Ramfis también nos muestra la Nicaragua de quienes abandonaron los ideales que mantienen a Morales y su tropa apegados, a su manera, a los ideales que antes los motivaron a luchar por la Nicaragüita de Carlos Mejía Godoy. Exguerrilleros como el capitán de la policía Romeo Guardiola, alias Tribilín, optaron por moverse con la corriente de las oportunidades que encontraron a su paso hasta corromperse. Tribilín es ahora un esbirro de la dictadura y un matón a sueldo de Soto. Vive agradecido por la casa que le asignó la Alcaldía de Managua, “amoblada y equipada con electrodomésticos” (115), así como por la “camioneta de doble cabina de segunda mano comprada por cuenta del fondo rotativo de la Asociación de Veteranos de la Policía” (Ibid.). “Todo es saber manejarse”, dice Tribilín, “navegar con cautela para sortear las olas, no ponerse contra la corriente, no andar de redentor para acabar crucificado” (Ibid.).
¿Y qué decir de Alba Luz Moncada, alias “la Cachorra”? Sabemos que a los dieciséis años “había salido de aquel hervor de calor y polvo del caserío de Tonalá” y se incorporó a un campo de entrenamiento guerrillero en El Sauce, “donde por poco la matan en un asalto sorpresivo del Ejército de Somoza”. Después del triunfo revolucionario, ingresó a la Policía, aprendió a leer en la Campaña de Alfabetización “con una brigada de estudiantes blanquitos del Colegio Centroamérica de los jesuitas” (73-4) y siguió estudiando hasta graduarse como abogada, como parte del esquema del ortegamurillismo para producir abogados y “[copar] el sistema judicial” (161). Ahora la encontramos operando como una de las abogadas de Soto.
La maldición de Ramfis, como todas las novelas de Sergio Ramírez, es un reflejo de nuestra enmarañada realidad social y una incitación a responsabilizarnos de ella. Esto implica, entre otras cosas, aceptar la legitimidad de muchos de los valores que llevaron a miles de nicaragüenses a defender la “maldita bandera roja y negra” del FSLN, que un sacerdote opositor dice querer hacer desaparecer en nombre del amor al prójimo y la democracia (Benito Martínez, LA PRENSA, 29/03/26). Más aún, implica entender que el sandinismo revolucionario no fue simplemente el producto de una ideología sino, sobre todo, una justa reacción contra una realidad social inaceptable. Así, el sacerdote antes mencionado podría quemar todas las “malditas banderas” que quiera, pero Nicaragua no alcanzará la paz hasta que deje de ser un país donde, para ser una persona decente, es necesario tener la extraordinaria firmeza de un inspector Morales, quien, como leemos en La maldición de Ramfis, es capaz de rechazar las tentaciones del poder, pagando con el sufrimiento de su mujer.
Pero no todos podemos ser como Morales. La mayoría somos seres ordinarios como la Cachorra y Tribilín, porque “el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil», sobre todo cuando te muerde el hambre y la necesidad (Mateo 26:41). A estos personajes podemos etiquetarlos como “corruptos sandinistas” para seguir jugando al “nosotros los buenos, ellos los malos”, sin pensar y examinar nuestra participación en el entramado social que reproduce la corrupción en nuestro país. O podemos, si queremos, aprovechar la compleja imaginación literaria de Sergio Ramírez para empezar a poner fin a este vicio macabro.
El autor es doctor en Ciencias Políticas. Profesor retirado de Western University de Canadá.
1 Sergio Ramírez, “El esplendor de la invención”, Señor de los tristes: sobre escritores y escritura. Universidad de Puerto Rico, 2006, 82